Exposición Individualago 2021 - nov 2021· Por Santiago Rueda

Sebastián Múnera

Museo de Arte Moderno de Medellín

Para quienes estudiamos la intrincada y compleja relación entre arte y drogas en Colombia, no deja de ser un enigma lo que sucede en Medellín. En la ciudad marcada con la huella más profunda por este fenómeno en el país, con extraordinarios cineastas y escritores que han tratado el tema en profundidad, los artistas han respondido a este fenómeno determinante de una manera fragmentaria e intermitente. Hay varias razones que podrían explicar esto.

Por un lado, la necesidad de olvidar y el conocido orgullo de los habitantes de la ciudad, que les impide, de alguna forma, asumir su pasado vergonzante y su incierto presente, ya que las drogas nunca abandonaron la ciudad. Por otra parte, el peso de la tradición y la fidelidad a lo conocido y lo establecido han provocado que el arte de Medellín gravite alrededor de formas y temas predecibles: el paisaje, ya sea urbano o rural; la abstracción constructivista con fuerte referencia a la arquitectura; el academicismo; la influencia de José Antonio Suárez y sus modos de dibujar y de grabar; y cierto costumbrismo que se actualiza periódicamente –el infaltable retrato en grafito o carbón, del minero tradicional, por ejemplo–. Pero, quizá, debido al éxito masivo de las series online dedicadas a la figura de Pablo Escobar, que ha llevado a la ciudad a miles de (narco)turistas, y de la consecuente implosión ejecutada por la alcaldía de Medellín del edificio Mónaco –último rastro visible del imperio del traficante–, para neutralizar este tipo de visitas, las cosas empiezan a cambiar.

Exposición Individual: Sebastián Múnera — imagen 1
Sebastián Múnera. Delito y ornamento. Falsa libertad, falsa captura, 2019. Video instalación. Dimensiones variables. Cortesías: MAMM.

Por un lado, el Museo de Antioquia ha decidido emprender una serie de diálogos sobre la historia del fenómeno narco en Medellín desde la arquitectura, la economía, la política, la literatura y el arte, como preámbulo de una futura exposición sobre el tema. Se presenta en la ciudad la exposición individual “Alias” de Camilo Restrepo, en la salas de Sura, donde se resumen sus últimos veinte años de trabajo y donde se vieron series antológicas suyas dedicadas a la narcosis social como Esto no es una pipa, Figuritas en el suelo y nuevos dibujos de gran formato, incluido Bowling for Medellín, una especie de Guernica del narcoterrorismo.

En el mismo momento se presenta “Delito y ornamento” de Sebastián Múnera, en el Museo de Arte Moderno de Medellín, un artista joven que se ocupa de examinar otra de las míticas propiedades del barón de la droga, la hacienda Nápoles. Situada en el Magdalena Medio, una zona calurosa casi equidistante entre Medellín y Bogotá, este enorme predio servía a la vez de casa de recreo, centro de operaciones del narcotráfico, con pista de aterrizaje incluida, y parque zoológico a gran escala, abierto al público, y en que vagaban libremente jirafas, avestruces, antílopes, cebras, rinocerontes e hipopótamos. Asaltada y destruida por los enemigos de Escobar, y posteriormente por cazadores de tesoros en busca de sus escondrijos de dinero, fue una ruina hasta que en la década pasada un grupo de inversores decidió construir en ella un parque de diversiones, un complejo acuático recreacional, capitalizando su siniestro legado.

En “Delito y ornamento” el argumento principal se sostiene a través del hecho de haber detectado que el parque temático colinda con el centro penitenciario El Pesebre, y el choque de estas dos realidades, entre el pasado y el presente, entre la recreación y la confinación, entre el ocio y el negocio, le sirve al artista para crear una instalación dentro del museo, recubriendo de pies a cabeza con las coloridas y vistosas cobijas ecuatorianas de uso popular la Sala C, dedicada a proyectos emergentes.

En este espacio inundado de la psicodélica iconografía de estas mantas, donde abundan grandes felinos, palmeras, orquídeas y vegetación exuberante, había que encontrar el delito. Para ello, el artista instaló varios videos suyos, donde podemos observar diferentes escenas de lo que es el parque temático hoy. Pero en ellos, más que el crimen, encontramos el ocio, y el artista aprovecha su cámara para examinar las familias de bañistas retozando en las piscinas, una especie de alegoría de la inocencia y la ignorancia de los ciudadanos frente al problema narco. Otros videos mostraban la exigua infraestructura del parque. El hilo narrativo, entonces, propuesto por la curadora Erika Flores, supone que, al asistir a estos videos casi inmóviles, somos participes del acecho y la espera, del juego del gato y el ratón de las autoridades y los criminales, en un tragicómico parque fármaco-jurásico.

En esta cueva de Alí Babá y sus cuarenta ladrones dominaba entonces la nostalgia por la exuberante narcoestética –otros prefieren llamarla art-narcó–, ya desaparecida, y una mirada fría al contexto indicado. Sin delitos, la exposición, en suma, constituía un ejemplo de cómo una nueva generación viene relacionándose con su pasado, de una forma distante y humorística, en una ciudad donde el cuadro que más sirve a las selfies de los turistas, el más fotografiado, es el retrato de Pablo Escobar baleado en un tejado y firmado por Fernando Botero.

Sebastián Múnera, por Santiago Rueda | artnexus