Para entender la exposición de Rosa Navarro, quien nació, estudió y vive en Barranquilla, habría que remontarse, curiosamente, hasta el principal movimiento de la poesía colombiana de la segunda mitad del siglo XX, el nadaísmo, que, aunque nacido en Medellín a fines de la década de 1950, tuvo en sus más inmediatos y fieles seguidores caribes a dos artistas imprescindibles de Barranquilla, Norman Mejía y Álvaro Barrios. Precisamente fue este último quien definió con principios y prácticas nadaístas, y desde 1975 hasta entrados los años 80 –cuando Navarro se formó–, la escena experimental del arte en esa ciudad. Barrios, como artista, curador y docente, entendió las inquietudes de los jóvenes artistas barranquilleros, congregados en El Sindicato y Grupo 44, para encontrar con y en ellos la afinidad al tipo de lenguaje que buscaban, rebelde, performativo, anticlerical y, a la vez, ritualista. Fuertemente influidos por su presencia, su vocación nadaísta y su culto personal a Marcel Duchamp, estos artistas fueron encontrando en el arte de procesos, y en el registro fotográfico, la materialización de su narrativa poética. Obras antológicas como La letra con sangre entra de Eduardo Hernández fueron fruto del nacimiento del arte como idea en Barranquilla. Otras, con el humor iconoclasta del nadaísmo, como El cuerpo de Cristo efervescente de Antonino Ingino Caro, una secuencia de una luna llena derritiéndose –en realidad, un Alka-Seltzer disolviéndose–, hacen también parte de ese momento en que no se tenía memoria para lo inolvidable.
En ese Caribe conceptual florece la obra de Rosa Navarro, una artista con una trayectoria que se desarrolla inicialmente con brío a inicios de la década de 1980, y paulatinamente, en las tres décadas siguientes, de manera privada. Navarro utilizó, como Herazo, Bernal, Cepeda, Suárez, Caro y Hernández, el performance registrado en la secuencia fotográfica en blanco y negro, para jugar, en su caso, con sus autorretratos, donde la imagen y la mímica del sonido de las cuatro letras que componen su nombre construyen una obra con claro sabor caribe, es decir, con humor, temperamento, y con gusto por examinarse a sí misma, ya fuese en su intimidad o frente al mar. Como sus contemporáneos barranquilleros, tampoco olvidó a su astro principal, Marcel Duchamp, a quien le rindió un pequeño homenaje rebautizándose en una de sus obras como R-Rosa.

La tarea de articular la obra de Navarro fue encargada a Silvia Suárez, quien de alguna forma, tenía la oportunidad de enseñarla y presentarla como si fuera la primera vez. Para ello, la curadora residente en Bogotá escogió valerse de la figura del caligrama, un texto/imagen, “donde la disposición caligráfica itera el contenido del texto, y viceversa”.
Y aunque no necesariamente se cumpla así, la figura del caligrama le vale a Suárez para definir el trabajo de Navarro como el de una serie de enmascaramientos recíprocos, ya sea porque la artista aparece con rosas en sus ojos, en Nacer y morir de una rosa (1982), ya sea porque fotografía por separado y en secuencia su mano ejecutando cada letra de su nombre en un lenguaje puramente visual, en Rosa en lenguaje de sordo mudos (1981).
La exposición incluyó principalmente copias en blanco y negro, pero también contactos y algunas copias iluminadas y en color. Aunque nos quedamos con las ganas de conocer más de la obra de Navarro, del desarrollo posterior de esta –la exposición se centra en lo realizado en el primer lustro de la década de los ochenta–, con esta muestra se empiezan a saldar cuentas con las mujeres artistas del Caribe del siglo XX, largamente olvidadas, y algunas como Navarro, desconocidas para las nuevas generaciones. También se retoma el camino del Caribe conceptual, al que aún no se ha llegado del todo, y en el cual pueden encontrarse claves, de lo que el arte en el litoral fue, es y llegará a ser.
