Rodrigo Moya

Rodrigo Moya. Portada y contra portada guía México.*

Fotografíaago 2021 - nov 2021· Por Laura González-Flores

Rodrigo Moya

Las fotos perdidas

De lo perdido,
lo que aparezca…Dicho popular
El fotógrafo no busca hacer un panegírico de la ciudad, sino enfrentarse críticamente a ella con la cámara, captando fragmentos de la experiencia urbana.

Perder una imagen es como perder la memoria. Así, cuando perdemos una fotografía, también sentimos que el evento al que esta refiere comienza a desdibujarse. Y cuando esta pérdida corresponde a fotografías cuyo valor es comunitario –familiar o nacional–, el efecto se percibe casi trágicamente: no perdemos la imagen concreta sino el acceso a la memoria social que esta construye.

Valorar la obra fotográfica de Rodrigo Moya nos pone ante el problema anterior. Si bien Moya es uno de los pocos fotógrafos de prensa del siglo pasado mexicano que mejor ha organizado, catalogado y conservado su archivo, hay en este huecos significativos: fotografías que no fueron devueltas por las publicaciones a las que fueron entregadas, que se olvidaron o perdieron en los archivos de estas (o que se integraron a estos perdiendo el fotógrafo el control sobre su paradero), o fotografías que, en el caso especial de Moya, él mismo decidió desechar por no corresponder a los temas, la perspectiva o la calidad autoimpuesta.

Su caso es particular, pues, aunque empezó a hacer fotografía en 1954, solo publicó su trabajo en revistas ilustradas –principalmente, ¡Impacto, Siempre!  y Sucesos para Todos– durante once años, de 1956 a 1967. Cansado de la precariedad del oficio de prensa, lo abandonó en 1968 para fundar una editorial, comprar una imprenta y dedicarse a editar Técnica Pesquera, una revista especializada sobre las actividades marinas en México. Esta circuló de 1968 a 1988, acrecentando el ya nutrido acervo de negativos de Moya en miles de imágenes que aportan información invaluable sobre ese ámbito económico en México.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 1
Rodrigo Moya. Dos vendedores de camas y Repartidor de Pan. Páginas 36 y 37 de la guía México.*

Con toda la experiencia acumulada en los treinta años que trabajó principalmente como editor, el fotógrafo retoma su archivo en 1999, después de una enfermedad que lo pone a las puertas de la muerte. Primero, como una manera de reconectar con sus afectos pasados, y después, como una actividad que le devuelve la pasión por la fotografía, Moya comienza a reeditar su archivo: lo edita, organiza, limpia y reimprime, y, con una determinación admirable, desecha aquellos negativos que ya no le interesan, principalmente, los encargos “alimenticios” de apología política. Así, el archivo que hoy podemos consultar es un extraordinario conjunto de imágenes sobre los años previos a 1968, en que se describe esa época en conjuntos como Reportajes (Ciudad de México, Chapultepec, Ciudad Nezahualcóyotl, Ixtleros…), Vida Precaria, Movimientos Sociales, Pueblerinas, Agricultura, Religión, Artistas Plásticos, Literatura, y otros más o menos conocidos de la fotografía de Moya.

De esos conjuntos menos conocidos, algunos como Arquitectura Colonial, Arquitectura Prehispánica y Pintura Mural reúnen parte de la fotografía desarrollada por Moya para dos proyectos de documentación del patrimonio nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de 1960 a 1963. El primero lo dirigió el restaurador Manuel del Castillo Negrete, a través de la recién creada Dirección Nacional de Catalogación, Restauración y Conservación del Patrimonio Artístico de la Nación (la “dirección etcétera”, como la llamaban los empleados para ahorrarse el largo nombre), y el segundo, el Proyecto Teotihuacán, coordinado en esa zona por el arqueólogo Ignacio Bernal. Los negativos que se conservan hoy en el archivo del fotógrafo son aquellos que produjo con formato medio (6 x 6 cm) y que guardó en su archivo personal, previo acuerdo con Del Castillo Negrete: entregaría al INAH las copias en blanco y negro, pero conservaría para sí los negativos. “Yo era feliz viajando con don Manuel, un devorador de brechas y carreteras. Podía manejar diez o doce horas consecutivas, con una charla amena y para mí siempre instructiva. Caía a veces en silencios prolongados afines, creo, con un carácter que fui descubriendo como místico. Él era cristiano y sabía de mi militancia socialista, pero esta abismal dicotomía ideológica nunca obstruyó el intercambio de opiniones que iban desde hechos históricos hasta la historia de su vida…”1.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 2
Rodrigo Moya. Alberca pública y Niño en una alberca pública. Páginas 402 y 403 de la guía México.*

