El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires celebra al artista multifacético Alberto Greco (Buenos Aires, 1931-Barcelona, 1965) desplegando su primera retrospectiva producida en Argentina. En ese marco publica Ni tonto ni holgazán, añadiendo un ladrillo más a la recuperación de su creación artística, dispersa en registros fotográficos, variados textos y apenas unas pocas pinturas iniciales. El precioso libro recoge un relato para el público infantil, contado por Greco por radio en 1956. La adaptación fue realizada por Martín Lojo, con bellas ilustraciones de María Wernicke y diseño gráfico de Eduardo Rey.

En este caso, como en tantas obras y acciones del artista, apenas si queda un rastro. No se conserva el manuscrito y, por lo tanto, tampoco integra el necesario volumen que reúne sus textos: La aventura de lo real. Escritos de Alberto Greco (Ediciones Julián Mizrahi, Buenos Aires, 2020), con investigación y producción de Paula Pellejero y Eduardo Pellejero. La escritura es central en su vida y trayectoria, brevísimas y agitadas; de hecho, escribió varios manifiestos, como el “Manifiesto vivo-dito”, de 1962, lanzado desde Roma: “El arte vivo es la aventura de lo real”, dice entonces. Greco se suicidó a los 34 años y, antes de desvanecerse, escribe la palabra “fin” en su brazo.
Base de la exposición de igual nombre ahora desplegada en el museo, el Moderno reedita el libro Alberto Greco: ¡Qué grande sos!, con la investigación de Marcelo E. Pacheco y María Amalia García (actualmente directora artística de Malba); inicialmente divulgado en 2016, junto con textos de otros autores.
Se entiende el esfuerzo del Moderno en traer al presente la obra del artista. Existe el consenso de que, como señaló la directora del Moderno, Victoria Noorthoorn, Greco fue un “catalizador del arte contemporáneo en la Argentina, […] que generó una gran apertura del horizonte artístico para todas las décadas que le sucedieron”. Cierto, fue uno de los precursores en Argentina de prácticas que a comienzos de la década del sesenta expandieron la noción de arte, extendiendo sus demarcaciones y tomando el espacio público, llevando a la desmaterialización de la obra de arte con acciones callejeras, performances, grafitis.
Los curadores Pacheco, García y Javier Villa (del Moderno) presentan más de cien piezas centrales en la trayectoria del artista desplegadas alrededor de tres ejes. Un núcleo es “Viva el arte vivo”, con la creación de universos a través del dibujo, la escritura, los vivo- dito. Comienza en París en 1962 a exhibir “arte vivo”, vivo-dito (dedo, en italiano), que, tras señalar con el dedo a seres vivos, Greco firma y designa como obra de arte “transformando situaciones urbanas y rurales en nuevos soportes de experimentación”. Entonces, en celebración de lo real, en París el artista dibuja un círculo de tiza para rodear al también colega argentino Alberto Heredia. Gran comunicador, Greco incluso se designa a sí mismo como objeto de arte.

La segunda sección es “La pintura è finita” (la pintura terminó), y reúne sus iniciales “pinturas negras” instaladas en forma de círculo, realizadas cuando participa en el movimiento Informalista argentino (abstracción lírica, tachismo, action painting); arte abstracto alejado de lo geométrico que iba contra las formalidades de “la buena pintura”.
El tercer eje, “La orden de Greco”, repasa agites comunitarios y subraya su rebeldía ante convenciones culturales. Entre las reconstrucciones se incluyen unos lockers, como los que utiliza en Rifa Vivo-Dito en la Central Station (Nueva York, 1965), con la colaboración de Lichtenstein, Oldenburg, Christo, Spoerri, entre otros.
El excepcional montaje también se luce en la segunda gran sala, donde se muestran escenográficamente las fotografías de sus acciones en el pueblo español de Piedralaves. El diseño de Daniela Thomas, Felipe Tassara e Iván Rösler realza y subraya pinturas, dibujos, registros fotográficos y recreaciones de archivo de sus acciones y de “episodios ciegos”, realizados por artistas contemporáneos argentinos como Joaquín Aras, Guillermina Etkin, Sebastián Gordín, Daniel Leber, Agustina Muñoz y Paula Pellejero, “con la intención de mostrar un Greco vivo y aún presente en nuestra comunidad cultural”.
La puesta se inicia con la reproducción en colores “tropicales” de un afiche publicitario con la leyenda ¡Alberto Greco: Qué grande sos!, frase que alude a la Marcha Peronista (1948) que dice “¡Perón, Perón qué grande sos!”. Fue toda una temeridad utilizar ese verso, ya que, cuando en 1961 Greco imprimió y pegó los posters en la calle Corrientes, el líder político estaba “prohibido”. Greco no adscribe a esa ideología, fue una provocación y ejercicio propagandístico propio.
Esa acción fue registrada por Sameer Makarius, y el original de gelatina de plata se exhibe en Del Infinito. Precisamente, la galería presenta simultáneamente “La Pittura e Finita. Poses e imposturas de Alberto Greco en Italia”, con veinticuatro fotografías inéditas tomadas por el italiano Claudio Abate. El texto del curador Fernando Davis contextualiza las fotos de performances, grafitis y señalamientos vivo-dito de Greco en Roma, 1962 y 1963, de donde es expulsado tras la representación de una obra de teatro considerada blasfema por utilizar símbolos y cuestionar enseñanzas de la Iglesia Católica; el autor y protagonista de la pieza Cristo 63 debe regresar intempestivamente a Madrid.
VICTORIA VERLICHAK

