Reconocida por su refinamiento técnico y estético y por su innovador e inicial trabajo con el grabado, así como por sus penetrantes fotoperformances, fotografías y videos, Matilde Marín (Argentina, 1948) es una artista que mostró en su obra un temprano interés por el humo y el fuego. Y aun cuando en la actual exposición, “Cuando divise el humo azul de Ítaca”, en galería Del Infinito, se inspira en otros humos y en otros fuegos, esta cronista recuerda obras de series anteriores. Las piezas de La tierra prometida y Laberinto –que por su volumen y textura parecían querer convertirse en esculturas– fueron pintadas con humo, grabadas a fuego transfiriendo imágenes y marcando tonalidades sobre papel de algodón puro. Años después, un penetrante humo volvió a aparecer surcando el inconmensurable cielo de la vasta pampa argentina en una sucesión de fotografías de Itinerarios.
La insistente preocupación de Marín por la centralidad y los temas medulares del hombre y sus múltiples viajes alrededor del globo enriquecieron su obra y la llevaron a percibir al artista como testigo. “Todo me ha sido dado en los viajes”, subrayó Marín, en conversación con la crítica Adriana Almada. Así, desde 2001, pero con más énfasis desde 2005, la artista viene recolectando cientos de imágenes y videos de humaredas tomados de periódicos, diarios on-line y noticieros de televisión. Son el reflejo periodístico de conflagraciones bélicas, catástrofes naturales, tragedias ambientales. Parte de ese trabajo en progreso integra la muestra “Cuando divise el humo azul de Ítaca”. El conjunto de veintiocho piezas –que remite al libro de artista de 2012, con título homónimo, selección de imágenes de Marín, textos históricos del historiador del arte José Emilio Burucúa y una pieza musical compuesta por Marta Lambertini, presentado en el Centro de Experimentación del Teatro Colón– presenta visiones emblemáticas de situaciones trágicas.

Marín busca, encuentra y recorta estremecedoras vistas tomadas del inmenso océano de representaciones que le ofrecen las noticias de actualidad, pasadas y presentes. El montaje recorre humos de distintos tiempos y geografías como Santiago de Chile y el incendio de 1973 del palacio presidencial de La Moneda durante el golpe de Estado, revueltas callejeras en París y en Argelia (a partir de un fotograma de la película La Batalla de Argel de Gillo Pontecorvo, que retrata la lucha de Argelia por su independencia de los franceses). Registra el humo saliendo de una fábrica de Eastman Kodak de Rochester (la compañía provocó la implosión con explosivos, a fin de utilizar el lugar para otros propósitos), las humaredas provocadas por la experimentación con bombas atómicas en la Polinesia francesa, las nubes de ceniza y humo emergiendo de un volcán en Islandia, la contaminación producida por la central eléctrica de Belchatow, en Polonia, y más.
Los trabajos están desplegados como una gran instalación, integrada por estantes objetos donde, sin enmarcar, reposan las portadas en tamaño real de los diarios, escaneados e impresos en papel prensa. Completa el montaje una línea de tiempo, que anuncia los titulares y el nombre de los medios –de donde fueron extraídas las impresiones–, ubicada muy por encima de las obras. Un gran vinilo de los humos de los pavorosos incendios (¿intencionales?) descontrolados del Amazonas preside la muestra. Claro que, si hubiera inaugurado la exposición más recientemente, la terrible depredación de los fuegos de Australia seguramente hubiera aparecido también en la exhibición, tanto por el impacto de la tragedia ecológica, con sus irreparables pérdidas para el mundo, como por los lazos afectivos que unen a la artista a ese país.
El “humo azul” del título de la muestra refiere al benefactor humo, que solía elevarse desde el hogar de Ulises y que este añoraba ver al regreso a su patria. Burucúa puntualiza que en el idioma griego antiguo en que se escribió el poema homérico, el color azul no existía; recién apareció en el siglo XV. “[…] Un error de traducción aplicó el adjetivo de azul allí donde no estaba en su versión original. Gran favor para la historia de las imágenes y para estas crónicas que organizó Matilde Marín que nos permiten pensar aquellos humos con otras cualidades”, apunta Jimena Ferreiro en el texto del catálogo. Y aun cuando el fuego, incluso, puede ser constructivo o purificador, las imágenes aquí no lo descubren enalteciendo lo humano ni rezando a los dioses. El humo aquí no posee ambivalencia alguna: refleja situaciones catastróficas. Con su alusión al “humo azul”, la artista quizá invita a soñar y revertir los desastres.
Poesía y documento, las imágenes conmueven, como la del incendio de la catedral de Notre Dame de París, en abril de 2019. Por su potente valor histórico y simbólico, esa visión quizá reverbera en los observadores occidentales con mayor fuerza. Ese día nuevamente ardió la cultura europea, se perdió “nuestra historia” y la catedral parisina se transformó en Notre-Dame de la tristesse, como reza otra foto, otro titular de la muestra.
