La escultura se define, tradicionalmente, como el resultado de la operación de retirar de un material el excedente que permitirá traer a la existencia la forma que el artista busca. A lo largo de la historia, otras maneras de componer objetos, como el modelaje o el ensamblaje, se integraron al término para nombrar trabajos tridimensionales de forma general. En el arte contemporáneo, el acontecimiento estético materializado como obra no se doblega a limitaciones, ya sean estas de tipos de material, durabilidad o técnica. Desde las escogencias más tradicionales como el bronce hasta las más prosaicas, como objetos manufacturados en serie y hasta residuos inertes u orgánicos, no hay nada que no pueda ser utilizado como elemento compositivo.

La concepción de escultura de Marcia Pastore va más allá, y, con frecuencia, integra al trabajo el propio espacio circundante y las relaciones de aquel con el cuerpo. Es en este ámbito en donde se insertan prácticamente todas las obras expuestas en su individual “Contracuerpo”, en la Estación Pinacoteca en São Paulo, con la curaduría de Ana María Belluzo. Ocupando las salas amplias e iluminadas por los enormes ventanales del edificio, las intervenciones de la artista se relacionan armónicamente con la arquitectura, ya sea en los materiales, en la escala o en los colores.
El salón principal, con sus columnas de hierro, sirvió de apoyo para la instalación Líneas de fuerza (2019), concebida especialmente para la muestra. Una espesa capa de yeso compactado recubre el piso y conserva vestigios escenificados de arrastre de cajas hechas de la misma materia. El yeso del piso se usa en estado primario, en polvo, y juega con la percepción de que las formas aglutinadas podrían deshacerse en cualquier momento. Se evidencia la dicotomía entre la concepción de escultura como algo permanente y la constatación de lo efímero del conjunto. Se insinúa, así, una narrativa de desplazamientos de cuerpos, en realidad imposibles, un desafío a las leyes de la física materializado poéticamente, que se vale de actividades comunes en el mundo de la construcción. Las formas dialogan con los elementos arquitectónicos del espacio, replicando la condición ortogonal de la sala y la claridad que entra por las ventanas. La obra se asienta en el centro, delimitada por las columnas preexistentes, dejando al derredor espacio para la circulación y la presencia de otros trabajos, también conectados con la arquitectura.
Al fondo, en ambos lados, se ve Risco (2013). Se trata de barras metálicas apoyadas en las paredes y que conservan el rastro de rayones verticales incorporando el registro del tiempo transcurrido en trazar estas líneas, convidando la mirada a apreciar la dimensión de la altura. Con inclinaciones diferentes, algunas permanecen a punto de caer, una tensión que la artista ensaya con gusto, como también acontece con Líneas de fuerza.
Huesos (2019) debe su título a dos referencias: el esqueleto del predio, como describen los arquitectos e ingenieros la estructura constructiva, y como triste memoria de uno de los usos de la construcción en el pasado. El local fue sede de la Delegación de Orden Público y Social (DOPS), órgano que fiscalizaba las actividades de movimientos sociales y personas considerados subversivos. Durante la última dictadura militar del Brasil (1964-1985), llegó a mantener en sus instalaciones presos políticos detenidos por el régimen. Pastore recortó cuadrados del cielo raso, que se apoyan bajo presión en columnas de hierro que mantienen estos fragmentos en suspensión. Un equilibrio que es posible solo con el empleo de tensión y fuerza. Estos procesos también son la base de Peso-Contrapeso (2012). Cables de acero y anillos de hierro mantienen tubos de latón suspendidos a varias alturas, conformando un laberinto aireado que diseña en el espacio una tela en medio de la que se puede caminar, con un cuidado que trae a la experiencia del disfrute no solo las dimensiones de la sala, sino el del mismo cuerpo del espectador.
Otras secciones de la individual exploran las relaciones entre el cuerpo y las piezas de bronce, resina o yeso. Producidas desde la década de 1990, son esculturas moldeadas a partir del contacto con partes de la anatomía humana; tornan sólidos los vanos, los intermedios. Pastore subvierte la polaridad entre llenos y vacíos, invirtiendo lo que generalmente entendemos como escultura y como entorno. Algunas de esas formas, extrañas y familiares, se instalan autónomamente sobre el piso, dispensando bases o pedestales, y convidando al público a aproximarse; otras cuelgan del techo y se balancean con la brisa, lanzando reflejos efímeros en las paredes, o dejan señas de sus dobles en negativo en una capa de yeso compactado abajo. Y, finalmente, hay algunas que retornan, como Esculturas vestidas, al contacto con los vanos del cuerpo de la artista, en nuevos actos performáticos transformados en fotografías.
El proceso de creación de Pastore parece estar siempre en la frontera entre la tradición y la reinvención de la escultura. Resalta la imbricación entre el afuera y el adentro, incorpora lo bidimensional como prólogo (o como epílogo) de la ocupación del espacio, y convida a una apreciación en la que los sólidos y vacíos son igualmente relevantes y complementarios.
