En la Galería LA, en Bogotá, se presentó hasta el pasado 9 de octubre la exposición “Los padres ausentes”. Se trató de un conjunto de imágenes mayormente escultóricas, que revisaba la iconografía del poder en relación con los escenarios poscoloniales. La primera pieza con la que se topaba cualquier visitante era una lámpara realizada en cristal y bronce, con clarísimas referencias barrocas, que estaba encendida en llamas, y que se titulaba Hogar. La segunda pieza hacia la izquierda era una intervención sobre un relieve escultórico que representaba a los Reyes Católicos. Utilizando chaquiras plásticas, intervenía el fondo del relieve, alrededor de los rostros de los reyes, con símbolos provenientes de la cultura Inga del Putumayo colombiano.

Realizó un gesto similar con otro tipo de símbolos ingas, pero esta vez sobre el rostro de un busto de la reina Isabel, cuyo título es Madre, y sobre un busto de Cristóbal Colón titulado Padre, colocados sobre pedestales. Así mismo, intervino con otros símbolos de la misma cultura la cabeza decapitada, y ubicada sobre el suelo, de una escultura de Gonzalo Jiménez de Quesada, que denominó Tío.
Este conjunto de piezas se complementa por la presencia de una obra anterior de 2011, denominada Monumento a Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, que inicialmente consistió en colgar un par de zapatos, hechos en bronce de un cable eléctrico, frente a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el centro de Bogotá, haciendo eco a un signo que ha emergido a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, en su actual versión, consistió en el registro fotográfico de la acción de 2011 y la instalación del par de zapatos colgando del techo de la galería, que ahora se llamó Monumento a Ricardo Carrasquilla.
Había también un retablo denominado Juicio público, que representaba tres monumentos que han sido atacados en distintas latitudes y que, igualmente, hacen referencia a personajes asociados con el colonialismo imperial y el exterminio de los pueblos indígenas.
Las últimas dos piezas eran dos pequeñas esculturas elaboradas a partir del monumento a Los Héroes, en Bogotá, en una de las cuales un indígena se posa sobre el caballo de Bolívar con una bandera con símbolos ingas, y que se llama Pueblo bandera, y la otra es denominada Pueblo, en la que el monumento ecuestre se enciende en llamas complementando el significado del gesto de la lámpara.
Desde sus primeros proyectos, Carlos Castro se ha caracterizado por la agudeza de su aproximación a los signos que sustentan las realidades culturales o históricas para contrariarlos y dejar ver la parcialidad y contingencia de las nociones que los sustentan. Utilizando estrategias como la contrarrepresentación –que implica el uso del mismo canal para movilizar un “mensaje” contrario– y el palimpsesto –que implica la reescritura o la resignificación de un hecho–, logra trastocar la manera en que se ha fijado el significado de los símbolos ideológicos hasta hacerlos parecer inamovibles. Por esa razón, él insiste en la necesidad de reconocer la inherente movilidad del campo social que inevitablemente introduce una reconfiguración permanente de la historia y, en particular, de los significados que la configuran.
Al recubrir con otros símbolos de los retratos escultóricos de los personajes que simbólicamente han engendrado “la patria”, está proponiendo un relevo de significados sobre los cuales estamos comenzando a reconfigurar el presente. Sorprende que tantas personas se mantengan indemnes ante el dolor que representa la presencia inmutable de los símbolos del colonialismo para los pueblos indígenas del presente. Para lograr ser empáticos, es indispensable establecer responsabilidades históricas y políticas relacionadas con el exterminio, la esclavización y la marginación de los pueblos indígenas desde la conquista española hasta ahora. Los símbolos de los procesos de conquista y colonización perpetúan esa barbarie. Las piezas de Carlos Castro que revisan estas representaciones indagan además las dimensiones patriarcales que se derivan de los términos en los cuales se habla de ese pasado glorioso, tales como “patria” o “patrimonio”, que aluden a la palabra “padre” y parecen sugerir una eterna dominación masculina.
Finalmente, es interesante revisar el gesto de prenderles fuego tanto a la estatua ecuestre de Bolívar como a la lámpara de cristal, denominadas Pueblo y Hogar, porque, además de su evidente cuestionamiento a los valores institucionales asociados a estos dos objetos, parece reconocer el estallido social que se ha producido en los años recientes en Colombia y otros países del mundo, y que surge de la manera como se ha precarizado la vida cotidiana. En el caso de Bogotá, un símbolo de las protestas ha sido el monumento a Los Héroes, que pasó de asociarse a logros de individuos del pasado para concentrarse en torno a los sujetos que buscan reconfigurar el presente. Este monumento fue demolido en los últimos días, pero aún no sabemos qué significado de él perdurará.
