Nuevos fotolibros colombianos

Andrés Orjuela. Archivo Muerto, 2018. Carpeta de encuadernación tradicional con serigrafía y anillas metálicas, hecha en Ciudad de México. Impreso en offset digital en Arcoprint Milk White 150 grms. Editorial CHACO. 78 páginas. 21 x 30 cm (8 17⁄64 x 11 13⁄16 pulgadas).

Fotografíasept 2019 - nov 2019· Por Santiago Rueda

Nuevos fotolibros colombianos

De la vaca y la orquídea a Dulce y salada. In memoriam, río Cauca

Hace un par de años, en las páginas de esta misma revista, en el artículo “Foto libros colombianos: A vuelo de pájaro” (ArtNexus 105, junio-agosto de 2017) señalaba la indiferencia del campo fotográfico local hacia este tipo de publicaciones, y declaraba lacónicamente y con algo de pesimismo que “la voluntad incipiente de las nuevas editoriales, los esfuerzos individuales de los fotógrafos, no pueden pronosticar un surgimiento del foto libro en Colombia”, y añadía: “estamos aún lejos de llegar a disfrutar una cultura fotográfica, y de valorar el medio más allá de Instagram”. Para mi sorpresa, y por fortuna, los cambios recientes sucedidos en el campo editorial anuncian el despertar del género con resultados contundentes.

Remontándonos un poco, y para explicar el repentino florecer del fotolibro, es necesario mencionar que el último lustro ha visto surgir una serie de proyectos y empresas culturales independientes que comprenden las compañías de producción audiovisual, las galerías y los espacios de arte y las nuevas editoriales. El barrio San Felipe, en Bogotá, es un claro ejemplo de esta nueva voluntad de producción y apropiación volcada hacia el público local. En este tipo de ecosistemas empiezan a circular los fotolibros, que se han convertido en un medio de encuentro entre diferentes públicos y disciplinas, a medio camino, si se quiere, entre los campos del arte, las letras, el diseño y, obviamente, la fotografía.

Y es precisamente una oficina de diseño, que se ha desdoblado en editorial, la que probablemente ha servido de modelo para los nuevos editores. Me refiero a La Silueta, que, a través de su colección F:otoTK, produjo en solitario en la última década una serie de fotolibros esenciales: Adriana Duque, Karim Estefan y Guadalupe Ruiz (2007), Paul Beer (2008), Nereo López. Contador de historias (2010), A place to live-Mateo Gómez (2014), Los Silva (2017) y La vaca y la orquídea, fotografía genérica colombiana (2017).

Fotografía: Nuevos fotolibros colombianos — imagen 1
Jorge Panchoaga. Dulce y salada. Tapa dura, Impresión blanco y negro en Tritono, aplicación del barniz litográfico 24 horas después de impreso, guardas en papel iris negro, cabezadas negras con blanco, plastificado mate, ceja (o uña) de 2mm, cosido con hilo negro, encolado con lomo plano despegado. CROMA editorial y Editorial Unimagdalena. 92 páginas. 18.5 x 26.5 cm (7 9⁄32 x 10 7⁄16 pulgadas).

Su ejemplo ha sido seguido por una serie de oficinas de diseño, editoriales, talleres visuales e iniciativas personales, que en conjunto han producido una veintena de producciones de calidad en este campo. Un papel importante en el auge del fotolibro lo han cumplido Idartes, en Bogotá, y el Ministerio de Cultura de Colombia, a través de sus convocatorias para ediciones independientes y libros de artista, que han permitido un deslizamiento de artistas y fotógrafos hacia un nuevo formato que, en la mayoría de los casos, tocan por primera vez. Varios aspectos comunes envuelven a la naciente cultura del fotolibro en Colombia:

a) Artistas reconocidos y de mediana trayectoria han aprovechado para resumir series o temas de su obra en un fotolibro. Es el caso de Miguel Ángel Rojas, con Esquina rosa (Jardín Publicaciones, 2018), Andrés Orjuela y su Archivo Muerto (Chaco, 2018), Natalia Castañeda en Beloved future (Nómada Ediciones, 2015), Sofía Reyes en Acá en la casa (Salvaje, 2017), y El sureño salvaje de Santiago Forero (M-Taller Gráfico, 2017).

b) El intrincado e inagotable conflicto armado ha permitido, y quizá no sorprenda, la publicación de fotolibros que tratan sobre él, como es el caso de Recuerdo de Gabriel Linares (Croma, 2017) y La última noche de Juan José Horta, publicado por el propio fotógrafo (2018).

