La historia de las economías extractivas en América Latina no es reciente; ni siquiera novedosa para cuando Europa inicia el capítulo del exterminio y la ocupación del territorio americano hacia finales del siglo XV. Sin embargo, si bien la minería prehispánica fue una práctica extendida, solo hasta cuando se instauró una verdadera fiebre por la riqueza fácil, esta aumentó poco a poco su escala hasta convertirse no solo en eje central de un intercambio desigual entre los dos continentes, sino que adquirió un papel crucial dentro de la economía colonial y posterior, transformándose para el siglo XX en una de las actividades más polémicas.
En América todo fue sometido. Sometido su paisaje, su población, su identidad, historia y narrativa. Cinco siglos después, a pesar de las pinturas de viajes y de costumbres, de los primeros paisajes americanos pintados por americanos, de los artistas que a comienzos del siglo XX miraron su propio pasado con ojos benevolentes –cuando por fin dimos el paso del imaginario colonizado al despertar de una conciencia artística–, asuntos como los éxodos, la tenencia de la tierra, la relación con la naturaleza y la explotación del suelo continuaron siendo temas recurrentes en el arte contemporáneo. Tal vez esto se deba, en gran medida, tanto a nuestra arraigada relación con el campo y lo rural como a nuestra relación histórica con el despojo, con las violencias de la tierra. La violencia que ocurre en ella en la inevitabilidad de habitarla y la que se ejerce sobre ella al transformarla en simple vertedero.

“Fortuna. Diálogos: extracción, economía y cultura” es el título de la exposición curada por Óscar Roldán-Alzate que recoge una necesaria revisión, mediante la puesta en diálogo de 52 artistas, de las maneras cómo se han relacionado hombre y territorio en el proceso de obtención de recursos, particularmente a través de la actividad minera. La reflexión que la curaduría propone se centra en que si, por una parte, las economías extractivas han desempeñado un rol preponderante en los procesos de configuración cultural e histórica, incluso desde la época prehispánica, por otra, las prácticas extractivas dentro de las políticas de producción latinoamericana resultan hoy especialmente problemáticas, por cuanto constituyen, en paralelo, un medio de vida y la pérdida material de los paisajes y de la dignidad humana.

La muestra, que se presenta en dos espacios, el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia y la Casa Museo Pedro Nel Gómez, recupera a partir de una amplia selección de obras las percepciones y reflexiones de un extenso grupo de artistas colombianos pertenecientes a varias generaciones. En la curaduría se incluyen, por una parte, artistas caracterizados por haber sido testigos activos durante la transición entre los siglos XIX al XX como Francisco Antonio Cano, Marco Tobón Mejía o Pedro Nel Gómez –este último, más hacia las décadas del 30 y 40–, y cuyos trabajos realzaron el tema de la minería como orgulloso legado asociado al progreso, además de promisorio motor del desarrollo económico y social. Por otra parte, artistas que desde los años 80 hasta el presente han propuesto acercamientos críticos y desde lo transdisciplinar para abordar no solo las problemáticas asociadas de forma directa a la minería, sino además a la transformación de las dinámicas y los procesos que esta desencadena a nivel medioambiental, geográfico y cultural. Vale recordar que la relación entre ecologismo y prácticas artísticas no es nueva y que es justo a partir de los años 60, con el land art, que la ecología comienza a ser un tema de interés para el arte. No obstante, luego, durante los 80 y 90, ese interés se desplazará del paisaje a los efectos humanos de su consumo.

Entre los aspectos por resaltar en “Fortuna”, cabría señalar el hecho de que en ambos museos la muestra funciona de forma autónoma, por lo que puede visitarse en cualquier orden. En este sentido, si bien la curaduría resulta ambiciosa no solo por el número de artistas que invita, sino por el alcance de sus participación –pues varios cuentan con dos o tres proyectos exhibidos–, el relato propuesto en uno y otro espacio establece unas líneas de lectura que permiten al visitante vincular las piezas, diversas en formatos, lenguajes, materiales y medios –dibujo, pintura, escultura, medios mixtos, fotografía, instalación, video, documentos históricos, piezas arqueológicas, entre otros–, más allá de sus convergencias formales o temáticas con las prácticas extractivas.

Es decir que, si bien lo que se plantea es, por un lado, una revisión de los cambios culturales y ecológicos que se han desprendido de manera directa de estas formas sociales de producción, aparece en la muestra un contrapeso con el abordaje de problemáticas indiscutiblemente transversales e inherentes, pero al mismo tiempo complementarias desde otras perspectivas, o menos literales: la biodiversidad, la historia colonial y prehispánica, la cultura material, el progreso, o la historia misma del arte. Así, obras como Tierra en la lengua y Rompimiento de gloria No.1 de Eduard Moreno, Penetración de Carlos Castro o Bandera Minería de Antonio Caro remiten a una reelaboración crítica de los relatos históricos y de los símbolos nacionales, al ponerlos en tensión y reconocer en ellos las relaciones asimétricas de poder que allí subyacen.

