A pesar de que se creía resuelto el papel de la fotografía en este milenio, y que con las tecnologías de almacenamiento y comunicación online que usan el video como fuente principal se cerraría la vida de la imagen fija, esta sigue ocupando un reducto invencible. El sistema de identificación biométrica, por ejemplo, que funciona mediante la captura de imagen del iris ocular, algo así como la huella digital del órgano de la visión, implementado en las terminales aéreas y los aeropuertos, actualiza y refina el sistema de identificación de foto de frente y de perfil, creado por Alphonse Bertillon en la década de 1890, y que usamos hasta el día de hoy en nuestros documentos personales. Por otra parte, el afán desmesurado que tenemos de cumplir con el ritual fotográfico cada vez que queremos conmemorar un hecho social con nuestras selfies, para compartir inmediatamente, ha logrado que hoy, la fotografía ocupe un lugar central en nuestras vidas. Estas dos realidades nos conectan con esta exposición, que se ocupa de todo esto: el retrato, los aeropuertos, la memoria, la identificación individual y el ritual fotográfico. Desde hace un par de décadas, al menos, Óscar Muñoz tiene un amplio interés en las formas y los formatos de la fotografía técnica, conmemorativa e identificatoria. En Aliento (1996-2002), por ejemplo, recurrió a placas metálicas circulares, en las cuales grabó el retrato frontal de un individuo, invisible a primera vista, y que solo podía ser activado mediante un cambio súbito de temperatura, cuando el espectador frente a la obra le daba un soplo de vida, exhalando sobre la imagen latente mientras esta aparecía en el vapor resultante, como una evocación y un recuerdo.

Posteriormente, al artista le continuó interesando la forma como la fotografía y sus materializaciones se extinguen, perviven y se transforman. Para Marginarios (2018), escogió tomar los residuos de los estudios fotográficos que operaban cerca de la Gobernación de Cali, donde se expedían los pasaportes en esa ciudad. En estos negocios, de manera rápida, afanosa, como se hacen estos trámites, se realizaba el registro, fotografiando, imprimiendo y definiendo el tamaño de ampliación según lo que se buscara, fuera visado, hoja de vida o pasaporte.
Todo este ritual se ha terminado, desde que la Gobernación empezó a adoptar la fotografía, a tomarla e imprimirla directamente en el pasaporte –en baja resolución, valga decirlo–. Ante esa economía en desaparición, Muñoz, atento observador de los soportes de la memoria colectiva, empezó a coleccionar, formando un archivo no de retratos, sino de las hojas de papel fotográfico de las que se había extraído con troquel o a mano la fotografía. Es decir, se quedaba con los márgenes exteriores del retrato, los residuos. Este material, compilado y refotografiado en un rearme del original, obviamente respetando su vacío central, constituye esta exposición, en la que de todas formas puede observarse algo del retratado, una blusa, la tela de la chaqueta, el pelo, en suma, los confines del aspirante a viajero, los sueños de una mejor vida en un país expulsor de población, y que vive en buena parte de las remesas enviadas por sus nacionales, ya sea desde Aruba, España, Estados Unidos o China. Así, estos retazos nos conectan con el fenómeno migratorio y con la ausencia de familiares o amigos que se fueron, que no están.
Posiblemente, el artista quiere testificar esta ausencia, o quizá sea solamente la desaparición de una era, el fin de un uso de una tecnología análoga y un material –el papel–, para ser reemplazado por la pantalla online. Quizá, por otro lado, como una metáfora, nos esté hablando del exhibicionismo desmesurado en las redes sociales. Sea como sea, sembrar dudas sobre lo que vemos y lo que recordamos, siempre ha sido tarea de Muñoz, quien nos lleva a varias preguntas: ¿Por qué embalsamar la ausencia? ¿Qué sucede cuando no tenemos la (imagen de) la cabeza? ¿Se despoja a la imagen de su poder mágico y conjurador? ¿Qué nos queda por ver? ¿Ante la ausencia de quién(es) nos encontramos? ¿Qué veríamos si en lugar de estos restos, nos encontráramos frente al completo archivo de cédulas de ciudadanía o de licencias de conducción? ¿La abundancia de vivencias nos conduciría necesariamente a mejores resultados que su ausencia?
