La exposición “Canto rodado” del artista Leonel Vásquez reúne un video, una serie de fotografías y de esculturas sonoras, resultado de una investigación de campo realizada en 2019, gracias a la cual recorrió el cauce de varios ríos colombianos como río Claro (Antioquia), río Chenche (Tolima), el contaminado río Bogotá o el arroyo Aguas Blancas, afluente del río Ranchería (La Guajira), desviado de su cauce en pro del “progreso”, y lugar que da origen a este proyecto. Fue al hallar el viejo cauce de esta quebrada seco y convertido en río de piedras que el artista, recogiendo una y al observarla, ve en sus cicatrices generadas por el paso del agua y el tiempo, la posibilidad de sacarle la voz.
Después de recorrer, observar y escuchar la exposición, después de hablar con él, se entiende que el artista, en su investigación, se convirtió en la persona que camina y aprende a escuchar y a transmitir aquello que le es contado, tanto por las personas que se encuentran en el camino –de lo cual son testimonio las entrevistas– como por el agua y las rocas que hallan, a través de Vásquez, un canal para hacer oír sus voces.
El registro fotográfico comienza a mostrarnos el interés científico por la huella del agua en las formaciones geológicas, como podemos ver en la obra Los trabajos del río. Cueva La Danta o en Disoluciones 1; en estas imágenes se vuelve evidente justamente esto, la idea de la huella: la fuerza del agua hace surcos en la roca, la forma y la perfora con el tiempo, con una idea del tiempo que es inabarcable para nuestro entender. Uno de los pensamientos que comparte Vásquez es que lo duro y lo blando son inherentes a lo humano, pero nos falta tiempo para experimentar los cambios naturales de las cosas. Sin embargo, en el ritmo impuesto por el progreso, el ser humano se encarga de generar cambios de forma vertiginosa. En su periplo por estos paisajes, el rastro de los indicios pronto hace que el artista se tope con la marca y la presencia del ser humano, enmarcando así la investigación y, por ende, la obra en lo antropogénico.

En un lugar entre lo científico de las fotografías y lo poético de las esculturas sonoras, se sitúa la pieza de video Postales sonoras/Cantos rodados, que evidencia no solo los relatos de las personas cercanas a los ríos que cuentan cómo estos han ido perdiendo su voz, sino también los sonidos del agua, de los cauces, como si ellos también fueran entrevistados. Estas personas nos comparten su relación con estos seres de agua, nos hablan de los cambios de los que han sido testigos a lo largo de los años, nos recuerdan que la vida del río y la vida del hombre están íntima y perversamente relacionadas, en la medida en que el ser humano siempre quiere salir ganando, siempre busca beneficiarse más, aun sabiendo que, a largo plazo, va a perder aquello que tanto necesita para subsistir.
Es la evidencia de esa impronta la que suscita el interés poético-artístico de la investigación y la que abre las puertas a la experimentación con las posibilidades sonoras de las rocas. En la búsqueda de testigos, Vásquez halla unos mudos, pero unos con la historia más profunda que contar: las rocas que se encuentra en el camino y que han sido parte de esas masas de agua en constante fluir: grandes surcos de conocimiento grabados en sus pieles estratificadas por el paso del agua y del tiempo que nos parece infinito. Podemos entonces imaginarnos la labor de alguien que pacientemente practica el hábito de la escucha con dedicación y que poco a poco, al volver a todas esas horas de material, resuelve inventar un dispositivo de escucha que nos permite oír algo nunca antes escuchado. Es aquí donde nos encontramos con la biblioteca de piedras cantoras –el archivo de sonidos patrimoniales de paisajes del agua, como el artista también los llama–, que pueden ser oídas en un “torna piedra”, una suerte de gramófono reinventado por el artista para amplificar el sonido de las piedras mecánicamente. Así, a través de varias composiciones de esculturas sonoras –algunas mecánicas, otras eléctricas y que se prenden a través de sensores que detectan el movimiento del cuerpo–, en el espacio flota un concierto, casi milagroso, de objetos inertes y en principio considerados muertos. La misma idea de tecnología que impulsa el llamado progreso, se pone aquí al servicio de las rocas que la huella humana transforma. La excelencia de factura en la carpintería de estas máquinas sonoras, los sonidos que se vuelven un sutil lamento polifónico que emerge de las entrañas geológicas de otra época, de otro mundo, de otra tierra, reflejan la cantidad de amor y atención que Leonel Vásquez le ha dedicado a encontrar una forma de hacernos escuchar para poner sobre la mesa lo innegable de la escucha como acto político.
CARIDAD BOTELLA
