Exposición Individualago 2021 - nov 2021· Por Carolina Muzi

Martín Weber

Parque de la Memoria

La inquietud por la velocidad del tiempo nos asalta cada vez más seguido frente a la evidencia de las imágenes. Una dimensión alentada desde que tenemos las fotografías propias todo el tiempo a mano en las redes o en los celulares. El ayer de hace unos días o de hasta cinco años atrás parecería tener la vigencia alterada.

Por otra parte, ¿cuánto cambian de un año a otro, o de una década a la siguiente los sueños de las personas? Y si se cumplen, ¿son remplazados de inmediato por otros? Un sueño que se amasa con el tiempo, ¿echa raíces y se hace otra cosa? ¿Cuánto le lleva convertirse en deseo? Son estas, apenas, algunas de las preguntas mentales que hace bullir el recorrido por “Mapa de sueños latinoamericanos”, una muestra fotográfica imponente, que recorre el continente del mismo modo que su autor lo hizo desde los 90. Y tuvo su última parada en el hemisferio austral, en la sala del Parque de la Memoria porteño, al borde del río de la Plata, con cien fotografías impecables expuestas en diferentes tamaños a lo largo de tres salas.

Exposición Individual: Martín Weber — imagen 1
Martín Weber. Responsabilidad individual, no gobierno impuesto, Bogotá, Colombia, 2007. Impresión en gelatina de plata. 51 x 61 cm (20 1/10 x 24 pulgadas).

Posiblemente hace veintidós años –cuando obtuvo una beca Guggenheim y luego un par de becas Hasselblad y otros sostenes para avanzar en su “Mapa”–, el fotógrafo Martín Weber no imaginó que recién sería a fines de la segunda década del siglo XXI cuando las personas que retrató alcanzarían el estatus de voceros de sus propios sueños. Nos preguntamos, así, subyugados por la belleza de cada imagen, en la perfección de grises y sombras que solo consiguen el blanco y el negro, si seguirán vigentes esos sueños para esas personas: si los habrán cumplido. Es triste suponer que, en muchos casos, son sueños sin fecha de vencimiento. Y que en ese caso, como si fuera un calco, el mapa de Weber coincide con el de las injusticias más estructurales.

Otra pregunta: ¿es posible pulsar la vastedad de un continente a través de sueños o anhelos individuales? Y en ese caso, ¿cómo se cubre la diversidad de quienes lo pueblan? Si algo caracteriza a América es su pluralidad, que, además de la diversidad nativa, anexó, a modo de coctelera, la de todos los demás continentes: el mapa de la hibridez, de lo impuro, la tierra de la mezcla.

Para explicar de algún modo su trabajo y el fenómeno del tiempo, Weber usa palabras de Milan Kundera en El libro de la risa y el olvido: “En las épocas en las que la historia avanzaba aún lentamente, los escasos acontecimientos eran fáciles de recordar y formaban un escenario bien conocido, delante del cual se desarrollaba el palpitante teatro de las aventuras privadas de cada cual. Hoy el tiempo va a paso ligero. Un acontecimiento histórico, que cayó en el olvido al cabo de la noche, resplandece a la mañana siguiente con el rocío de la novedad, de modo que no constituye en la versión del narrador un escenario, sino una sorprendente aventura que se desarrolla en el segundo plano de la bien conocida banalidad de la vida privada de la gente”. Pensemos que Kundera lo escribió en 1979, hace más de cuarenta años.

También, en torno a su proyecto, el fotógrafo cita Nuestra América de José Martí, escrito en Nueva York en 1891. Lo hace recordando el llamado a la unión de los pueblos al sur del río Bravo, una invitación a reapropiarse del nombre “América”. No es fácil encuadrar, delimitar, describir, una fotografía propia de la geografía que se extiende desde el comienzo de México hasta el Cabo de Hornos. Y en ese sentido, se pregunta Weber, luego de haber intentado un panamericanismo hilvanado con sueños cristalizados en retratos: ¿es el latinoamericanismo acaso una construcción histórica y subjetiva posible solo desde el exilio? ¿Del que viaja fuera de sí? ¿Es el resultado de la voluntad, de la imaginación, del discurso, o de la política? ¿Una puesta en escena? ¿Realidad? ¿Todo al mismo tiempo?

“Este proyecto se prolongó durante más de veinte años. En el vértigo de la transmisión inmediata, los paradigmas cambian todo el tiempo. Y aunque el tango de Gardel decía que ‘veinte años no es nada’, el personaje del subcomandante Marcos, el superchango sin capa pero armado con pistolas mediáticas, quedó desactualizado. Algo se muere por nacer”, responde el autor.

Las fotos de Martín Weber son tan buenas que el fragmento de los sueños escritos de cada protagonista –la pizarra con anotaciones en tiza, el elemento identitario de esta serie, ADN de su concepto e idea– se vuelve anecdótico. La chica y el nene sentados en el auto de Maclovio Rojas conforman una imagen tremendamente fuerte como para que la palabra cariño cambie algo. ¿Nos importa que el sueño de una pareja nicaragüense de unos 60 años, con su hija o su mucama –no se sabe– sea regresar a Europa? ¿Con toda la información que da el retrato? ¿O que la niña contorsionista argentina quiera ser abogada? ¿O que un grupo de amigos peruanos sueñen juntos con justicia social y ganar la Tinka y estar en paz con Dios mientras toman chicha?

Lo que nos impacta es que las imágenes logren un efecto atemporal de los sentimientos, aun cuando pueda ser evidente que tienen muchos años esos sueños de individualidades sin nombre propio. Y que cada persona impacte por sí misma desde las imágenes, trayéndonos algo de los contextos que conocemos o imaginamos al leer dónde fueron retratadas. Si alguna vez se preguntaron con qué soñamos quienes vivimos en América Latina, esta muestra acerca una travesía que contiene una posible respuesta de intensidad sociovisual. Son personas de 53 ciudades y pueblos de ocho países de la región que han plasmado sus anhelos sobre pizarras con tiza en el momento de ser retratadas para componer una cartografía inasible.

Martín Weber, por Carolina Muzi | artnexus