Exposición Individualsept 2019 - nov 2019· Por María Luz Cárdenas

Vasco Szinetar

Tresy3

Vasco Szinetar ha llevado una consistente indagación sobre el retrato como proceso en sus dimensiones conceptuales más profundas. El tema traspasa el medio de la fotografía y se convierte en una reflexión acerca del rostro como fuente de lectura de contextos históricos, culturales y sociales. Más que obras cerradas, construye investigaciones abiertas, de infinitas e inconclusas posibilidades de lectura, siempre atentas a permitir relaciones que cruzan diferentes situaciones. Su trabajo Frente al espejo –vigente a lo largo de los años– se consolidó como una pieza clásica de la representación del autorretrato, que, si bien llegó a ser catalogada como antecedente del selfie, su mayor importancia se aloja esencialmente en el doble juego de miradas que plantea (el de su rostro y el del invitado ante el espejo que parecen observar al espectador). Luego de un tiempo de exilio regresó a Venezuela con una inquietante reflexión sobre los deterioros del espacio público, del rostro y del cuerpo. De allí surgieron “Cuerpo en exilio” y “El ojo en vilo”, reconocidas por la Asociación Internacional de Críticos de Arte como mejores exposiciones en 2013, y “Caracas Postcards, últimos apuntes”, en 2018. Ellas trazaban la dolorosa vía de aproximación a la condena de un país desvanecido.

Exposición Individual: Vasco Szinetar — imagen 1
Vasco Szinetar. Beatriz González, 2019. Inyección de tinta sobre papel Fine Art Baryta, Hahnemühle. 30 x 40 cm (11 13/6 x 15 3/4 pulgadas). Cortesía del artista.

Específicamente, “El ojo en vilo” conformaba una desgarradora acción poética de la ausencia de la mirada que, en retratos/trípticos de artistas y escritores con los ojos cerrados, en poses construidas guiadas por el artista, contraponía el frente y el perfil de los personajes en un diálogo extraño y ciego. Szinetar se refirió a esta serie como una indagación donde “reflexionaba sobre el tema de la mirada y sobre qué miraban los artistas cuando lo hacían, si miraban hacia sí mismos o si miraban hacia el exterior”. El cierre de esta exposición marcó el comienzo de Deconstrucción salvaje. Cuando el artista despegaba los enormes murales que componían la muestra adheridos a la pared, notó un acontecimiento interesante producido por el efecto del rasgado y las arrugas sobre el papel: los rostros adquirían deformaciones sorprendentes que dieron origen a nuevos procesos. Szinetar los refotografió, y la gestualidad reajustada de la imagen empezó a funcionar con una fuerza demoledora. Al final obtuvo veinticuatro piezas impresas con inyección de tinta sobre papel y en formato más pequeño que los murales de 2013, cuyo irreprochable acabado contrasta con las violentas irregularidades de las manos y los rostros. El limpio manejo del montaje y la distribución en la sala refuerzan la dramática gestualidad que se desliza entre las arrugas y los despojos del papel.

Son varios los aspectos que permiten que este proceso represente un punto de inflexión, tanto en el trabajo de Szinetar como en las posibilidades de desarrollo del retrato. En primer lugar, se encuentran los efectos del acto mismo de la deconstrucción: la obra tiene su origen en un despojo, resto de una experiencia anterior que ya poseía su propio desgarramiento. La nueva imagen se construye a partir del no/ser de la anterior y el resultado es una unidad psíquica y poética en el discurso. Sin otro asidero para la creación de una imagen que la destrucción de la obra previa, nos lleva como espectadores a transitar una zona límite, un umbral del sentido donde precisamente por no/ser se es más. En segundo lugar, está el doble juego de tensiones que genera la identificación de las personalidades retratadas: se trata de reconocidos artistas y escritores en el medio cultural venezolano e internacional –entre otros, Antoni Muntadas, Beatriz González, Magdalena Fernández, Gilbert & George, Nelson Garrido, Sergio Ramos, Vladdo, Antonieta Sosa, Antonio Briceño, Gabriela Gamboa, Amada Granado, Ricardo Armas, Héctor Fuenmayor, Jorge Pizzani, José Vívenes o Sergio Barrios–, pero ese reconocimiento de inmediato se transforma en un rostro ilegible que rompe brutalmente la noción unitaria de identidad y lo convierte en reflejo de una experiencia como la contemporánea, marcada por el deslastre y por la imperiosa determinación de sobrevivir a holocaustos aplastantes. Se les despoja la individualidad, pero se les asigna, en sus palabras, “una impronta de violencia y de dolor muy grande que, de alguna manera, también dan testimonio de lo que uno está sintiendo como artista”. Esto inevitablemente los convierte en figuras icónicas de la psiquis de una época. La obra no termina: una que desaparece se transforma en otra, se vuelve infinita en tanto su creador la mantenga explorada e investigada en el tiempo. En tercer lugar, la imagen en que se convierten contiene una materialidad espectral –sustancia sin materia– que coloca en un nuevo nivel al retrato como género y el lugar que ocupa el rostro en la fotografía. Szinetar nos somete a una dolorosa pero maravillosa, hermosa y terrible experiencia, que en la historia del arte se emparenta más con el desgarramiento de El grito de Munch, o el rostro de Inocencio X, y los autorretratos de Francis Bacon, que con lo que en la tradición amablemente solemos llamar retrato.

MARÍA LUZ CÁRDENAS

Vasco Szinetar, por María Luz Cárdenas | artnexus