A pesar de que “fue el trabajo más constructivo y emocionante de todo lo que hice como fotógrafo”, el trabajo de registro documental permitió a Moya “conocer México de forma muy distinta al México del que me ocupaba como fotógrafo de prensa o cronista”. La realidad es que antes de trabajar con Del Castillo Negrete, Moya ya había recorrido Ciudad de México siempre a pie, abierto a aquello que su padre, el escenógrafo Luis Moya, le había enseñado a ver y apreciar: “Yo caminaba mucho. Una de mis características como fotógrafo fue que me encantaba caminar. Cuando era estudiante me iba desde la Facultad de Ingeniería, que estaba en Tacuba, hasta Insurgentes, en el kilómetro nueve; es decir, cruzaba nueve kilómetros caminando, dos horas y pico. Y me gustaba. De pronto caía en barrios desconocidos; no era una expedición expresa. Me encontraba esos lugares, veía esas escenas y las fotografiaba”2.

La ciudad no es un tema de reportaje para Moya: es algo que tiene delante y que retrata constantemente a lo largo del tiempo. Entonces, ¿cómo se refleja ese México interminable, ya megalópolis, en su fotografía? A pesar de la aparente laxitud de su proyecto de retratar la ciudad, Moya la fotografía con gestos constantes y específicos. El primero: su tono, muy distinto de la crónica de Bernardo de Balbuena y sus herederos, Artemio del Valle Arizpe y Salvador Novo, los más próximos a Moya. El fotógrafo no busca hacer un panegírico de la ciudad, sino enfrentarse críticamente a ella con la cámara, captando fragmentos de la experiencia urbana. A este tipo de perspectiva contribuye el trabajo catalográfico realizado para el INAH, del que surge buena parte de las fotos de edificios coloniales de piedra y madera que Moya convierte posteriormente en reportajes para Sucesos para Todos.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 3
Rodrigo Moya. Interior de una vecindad. Páginas 206 y 207 de la guía México.*

Además de funcionar como documentos del patrimonio, esas fotos también se asocian a un programa iconográfico, el de las antiguas “guías de forasteros”, que, desde inicios del siglo XIX, cuando empieza el turismo, muestran las bondades de los lugares representativos de la ciudad considerados como “atracciones”. Entre los reportajes de Sucesos para Todos con ese tipo de fotos, se cuentan los de Chapultepec, el zoológico y los balnearios urbanos. De ellos destaca uno que muestra cómo usa su archivo Moya ya en esa época: se trata del reportaje “Puertas”3, que compone a partir de fotografías de puertas coloniales del Centro Histórico producidas en su trabajo en el INAH, y que después también formarán parte de las ilustraciones del libro México de Salvador Novo, una comisión que recibirá de Ediciones Destino de Barcelona en 1965.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 4
Rodrigo Moya. Casa de los Condes de Calimaya, puerta de la capilla y Cabeza de serpiente prehispánica empotrada en una esquina de la casa de los Calimaya. Páginas 146 y 147 de la guía México.*

En ese año, el presidente Díaz Ordaz había nombrado a Novo “Cronista de la Ciudad de México”. En consecuencia, habían llovido a Novo –poeta, periodista y publicista– comisiones para publicar libros sobre la ciudad. El más conocido es la Nueva grandeza mexicana4, un texto de 1947 que se reedita en 1967 con fotos de Héctor García. El libro lo comisionó el director de Pemex, Jesús Reyes Heroles, para regalarlo durante el VII Congreso Mundial del Petróleo que se celebraría ese año. También en 1967 se publica otro libro de Novo, México. Imagen de una ciudad, con un formato y concepto similares, pero con fotos de Pedro Bayona5.

El encargo del libro de Moya lo hace Ediciones Destino como parte de un proyecto de guías sobre América, cuyo concepto gráfico había diseñado Ricard Giralt-Miracle en Barcelona. El de México se publicaría en 1968 aprovechando la celebración de los Juegos Olímpicos. Su propósito no era diferente del de las antiguas “guías de forasteros”: vender la ciudad al visitante potencial. Para tal fin, se requerían fotografías que describieran positivamente los atractivos turísticos de Ciudad de México, así como de otros lugares como Acolman, Tepoztlán, Teotihuacán o Acapulco. Gracias a su afición de caminante y a su trabajo con el INAH, Moya tenía ya muchas de las fotografías requeridas.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 5
Rodrigo Moya. Edificio de la Suprema Corte de Justicia y Portales del lado oriental de los Palacios Gemelos del D.F. Páginas 140 y 141 de la guía México.*

En un inicio, el trabajo entre el cronista y el joven fotógrafo fluye bien. No obstante, después de las reuniones iniciales en los altos del Teatro La Capilla en Coyoacán, donde el cronista citaba a Moya, quedó claro que aquel rechazaba un elemento fundamental de las fotos producidas: las personas. Según el cronista, estas “ensuciaban” innecesariamente las tomas de la ciudad. Ciertamente, en sus fotos de ciudad y monumentos, Moya incluía personas: estas animaban positivamente las vistas urbanas, que acaban funcionando como el escenario arquitectónico de la vida social. Para él, documentar México era un asunto personal e ideológico. Sus fotografías ciertamente funcionan como un elocuente testimonio de la marca visible del tiempo en una ciudad escindida entre la modernidad y la tradición, lo público y lo privado, lo social y lo personal. Pero, sobre todo, su fotografía busca dar cuenta del cambio de escala afectiva entre la ciudad como una máquina habitable –aunque enajenante– y la persona como un individuo sensible.

