“Se puede decir lo falso sin mentir,
pero también se puede decir la verdad con la intención de engañar,
es decir mintiendo.
Pero no se miente si se cree en lo que se dice,
aun cuando sea falso”. Jacques Derrida
En la sala de espera del Hospital San Juan de Dios en Santiago (Chile), Francisca Aninat (1979) estuvo esperando, a su modo, la entrega de veredictos, junto con parientes y amigos, aguardando el anuncio de la muerte, la vida o la medio-vida que, entre-horas, salían a anunciar los médicos sobre el destino de sus enfermos.
Para pasar el tiempo –que es verdugo en esos “escenarios”– Aninat invitaba a quienes esperaban, a crear algo que ella recolectaría. Dibujos, frases, recuerdos revueltos de colores, composiciones íntimas, internados en lo más profundo de un estado emocional y mental que solo se desmorona en resistencia dentro de una sala de espera en un hospital.

La exposición que presenta en Arróniz recoge, edita y acomoda parte de ese material que le fue entregado por aquellas esperas anónimas. “Tres habitaciones y el viento” es el nombre de la muestra. Montado sobre muros, estantes y pisos está el resultado de su proceso catártico-estético (proyecto iniciado en 2011), al traer consigo los vestigios materiales creados en la espera de los diagnósticos médicos de “otros” –aquellos cuerpos internados en los quirófanos, terapia intensiva, estudios radioactivos, etc.–, que al andar del tiempo impulsaban irremediablemente la evocación de un espejo sobre su propia figura como “pacientes”, ellos, los que esperaban afuera. Cuerpos ensordecidos por la secuela imparable del desgranado de memorias, olvidos, equívocos, arrepentimientos, dudas, temores; y aún, persistiendo entre tanta bruma, el atado de ese nudo se mantiene de esperanza.
Tres murales colgantes de amplia escala conformados por incontables capas de dibujos de distintas dimensiones, formatos, técnicas y figuraciones, sugieren las tensiones de los cuerpos-espera que, a pesar de la suma de los días extraídos del tiempo del mundo “real”, para velarse, inevitablemente, por una cruel y silente inercia, aceptaron crear trazos como salida a sus remembranzas. Brotes de color en exabruptos desmayados, aterrados, enfurecidos, enrarecidos en el acto mismo de toda esa “puesta en escena”. En algunos trozos de papel hay códigos “legibles” –plantas arquitectónicas de espacios vividos y acaso también perdidos-, así como breves estancias de escritura, quizá aferradas, sin plena conciencia, a la duración-en-continuidad que parece prometer lo que “permanece” escrito.
En los muros opuestos, sobre repisas montadas en vilo, Aninat reescribió bordando, jirones citados entre aquellas memorias ajenas: “No podíamos entrar todos conectados y separados por metraje, no recuerdo el tamaño, diez habitaciones y el viento”. Así, entregados a la mirada de cualquiera como le fueron dados a ella. Flores silvestres.
En otra repisa, dos envoltorios en forma de libros de tela sobrevivientes de alguna catástrofe propia, se exponen atados (uno con cordel y otro con par de cintas de cuero) –contenidos inaccesibles–, sino por las palabras con que nos enfrentan. Uno de ellos, pintado en gris claro, muestra como título-en-advertencia pintada a mano con letras blancas escritas a pulso sobre la “portada”, una frase tan común y casi banal como esencialmente brutal: “No me acuerdo”. La más absoluta retracción de la “verdad”, cuya certidumbre no siempre lo es, aun si siéndolo.
La memoria crea y destruye a voluntad por designio individual; o, ya incontrolable, por descontrol neuronal. Acordarse o no de lo vivido, de los sucesos que han (des)hecho el pasado de nuestro presente; de personas, conversaciones, actos, demarcan el alma del cuerpo, la posibilidad de (co)existencia. El juego de la memoria se abisma entre la verdad y la mentira, sorteando los recuerdos (in)ciertos que celosamente resguardamos, hasta que no. Hasta que nos encontramos en la sala de espera de un hospital y entendemos que entre la memoria y la presencia se va la vida.
En otra instalación en el espacio abierto de la galería, Aninat configura lo que podría ser parte de su mundo interno. Entre cordeles, soportes verticales se alzan acaso un metro sobre el piso, delgados negros –menos uno, cuyos cantos son de espejo–, como marcajes, puntos de concentración, entre los que algunos cordeles se sostienen, apenas, y prosiguen rutas ondulantes, de tanto en tanto atravesadas por blancos corales, como si secas neuronas oceánicas apresadas en una pesca infructuosa. Casi toda la trama de cuerdas blancas y azul muy tenue parece estar tendida a la deriva, pero entre ellas hay un figura circular creada en secuencia de anudamientos; nueve “líneas” del mismo material separadas entre sí por unos cuantos centímetros desde el borde circunferente –trenzadas, en disposición libre, o bien, aferradas a sí mismas entre nudos dispares– se unen para materializar el centro de la circunferencia.
Al vincular esta obra con las tres “habitaciones” revestidas por registros creados por cientos de manos “hospitalizadas” en el des-espacio, donde la espera estanca el tiempo de la creación a tal grado, que parece perder no solo su sentido, sino su plena existencia, ese metafórico “hilo” de la memoria –imagino, en cuanto a su posibilidad de salvamento, recuperación, retención y rescate– intenta regresar o entregar “algo” a/desde los estados desmemoriados de la espera-enferma-de-espera, buscando entre los cuerpos sin cuerpo, cómo recobrar el pulso de la pulsión.
