Por extraño e injusto que parezca, es la primera vez que el escultor venezolano Asdrúbal Colmenárez (1936) expone individualmente en un museo de la capital francesa, fuera de tres participaciones1 en exposiciones colectivas y de la exposición individual que hizo en Arles (en el sur de Francia), en el Musée Réattu, en 1981. Sin embargo, el artista tiene una larga historia con Francia, y especialmente con París, a donde llegó en 1968. Luego, en 1969, como invitado de Frank Popper –de quien se convirtió en amigo y asistente en la Universidad de Vincennes–, presentó en la Bienal de Arte de París sus primeras creaciones psico-magnéticas. Al año siguiente, obtuvo una beca de estudios del Gobierno francés. El escultor comparte actualmente su residencia entre París y las Canarias (Tenerife), en donde trabaja una parte del año. Entre 1988 y 2003, realizó varias obras monumentales en diversos países, entre ellos Japón, Corea del Sur, Colombia y Venezuela. Ningún encargo en Francia para el espacio urbano, otra aberración que habla por sí sola.

El Musée en Herbe, creado en 1975, presenta exposiciones de arte que se adaptan a todas las edades, “de los 3 a los 103 años”, como lo indica su folleto de presentación. Las colaboraciones realizadas con artistas de renombre internacional, como Murakami, Niki de St. Phalle, Louise Bourgeois, Salvador Dalí o Hundertwasser, construyeron la seriedad y libertad de su enfoque sin precedentes, en el cual, si bien los niños siguen siendo los principales actores (y cómplices) de las visitas interactivas, todas las generaciones están invitadas a colaborar. Con este seductor enfoque del arte en el que intervienen principalmente juego y sentido del humor, el Musée en Herbe atrae a más de 130.000 visitantes por año.
Colmenárez considera la invitación del Musée en Herbe y el trabajo con los niños como “un logro” y “un resultado evidente”, en la medida en que el verdadero fundamento de su enfoque creador es la interacción que reside en el movimiento, la transformación y la participación del observador. El artista de 85 años tuvo carta blanca para intervenir los espacios del museo, exponiendo cerca de cuarenta obras en seis salas que combinan trabajos antiguos con obras inéditas, elaboradas específicamente para la exposición. Asdrúbal Colmenárez tiene la estatura física de un Calder y comparte con el gigante estadounidense la mirada infantil y traviesa que aquel posaba con ternura sobre su célebre circo de 1931.
Desde el ingreso al museo, se invita al visitante a sumergirse visualmente en los juegos ópticos creados por las pinturas geométricas y algunos elementos en relieve (efecto 3D) que recubren las paredes. Luego de esta inmersión inicial en el universo plástico y polícromo del artista, la primera sala alberga obras que asocian el universo personal y el proyecto creativo de Colmenárez, en una vitrina en la que expone al mismo tiempo juguetes de metal articulados, novelas policiales y fotos de sus artistas, cineastas y filósofos preferidos (Jackson Pollock, Donald Judd, Godard o Sartre), al igual que pequeños robots de metal, maquetas inventadas como la de Don Quijote, de 2018, etc. Toda una selección tanto afectiva como intelectual que comparte el espacio con su famoso alfabeto gigante multisensorial. Creada entre 1971 y 1978 (tres versiones), esta obra invita al visitante a manipular letras fabricadas en diversos materiales (tela, metal, piel) poniendo en juego tanto su sentido táctil como el disfrute lúdico. En la segunda y tercera salas, encontramos, en primer lugar, los Psychographiterres miroirs (2012), intervenciones sobre polvo metálico adherido a la superficie del soporte, que permiten su modificación. Seguidamente, encontramos los Psychomagnétiques, en donde cintas magnéticas manipulables abren perspectivas infinitas de transformación de la obra.
La cuarta y quinta salas invitan a jugar con el color, pero no se trata de un juego anodino cuando sabemos que Colmenárez es daltónico, lo que significa una percepción errónea de los colores y, por lo tanto, una confusión que no constituye, sin embargo, un obstáculo para él. Allí encontramos un verdadero desafío con sus Psychorelatifs en colores fluorescentes que se pueden desplazar manualmente a través de una pantalla hecha en plástico transparente. En la sexta sala, la libertad de manipulación es total y los niños de todas las edades pueden disfrutar plenamente, al permitir que se exprese toda su audacia. La última sección de la exposición, en donde se exhiben obras monumentales, ofrece al visitante la posibilidad de navegar entre una máquina para dibujar sobre la pared, pinballs “gigantes”, un inmenso psychographiterre azul, y participar en la creación de una escultura gigante, realizada a partir de tubos de plomería.
Imán, motores, metal, plástico, espejos, polvo metálico, piedra, telas, pieles, etc., Asdrúbal Colmenárez no pone límite alguno a su deseo de ser lo que es: un artista que piensa vive y comparte con los demás su placer de crear. En la última entrevista que se le hizo con ocasión de esta exposición, el artista declaró: “Me interesa la idea, […] cuando llegas a poner en práctica tu idea. ¡Es cuando te diviertes que llegas a hacer cosas! El artista no busca una economía mejor. El artista transmite el sentido de que la vida puede ser mejor. ¡Lo que me molesta de los humanos son sus certidumbres! Quiero que mi arte suscite dudas y genere un cuestionamiento”.
NOTA
1. Colectiva “Transferts” (con Marcela Gómez, Frida Baranek, Gladys Nistor y Patricia López Merino), en la Maison de l’Amérique latine, París, del 18 de mayo al 21 de julio de 1995, exposición de la que fui curadora (catálogo).