Si la comisión para México requería imágenes de los antiguos edificios de piedra y concreto –el México tradicional–, así como de los inmensos rascacielos de cristal y acero que comenzaron a sustituirlos en los años cincuenta –el México moderno–, el fotógrafo se empeña en incluir también a sus habitantes, aunque “perturbaran” el encuadre. Retrata desde o hacia las alturas para acentuar el crecimiento vertical de una ciudad que se torna una abstracción. O se acerca mucho a las personas, separándolas del ruido visual de la ciudad para producir retratos gestuales de estas.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 6
Rodrigo Moya. Anciana haciendo penitencia. Página 375 de la guía México.*

A pesar de la opinión negativa de Novo, Moya logra publicar sus fotos en el libro. ¿Cómo lo logró? Se saltó al cronista y defendió la pertinencia de sus fotos, en una correspondencia directa con la editorial. En su envío no solo incluyó lo comisionado por Novo, sino lo que él, a su juicio, pensaba que debía incluirse en la guía. Su estrategia tuvo éxito y la editorial publica sus fotos acreditando la contribución de Moya en el texto de solapa: “De la parte gráfica de la obra se ha encargado Rodrigo Moya. Su cámara fotográfica acompaña el texto con fidelidad ejemplar, pero también con una evidente personalidad que hace de esta serie de imágenes una visión única e inolvidable no solo de la Ciudad de México sino de todas las ciudades y lugares más representativos del país”6.

México de Salvador Novo no solo es el primer libro de Moya, sino un archivo alternativo de muchas de las imágenes que se le perdieron al fotógrafo. Porque si bien el editor de Destino regresó algunos de los negativos al fotógrafo, contra lo que se acordaba en el contrato, una buena parte de las fotografías solo existen ya en esa publicación. Bellamente reproducidas en fotograbado, las 414 fotos de Moya de México utilizan la capacidad analítica y descriptiva de la fotografía para expresar, mediante la sutil inclusión de detalles tangenciales en los encuadres, las debilidades, los quiebres e inconsistencias de la urbe. Editadas por pares o en dobles páginas, las fotos ocupan la mitad del libro, dotándolo de una personalidad distintiva. Pero, sobre todo, construyen un discurso alterno e independiente al del afamado cronista, una mera guía descriptiva de la ciudad escrita en un tono ya trasnochado.

Fotografía: Rodrigo Moya — imagen 7
Rodrigo Moya. Detalle de un mercado y Paisaje de ollas y canastas. Páginas 48 y 49 de la guía México.*

Conservadas en un libro que hoy es de colección, estas fotografías perdidas de Moya de México constituyen una importante fuente para la memoria de nuestra historia común. No solo funcionan como imágenes cautivas del país en la época del “desarrollo estabilizador” –lo requerido por Novo–, sino como un testimonio sutil de las grietas de sistema económico y político que empezaba a agrietarse. Pocos meses después de publicarse México, a inicios de 1968 –y a unos días de celebrarse las Olimpiadas–, ese país que sí registró Moya clamaría por un cambio democrático en la plaza de Tlatelolco.

NOTAS

1. Rodrigo Moya, texto enviado a Laura González sobre Manuel del Castillo Negrete, octubre de 2019.

2. Entrevista a Rodrigo Moya por Laura González-Flores, Cuernavaca, 1 de octubre de 2018.

3. Águeda Ruiz, “Puertas”, Sucesos para Todos 1737, 3 de septiembre de 1966: 59-62.

4. Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana. Introducción de Carlos Monsiváis y fotografías de Héctor García, México, ERA, 1967.

5. Salvador Novo, México. Imagen de una ciudad, México, Fondo de Cultura Económica, 1967.

6. “Texto en solapa”, Salvador Novo, México. Guías de América, Barcelona, Editorial Destino, 1968.

*Editorial Destino, Barcelona, 1968.Textos de Salvador Novo. Fotografías de Rodrigo Moya tomadas entre 1963 y 1968.

LAURA GONZÁLEZ-FLORES

Rodrigo Moya, por Laura González-Flores | artnexus