En el siguiente grupo de trabajos, por otro lado, es posible rastrear como punto de partida común la Expedición Botánica (1783-1816) y sus reconocidas ilustraciones científicas de la flora nacional. No obstante, mientras que en Expedición extinción II Edwin Monsalve se apropia de las imágenes que corresponden hoy a especies en peligro de extinción para redibujarlas con petróleo –sustancia que opera al mismo tiempo como pigmento y metáfora de dicha desaparición–, en Still life Evelyn Tovar recurre a la intervención gráfica con carbón sobre las ilustraciones para, a través de la superposición y el ocultamiento, repensar la paradoja de la riqueza: ¿Está en la diversidad o en la extracción? En Herbario de Plantas Artificiales. Bugambilia Barte o Baretillia, Alberto Baraya asume el rol del expedicionario que recolecta y clasifica ejemplares, ya no “originales”, sino simples copias artificiales que aluden tanto a la aparición de una “nueva” naturaleza como a un guiño irónico al proyecto positivista del siglo XIX.

Entre los paisajes modificados por la minería podríamos subrayar los deslizamientos de la serie Sub_terra de Clemencia Echeverri; así como la obra de sitio específico realizada por Mario Opazo, Mapa mudo, para la cual intervino la pared del museo quitando las capas de material hasta destapar el ladrillo, con ello simulando el efecto de las excavaciones mineras sobre la tierra. En esta misma línea, pero con la particularidad de ser un trabajo conceptualmente vinculado a la tradición decimonónica del paisaje americano, las fotografías de Camilo Echavarría, más que con la contemplación, tienen que ver con la comprensión crítica de un modelo idealizado de percepción y representación de la naturaleza, fuertemente influenciado por el romanticismo, que no obstante bajo su lente deja entrever las huellas que atentan contra la fragilidad de su equilibrio.

De forma mucho más explícita, artistas como el colectivo Mazenett Quiroga, con Cartografía de la contienda, o Fredy Alzate, con Nuevas geografías y Vacuus, presentan, a través del vacío, las formas negativas y del fragmento, un paisaje distópico, definido por la deshumanización y el desastre ambiental. Allí, del mismo modo, se señalan o intuyen indicios de desterritorialización. La pérdida de territorio –que no resulta exclusiva para el animal-hombre– condena a unos y a otros a vivir en lugares indiferenciados y atravesados por la amnesia o la extrañeza territorial.

Se exhiben también piezas de la serie Códigos de nacimiento, río de Ana María Jiménez y la instalación Nada dorado permanece de Óscar Murillo, cuya reflexión se centra, sobre todo, en la condición del desperdicio como uno más de los infortunados resultados de las actividades mineras. Aunque en ambas propuestas los artistas apelan a la producción a partir del uso de restos, los resultados se tornan diametralmente opuestos. En la primera, el uso de plata reciclada sirve como insumo para la creación de objetos utilitarios de valor (joyas); en la segunda, los materiales residuales del proceso de extracción (textiles que alguna vez fueron ropa, carpas o contenedores) recrean un espacio atiborrado de “basura” putrefacta.

Por último, uno de los logros que debe reconocerse a “Fortuna” es, sin duda, el esfuerzo por articular dentro de la narrativa curatorial obras pertenecientes a las colecciones de artes visuales y antropología del MUUA, un acervo casi desconocido, con numerosas dificultades en su gestión y, en consecuencia, poca circulación. Así mismo, la exposición logra activar dos espacios institucionales que por lo general permanecen invisibles dentro de la programación cultural de la ciudad, además de proporcionarles algo de frescura y actualidad a través de un proyecto conceptualmente consecuente y con toda la pertinencia histórica.

La exposición resulta un recordatorio sin rodeos de que la minería en Colombia no solo fue por mucho tiempo la principal actividad económica de la región, sino, asimismo, y hasta hoy, una espinosa zona gris que deja al descubierto los intrincados vínculos entre el poder político y el capital extranjero. Un modelo en el que se reactualizan las formas más primitivas y deshumanizantes de explotación económica y ambiental, de desterritorialización y de transgresión de las relaciones de pertenencia. Un modelo de sometimiento de la vida, a pesar de todo y por encima de todo, a las lógicas del mercado y el cálculo de utilidad.
NOTA
1. La exposición se presentó inicialmente en el Espacio ArtNexus (Bogotá) con el apoyo de la Alcaldía de Bogotá por medio de sus entidades: IDARTES y Secretaria Distrital de Cultura Recreación y Deporte. Posteriormente se amplió y viajó a Medellín al Museo Universitario de la Universidad de Antioquia, MUUA y Casa Museo Pedro Nel Gómez.
Participaron adicionalmente: Kike Aguilar, Adriana Arenas, Fernando Arias, Pilar Aparicio, Gabriel Botero, Germán Botero, León Cano, Nicolás Cárdenas-Fisher, Mauricio Carmona, Natalia Castañeda, Héctor Fabio Castaño, Lina Espinosa, Estefanía García, Sara Herrera, Gabriel Hincapié, Juan Raúl Hoyos, Juan Carlos Jiménez, Horacio Longas, Jorge Marín, José Horacio Martínez, Federico Ortegón, Nohemí Pérez, Yamith Quiroz, Raquel Ramírez, Luis Roldán, Miguel Ángel Rojas, Jeison Sierra, Olga Lucía Salazar, Jairo Téllez, Carlos Uribe, José Ignacio Vélez, Leonel Vásquez, Santiago Vélez, Bernardo Vieco y Hugo Zapata.
* Foto: David Estrada. Cortesía: Museo Universitario Universidad de Antioquia – MUUA.
MELISSA AGUILAR

