Arpa de silencio
en donde anida el miedo.
Gemido lunar de las cosas
significando ausencia.
Espacio de color cerrado.
Alguien golpea y arma
un ataúd para la hora,
otro ataúd para la luz.
Alejandra Pizarnik, Memoria*

Funebria. Siluetas borrosas, como si el viento hubiera borrado la cara, las manos, los miembros, cuando un espíritu pobre y mudo, harapiento, llora en silencio. Son las cosas de la muerte, aquella muerte de la violencia extrema, que retorna cada vez en un nuevo ciclo, lenta y persistente, aunque de consecuencias devastadoras que enturbian el horizonte de las geografías del Sur global: allí fuera de la vista, en los territorios, donde se extrae, se despoja, se oprime, se exprime la riqueza; mientras se expulsa el sentido, se asesina la vida y a quienes la defienden o la habitan: cada día, cada nombre y su persona, cada ser, cada forma, gota a gota. Todos callan. Nadie mira. En la soledad de las sombras se desliza el miedo. Las siluetas se repiten incesantes como patrones macabros de la historia de los desposeídos; trashumantes perseguidos para siempre por el horror. ¿Dónde está la luz? Quizás detrás. Adentro en esa caja. En el fondo negro de este ataúd. ¿Qué conjuro de mujeres en vigilia, qué alianza sagrada con los bosques al quiebre del alba o del crepúsculo, sobrevendrá a esta hora de la muerte de manos y gestos crispados?
animal lanzado a su rastro más lejano
o muchacha desnuda sentada en el olvido
mientras su cabeza rota vaga llorando
en busca de un cuerpo más puro*
Funebria. Un milagro más de la pintura, que en los colores de los parajes de entierros remotos y el gesto del doliente que espera de este lado de la barbarie, encriptan la memoria de ese instante para la eternidad, en un cristal de transparente comprensión, que fugaz es y pasará, con la promesa de volver a comparecer ante la vista de la Historia.
But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stans for an Infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 461
Memoria encriptada por el milagro de pintura que la acaricia al percibirla, tocando la experiencia extrema, rozando la justicia, la condolencia, el duelo y el agravio, fundidos en la sangre y las cenizas. Memoria sensible, encarnada en estos cuerpos borrosos de bruma, capturado el llanto para siempre. El llanto de quienes lloraron solos, inaudibles, y ahora es llorado sin pausa por fuerzas magníficas.
los náufragos detrás de la sombra
abrazaron a la que se suicidó
con el silencio de su sangre
la noche bebió vino
y bailó desnuda entre los huesos de la niebla*
Beatriz González camina a pasos lentos a esta hora de su vida cuando su arte vuela más lejos, como si llevara el peso de esas fuerzas que nadie comprende y que en su obra cobran vida al fin, más claramente que nunca. Pinceladas libres de toda duda, aunque nacidas de la torpeza del pulso y del ojo –también de cristal–, por el que únicamente se ve a través del misterioso orbe de el Aleph, por el que miró Borges… “vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima”.
Brochazo a brochazo, cada pincelada pinta el sencillo ataúd. La excavación. La tierra. La sombra. La noche. La vigilia. El torso doblado en llanto. El canto fúnebre. El alba. La pintora se ha desvanecido, borrosa la pintura se deja hacer y decir por el silencio en los cristales que encriptan la memoria.
Silencio
yo me uno al silencio
yo me he unido al silencio
y me dejo hacer
me dejo beber
me dejo decir*
Esta muestra que Beatriz González ha ofrecido en Zúrich en la Galería de Peter Kilchmann es un momento por atesorar.
NOTAS
* Los versos son de Alejandra Pizarnik. Alejandra Pizarnik, Poesia completa. Edición a cargo de Ana Becciu. Editorial Lumen, Barcelona, España, 2000.
1. Leviathan, Thomas Hobbes. Epígrafe del cuento El Aleph, en Jorge luis Borges, Obra completa, Emecé editores, Buenos Aires, Argentina, 1974.
