“Eros” fue la segunda exposición individual de la obra de Zilia Sánchez en la Galerie Lelong de Nueva York. Esta muestra presentó nuevas esculturas ejecutadas por fin por primera vez. Antes solo habían existido como maquetas. Fueron elaboradas en estrías de mármol blanco de Carrara bellamente matizadas, algunas de las cuales conservaban los elementos de formas concéntricas circulares de sus pinturas, lo que era un poco sorprendente cuando se les veía muy cerca de estas; ese círculo era a veces el punto en el que un fondo azul rodeaba la protuberancia blanca, a veces dividida en dos, en el centro de la composición. Vesela Sretenovic, curadora principal de la Colección Phillips, donde se presentó hace poco una retrospectiva de la artista que ahora puede verse en el Museo del Barrio de Nueva York, describe así el impacto de la obra escultórica de Sánchez: “sugiere no solo una profundidad espacial sino un pulso de la vida, un organismo vivo”.
En el espacio más prominente de la galería se hallaba la pieza que le dio su nombre a la exposición, Eros (1976/1998), compuesta de dos partes autoestables y formada por dos volúmenes opuestos, de manera que se complementaban entre sí en una ecuación integradora. Esta escultura, de tamaño monumental y, sin duda, una de las obras más destacadas de Zilia Sánchez, creaba claramente espacio para una tensión sexual entre los tótems masculino y femenino que parecían estar a punto de gravitar el uno hacia el otro, como si fueran a fundirse en una tercera unidad.

Aunque elaboradas en madera con las formas únicas en acrílico sobre lienzo tensado características de la artista, la impresión al verlas, incluso a corta distancia, era la de un material mucho más pesado, como mármol o piedra, por cuanto parecían tan arraigadas por su voluminosa conformación.
Otra pieza, Lunar blanco, se derivó de una maqueta mucho más pequeña. Las dos protuberancias en el centro se encontraban en posición diagonal, equilibrando el centro del círculo. En el video de una entrevista de la exposición en el museo, que puede verse en la página web, Sánchez habla de la importancia del número dos; para ella, al usar dúos y dualidad, es que ella crea un equilibrio estético, pero también hace mucho énfasis en que además es lo que se destaca como símbolo de la vida misma, la reunión de dos entidades.
Otro mármol, Luna lunar, era una imponente redondez en mármol blanco que hacía alusión a la escultura cicládica; se apoyaba sobre un pedestal, donde parecía suspendida, pero en realidad estaba acuñada en una posición de bloqueo, una forma triangular dentro de las clavijas del círculo, que en un formato cicládico sería un símbolo de fertilidad; allí creaba un equilibrio geométrico con su vértice dirigido hacia el punto de intersección; en el centro de la composición había dos pequeñas cuñas que nos recordaban este nuevo dispositivo que también estaba presente en las nuevas pinturas de la exposición, ya que había varias en las que Zilia Sánchez introdujo la utilización de cuñas. Dos pinturas ilustraban este aspecto: Mirar qué pasa después de todo y Sin título, ambas de 2019, tenían cuñas rectangulares que equilibraban las composiciones, dos la primera y cuatro la segunda, que creaban el balance del espacio, el cual estamos acostumbrados a ver con las formas puntiagudas o redondas en sus obras, pero estas cuñas delineaban el espacio de forma más categórica y concentraban la atención en el centro de la composición, como si hubiese sido desde allí de donde las cuñas fueron eyectadas para caer en su lugar.
Una composición más tradicional era Conjunción, de 1998/2019. Las dos fechas dan cuenta de la creación de la pieza y la adaptación que hizo la artista este último año. Esta pieza, que reunía cinco protuberancias blancas de forma oval y doble punta dentro de un fondo cuadrado de color azul claro, nos recordaba la serie Troyana, en la que construcciones similares, aunque alargadas y verticales, crean el efecto de una formación amurallada. Esta agrupación en particular, al igual que la obra de Lee Bontecou, nos llevaba a pensar en las estructuradas panorámicas del interior de los módulos espaciales de las películas de ciencia ficción.
Los colores favoritos de Sánchez, el blanco y el azul, reafirman su preferencia por lo sideral, una interpretación creativa de su perspectiva inspirada en la astronomía; reunir estos elementos le da a su obra una profundidad metafísica, un grado de serenidad atemporal que sigue reabasteciendo nuestra percepción de su obra.
