La amplia y notable exposición de obras de Marcelo Bonevardi establece tres análisis convergentes: originalidad, prueba de resistencia histórica –nada de su hacer ha envejecido estéticamente–; y leeremos que crea un cenit en una faceta de la Historia del Arte. Treinta obras colgadas en una galería no rectangular –style maison–, es indiscutible que envuelven al público en una atmósfera de época menos fría que “los cubos blancos”, a la par que desarma la confrontación con la presencia individual-espaciosa de cada obra.
Marcelo Bonevardi resiste todas las museografías. Nacido en Buenos Aires, se educó en Córdoba (Argentina, 1929-1994); su formación arquitectónico-ingenieril lo enriqueció para manifestar un mundo estético nodular de ese país y trascender su época. Por entonces, el Surrealismo en Argentina y países fronterizos –diferente del Surrealismo Europeo– tenía esa “pluma” de misterio en dibujantes y grabadores. También en los pintores, aunque estos introducían una miel matérica-tonal que creaba zonas/superficies adjetivantes. En este segmento del surrealismo del Cono Sur se distingue el gris que predomina en esas ciudades no habitadas por culturas precolombinas. No es un gris color sino un gris urbano-social, tonal, envolvente, en buena medida intelectual/izado. (Por ejemplo, muy diferente de la riqueza de grises pictóricos que distinguen la obra de Rufino Tamayo).

Entre lo expuesto hay seis de sus dibujos/esquemas, carboncillos y acuarelas y tintas, siendo el más antiguo Studies for Sacred Enclosure n. VII, de 1966; observamos que estos denotan una minuciosidad que existe en la obra bonevardiana, pero en la cual el autor no se detiene, sino que nos introduce para luego llevarnos a construcciones y entornos misteriosos. Recordemos que es la época en que viven y producen sus coterráneos Jorge Luis Borges, “el Nobel siempre-nunca laureado”, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato y Antonio Di Benedetto, por circunscribirnos a cuatro grandes escritores de metafísicas y misterios diversos. La citada minuciosidad incluye herramientas de construcción tanto como ganchos de tortura; aunque Bonevardi no vivió la dura etapa militar de Argentina, tampoco la ignoró.
Sus estudios de arte en Italia lo expusieron a la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y a aquella de los murales. Tanto la ausencia figurativa como la rotunda arquitectura y las texturas se traslucen en algunas obras de Bonevardi, ya sea en su pintar sobre tela montada sobre madera, o en pintar directamente sobre la madera evitando la mediática tela. Mientras vivía y exponía en Buenos Aires, todavía su retina cargaba colores italianizantes. Paulatinamente, estos fueron dejando lugar a los materiales no pictóricos, sino “escribidores” de lo secreto y del misterio, más que de la soledad deshabitada. En 1958 Bonevardi se instaló en Nueva York con su familia gracias a una beca Guggenheim. Llegó con todo ese bagaje a una ciudad donde él fue descubriendo autores estadounidenses como Joseph Cornell, Louise Nevelson, Gonzalo Fonseca y Julio Alpuy, estos dos exintegrantes/discípulos del Constructivismo de Joaquín Torres García, y se instaló en Nueva York. Las conversaciones de estos tres, así como los encuentros de Bonevardi en el Cedar Bar y las exposiciones recorridas, incrementaron las sólidas simientes que el traía. Los 60 y 70 neoyorquinos fortalecieron su decir. Consideraba que el respeto por sus colegas mantenía a cada uno en su real lugar y no individualizaba a un artista que lo hubiera marcado señeramente.
En Reconsidering Bonevardi se visualizan las líneas pintadas en las telas o la profundidad metafórica en las maderas, como los caminos bidimensionales y tridimensionales –como en Inmured (1969) o en Lock, (1974)–; Marcelo Bonevardi desarrollaba muy a su manera planos, mastabas, huecos de puertas a pirámides, miniaventanamientos diversos, huecos para el mundo –visitados u obturados por esas bolitas que juegan a ser los niños del mundo–, o las esferas cornellianas y otras acotaciones volumétricas. Aunque Marcelo Bonevardi se dedicó inicialmente a la pintura, las formas plasmadas, y el desarrollo de su obra hacia lo tridimensional, lo definen en ese carácter: autor de relieves de diversas profundidades y de contornos irregulares. Oquedades, escondites arcanos, silencios poderosos debidos a lenguajes visuales no estridentes, todos movimientos del artista que incluyen la temporalidad, tanto en la realización como en la observación. “Yo hago cada parte por pequeña que sea…”. “No quiero aturdir”.
Varios bocetos de esculturas de bulto completo –especialmente el proyecto urbano para McGraw-Hill–, lo ocuparon en la segunda mitad de los 60. Fue la única vez que Marcelo Bonevardi me expresó con real sufrimiento una frustración: se erigió otra obra. La maqueta en madera pintada con base esgrafiada se puede entender como una metáfora cronológica de sus obras desde los inicios. En las numerosas ocasiones en que visité al artista en su taller –de donde se citan los comentarios aquí vertidos–, lamento nunca haber coincidido con su hijo Gustavo, un sólido arquitecto y dibujante que está rescatando para el mundo la obra de su padre.
Exposiciones diversas y prestigiosas conforman el currículo de Bonevardi, acompañadas de premios en numerosos países. Una de sus alegrías fue un contrato con la Galería Ponce de Ciudad de México: “Encontrarme con artistas de esos lenguajes será importante. Los he visto en fotos y admiro sus obras”. El texto de Tomás Alva Negri publicado por el Museo de Quebec, los de quien subscribe, el ensayo de Elena Bertola Oliveras y Fermín Febre publicado por CEAL, el texto del libro actual por Susan Temkin, el agotado libro de Dore Ashton con Ronald Christ, la publicación de Gustavo Bonevardi con Cecilia de Torres, así como el artículo de Estrellita Brodsky en Miami Rail, conforman la bibliografía más redonda acerca de Marcelo Bonevardi y aportan a un artista que no se debe ni se deja olvidar.
