Son cada vez más activas la presencia y visibilidad sociocultural y artística de las distintas comunidades procedentes del Caribe en el mapa de Miami, para ser más preciso, en el mapa del condado del Miami Dade County. Del mismo modo, también, cada vez más, estas presencias encuentran representación en las instituciones artísticas culturales del condado. Una muestra elocuente de ello es “Life and Spirituality in Haitian Art” (2021), curada por Francine Birbragher-Rozencwaig, en el Museum of Contemporary Art, North Miami (MOCA).

La exposición es un sustancioso repaso, a través de las obras de una decena de artistas, por la pintura haitiana, con un énfasis importante en aquellos pintores nacidos a finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. “Life and Spirituality…”, basada en una selección de los fondos de Betty and Isaac Rudman Trust Collection, teje un itinerario estético sobre aquellas formas y aquellos contenidos que han primado en la entrada de Haití a la modernidad artística. Para ilustrar esto, la muestra contempla, por una parte, las obras de artistas de dos generaciones asociadas al Centre d’Art de Port-au-Prince, tales como Héctor Hyppolite, Philomé Obin, Wilson Bigaud, Jacques-Enguérrand Gourgue y Gérard Valcin. Por otra parte, un grupo de artista cuyas trayectorias son contemporáneas a ellos, y también artistas que fueron discípulos de estos maestros, miembros de este importante centro para la historia del arte haitiano del siglo XX. Aquí están las obras, por ejemplo, de Ernst Louizor, Célestin Faustin, Adam Leontus, Dieudonné Cédor y Laurent Casimir.

Es llamativo, al recorrer la muestra, percibir, de un lado, una preponderancia de la poética figurativa y, del otro, la ausencia de la pintura abstracta. Lo que en cierto sentido habla del notable apego a la tradición figurativa de la pintura haitiana dentro de un grupo de artistas importantes para comprender el arte del período señalado. Una figuración de un sentimiento espiritual y un estilo suelto con tupidos colores y rasgos pictóricos acentuados, sobre todo en las obras de Obin, Palanquet, Normil y Vital. Pero hay también pinturas con arranques impresionistas, como son los casos de Guerda y Ernst Louizor. Entre todos dan la impresión que el lenguaje figurativo, por la variedad y cantidad de artistas mostrados aquí, es el lenguaje más presente en la expresión moderna haitiana de la primera mitad del siglo pasado. Y ello tal vez tenga que ver con el carácter profundamente rural de la cultura y sociedad haitianas, por su pasado colonial, donde la plantación de cultivos industriales, como la caña y el café, ha marcado el modelo desarrollo de la sociedad y la cultura de Haití. Y este modelo de desarrollo agrícola tiene una expresión muy destacada en los aspectos discursivos de toda la exposición. Por ejemplo, en el apego temático al mundo rural, a los cultivos, a los episodios de la vida cotidiana, donde se aprecia la interacción de la vida campesina con los cultivos y los animales. Ese mundo agrícola también está presente en las visiones del paisaje, las comidas y fiestas populares. Además de estos temas, es notable además la presencia de escenas mitológicas relacionadas con el sincretismo religioso en las obras de Adam Leontus, Gesner Abelard, Gérard Valcin o Rigaud Benoit. A estos se suman las referencias históricas a los próceres de la independencia de Haití, en las pinturas de Jacques-Enguérrand Gourgue como, por ejemplo, en sus obras sobre Toussaint Louverture, Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe. Si bien es cierto que el mundo rural, la vida y el paisaje agrícola son omnipresentes en la muestra, del mismo modo lo es que apenas hay referencias sobre el mundo de la ciudad, que alcanza a verse en la obra de Wilson Bigaud.

Puede resultar llamativo la especificidad de una muestra como esta, si no se tiene en cuenta los profundos cambios demográficos producidos en la ciudad, esencialmente en los últimos quince años. Porque a estas alturas resulta difícil encontrar una ciudad más caribeña que Miami en toda la geografía de Estados Unidos. Y no solo por el hecho de su cercanía al mar Caribe y a las tierras de las Antillas Mayores y Menores que la pueblan, sino también porque en Miami se ha ido asentando, fundamentalmente después de 1959, toda una diáspora migratoria caribeña que hoy constituye la mayor parte de su población.

En este rico escenario sociocultural, la inmigración haitiana ha crecido cobrando un papel importante en el mapa poblacional de la ciudad. Marcada su diáspora por dos momentos que han pautado también la más reciente historia de Haití. Un primer momento fue a principios de los años 1970, por los refugiados haitianos que huían de la brutal represión de la dictadura (1971-1986) de Jean-Claude Duvalier. El otro, la inmigración que tuvo lugar tras el devastador terremoto de 2010, del que aún el país no se ha recuperado.

El barrio de Little Haití es el ejemplo más visible de la diáspora sociocultural haitiana en Miami, pero no es el único. Sin ir más lejos, cuando uno camina por la calle 123 Street del NE, la arteria central de North Miami, donde se encuentran el MOCA y el gobierno de la ciudad, resulta muy familiar escuchar hablar en créole, que es la lengua de los inmigrantes haitianos. No es casual, entonces, que el alcalde de North Miami sea Philippe Bien-Aime, nacido en Puerto Príncipe (Haití), que emigró primero a Canadá, en 1991, y luego a Estados Unidos, en 1993. Como tampoco es casual sentir esa aura rural en los patios de las casas, donde se ven correr todavía gallinas y gallos, donde las ofrendas religiosas a sus dioses de la mitología vudú merodean en los parques y descampados. Ofrendas religiosas sincréticas que en muchos casos son revoltijos de plumas y restos de aves, plátanos maduros, tiras rojas, carapachos de cocos secos y metales oxidados, que hablan de un imaginario, de una espiritualidad, de un metabolismo totémico entre el individuo y su medio cultural. Caminar por sus calles, por sus pequeños negocios de ventas de ropas y comidas, escuchar el hablar de sus habitantes con vistosos vestuarios, como si cantaran las frases, nos trasladan por un instante a otro tiempo, a otra vida que busca su pulso y lugar en medio de una urbanidad con la que está en permanente intercambio sociocultural. Es un proceso de transculturación donde el imaginario sociocultural de Haití, donde se dan cita elementos de la cultura aborigen, africana y europea, ha comenzado a fusionarse con los elementos de otras diásporas caribeñas, pero también, con elementos del mundo anglosajón norteño. Hay en la dieta mucho de plátano, yuca, ñames y boniatos, pero hay también McDonald’s y Coca-Cola. Es una comunidad que en “Life and Spirituality in Haitian Art” ha tenido la oportunidad de ver, en primera persona, pinceladas y episodios de sus orígenes e historia pasada. Fuentes de imágenes pictóricas donde puede encontrar inspiración, para pensar no solo en lo que ha sido su historia pasada, sino también reflexionar sobre la riqueza y potencialidad de su futuro sociocultural.
* Fotos: Daniel Bock. Cortesía: Museum of Contemporary Art, North Miami. Colección del fideicomiso de Betty e Isaac Rudman.
DENNYS MATOS




