“The Past of This Afro-Cuban Present” es el título de la más reciente exposición personal de Juan Roberto Diago (La Habana, 1971). Curada por Alejandro Fernández y expuesta en el Lowe Art Museum de La Universidad de Miami, la muestra es un recorrido exhaustivo por la prolífera carrera de este artista cubano, cuya poética se centra en la identidad racial y su condición de desigualdad social en medio de la sociedad cubana actual.
Si bien el tema racial en Cuba fue eliminado por decreto de la palestra pública insular a través de disposiciones legales que constitucionalmente eliminaban la discriminación por motivo de raza y color, nunca ha habido una acción afirmativa consciente que desde un enfoque poscolonial contribuya a la efectiva integración de un sector poblacional históricamente excluido y al desmantelamiento de todos los estereotipos y prejuicios en torno al negro arrastrados desde la colonia. De este modo, la construcción estratificada de identidades raciales inamovibles provenientes del aparato colonial (blanco, criollo, mulato, negro) es afianzada por un discurso homogeneizador de nación construido sobre la base de estructuras patriarcales y el mito de la superioridad blanco-europea que subsiste todavía hoy en Cuba, condenando la urgente discusión en torno a la desigualdad racial, al ostracismo y la invisibilidad. Es justo en esta encrucijada que se ubica la obra de Juan Roberto Diago.

“The Past of This Afro-Cuban Present” permite un paneo desde la obra temprana de este artista y hasta la actualidad, que puede, a grandes rasgos, subdividirse en dos líneas de trabajo. Una más narrativa, donde encontramos géneros típicos de la historia del arte; y la segunda, caracterizada por la síntesis tanto a nivel formal como conceptual.
Desde los primeros años de su carrera, Diago está interesado en su entorno inmediato (el barrio obrero de Pogolotti) y el hombre que lo habita. Los mitos y culturas subalternos encuentran eco en los materiales reciclados que soportan su propuesta construyendo un efectivo alegato en torno al creciente problema del racismo en la sociedad cubana. La exploración de géneros tradicionales de la historia del arte deviene reconocimiento, autorreconocimiento y denuncia.
Así, el retrato, género de autoafirmación y empoderamiento por excelencia, sirve al artista para devolver la visibilidad al individuo negro, emplazándolo en el espacio de representación no a partir de los folclorismos típicos del negrismo que dominó en la vanguardia visual y la literatura cubana de los años treinta, sino del humano. Asumido como entelequia, el retratado, en su dignidad estoica, deviene acusatorio con su mera presencia. No lo secunda ningún atributo que denote su condición social. Es este un retrato atemporal, donde la frontalidad del rostro, la cabeza limpia y el semblante inexpresivo, nos interpelan. Los ojos, a modo de cuencas vacías, y la ausencia de boca enfatizan el protagonismo de la mirada: seres que todo lo ven y, sin embargo, están privados del habla. En este sentido destaca Sin título, de 2011, una suerte de declaración de artista, donde, a partir del concepto de dualismo (espacio positivo-negativo, blanco-negro, arriba-abajo), Diago resume magistralmente el carácter fracturado de la sociedad cubana contemporánea y el reclamo de la comunidad afrodescendiente a su participación integral en esta.
En sus naturalezas muertas, cargadas de todo el peso histórico y moral que caracteriza al género, el búcaro deviene nganga. Matando flores, de 2001, contiene tres instancias (un poco a lo Kosuth). El referente original no existe. Asistimos a tres representaciones que como apariciones se van corporeizando progresivamente. Esta reiteración parece apuntar a una suerte de acto mágico, donde la persistente invocación termina por hacer visible lo invisible. Las connotaciones de la pintura de vanitas son también esenciales.
Los paisajes de Diago nacen del contexto de marginación, negación histórica y reciclaje. Son una suerte de arqueología urbana que devuelve al excluido a la palestra pública. Pasajes omitidos, personajes marginados y voces silenciadas reivindicados a través del material y la palabra encarnada en el grafiti (ese grito sigiloso y anónimo, las más de las veces nacido en medio de la noche en gesto clandestino). “Mi historia es tu historia”; “España, devuélveme mis dioses”; “Difícil no es ser hombre, es ser negro”; son algunos de los alegatos asfixiados por la historia oficial y devueltos al mainstream a través de la pintura de Diago.
La segunda vertiente de la obra de Diago, evolución y compendio de la primera, depura los elementos narrativos que ya están en definitiva “cargados” en su propuesta. Diago se centra ahora en el fragmento y, por sobre todo, esa zona limítrofe que, ya sea sutura o rebaba, apunta a la cicatriz como personificación de la memoria. A esa acción necesaria de volver a unir o articular el tejido social roto y subsanar una herida. Es por ello que el real protagonista de estas piezas es la sutura: ese acto consciente de asistencia para la reparación del cuerpo, y del alma. Asistimos a un acto de sanación y regeneración que solo es posible a partir de esa cicatriz –el queloide–, asumido aquí como escarificación y no como escarnio, orgullo de pertenencia e identidad cultural.
Como la técnica japonesa del kintsugi, que celebra la dialéctica de la totalidad y la fragmentación, Juan Roberto Diago, en vez de esconder las fisuras, las acentúa y las celebra. La cicatriz resultante de este acto de sanación exhibe una belleza auténtica insustituible, puesto que ella es portadora de un peso histórico que fortalece al objeto original (esa nación resquebrajada) y la convierte –si es que la sanación es posible– en guerrero del tiempo. Es justo esta prueba de resiliencia a la que está abocada la nación cubana de hoy.