c) La experimentación en formatos, modos de impresión y tipos de papel se hace visible en Savage de Jorge Panchoaga (Croma, 2018). Más que un libro, es un cuaderno dotado de dos pares de gafas, azules y rojas, respectivamente, para entrar en una narrativa lisérgica, mística y postapocalíptica, lo cual depende del par de gafas plásticas que se usen –el libro está pensado para ser visto entre dos personas, cada una usando un par–, y donde aparecen los símbolos clave de la obra de Panchoaga: el cielo estrellado, los bosques, el cuerpo abandonado en la noche, las fauces de los perros. En esta categoría, encontramos al extremadamente prolífico Eduardo Arias, quien a través de Kitschic Ediciones ha realizado, en el periodo 2016-2018, seis fotopublicaciones –dos libros: 26 Cigarrerías de Cedritos y Popocatepetl; dos fotocuadernos: 7 kilos 18 centímetros 40 años, y Sexo, drogas, rock’n’roll; un cuadernillo desplegable: Terror; un flip book: Gana el Barca en 42 movimientos; y un libro miniatura: 38 personas vistiendo un casco–. Arias es un ejemplo de la nueva actitud de los fotógrafos colombianos hoy, más atentos al desarrollo del diseño editorial, más enterados del lenguaje del arte contemporáneo, aprovechando su inmenso legado, y más arriesgados a la hora de encontrar formas de visibilizar su trabajo. A la vez, se han visto favorecidos por la experiencia de las casas editoriales independientes y de las oficinas de diseño que han emprendido proyectos editoriales artísticos o que se han convertido en editoriales: La Silueta, Tangrama, Jardín Publicaciones, Calipso Press, Destiempo Libros, Laguna Libros, Salvaje, Nómada Ediciones, Tyrannus Melancholicus Taller, Tragaluz, Rey Naranjo, Rat Trap y Cain Press, entre otros.

Fotografía: Nuevos fotolibros colombianos — imagen 2
Stephen and Elizabeth Ferry. La Batea, 2017. Tapa dura, lay-flat, cosido, papel Holman book 80 grms., punto de hoja de oro de 22 kilates en su tapa. Editorial Icono. 196 páginas. 14 x 24 cm (5 33⁄64 x 9 29⁄64 pulgadas).

De la abundante producción actual, me interesan tres ejemplares que por su profundidad merecen ser resaltados. El primero de ellos, La vaca y la orquídea, fotografía genérica colombiana (La Silueta, 2017), en cuya introducción su autor, Timothy Prus, fundador, curador y editor del Archive of the modern conflict, parte de una mordaz premisa: “Las fotos aquí reunidas fueron recolectadas durante un viaje de 12 años a través de Colombia. No se dejó piedra sin levantar en esta búsqueda por la verdadera fotografía genérica de este país. Y así como la colección crecía, una visión emergió que era a la vez cercana a Europa, y al mismo tiempo infinitamente más misteriosa de lo que podríamos haber imaginado. ¿Nos ayudarán ellas a entender el territorio de una manera más profunda? Definitivamente no. Continúa siendo un enigma. Mezclar los siglos XIX, XX y XXI fuerza al tiempo a doblarse sobre sí mismo. ¿Más claro? Bueno, quizá es una nimiedad. La sensual orquídea es uno de los símbolos nacionales de Colombia. La vaca, plácida y generosa, es un símbolo de nada. El lugar entre las dos –como la fotografía– es ambiguo. Y así encontramos un país donde el hacer imágenes pulsa como una fiesta a la que todos estamos invitados”.

En consecuencia, y por su particular enfoque, en La vaca y la orquídea casi no hay detalle que escape al editor de esta vida genérica: los niños colgados de los camiones, las carretas de tracción humana y las zorras, los perros callejeros, las procesiones de Semana Santa y la primera comunión, la Vuelta a Colombia y el radio transistor en el estadio, los guachimanes, la tacada de billar, la venta de cocinol, los campeones de lucha libre, la rumba y el petaco de cerveza, la cantina de leche y el almacén “Mi tiendita”; y así como aparecen las fotografías, también aparecen los géneros fotográficos: la tarjeta de visita, la foto callejera y de fotoagüitas, el álbum familiar, la imagen de prensa; y los fotógrafos: Félix Tisnés, Gabriel Carvajal, Ángel Vargas, Manuel H, Ángelo Vargas, Guadalupe Ruiz.

Un lugar especial lo ocupan los álbumes de música tropical: Los Univox, Emeterio y Felipe, Los Hispanos, Los Hermanos López y Jorge Oñate, Los Carrangueros, Los Graduados y Gustavo Quintero, Colacho Mendoza y Su Conjunto, Los Legendarios, Los Corraleros y La Sonora dinamita. Y estos sirven de bisagra para señalar hábitos y costumbres: Los Carrangueros posando para el fotoagüita; Emeterio y Felipe cazando el tigre de Zalamea; Jorge Oñate oficiando de cura en una boda. Parece que Prus nos invita a escuchar esta música para disfrutar a fondo esta fotografía genérica. En seguida aparece otro de los hábitos más enraizados para los colombianos, la rumba. El libro también tiene lugar para las orquídeas: las modelos, las chicas de calendario y las reinas de los tantos reinados que hay en el país, y Prus bautiza algunas de ellas: la Promenea gustatta, la Anguloa virginalis e incluso Paola Turbay, “la orquídea que ilumina el jardín de la familia”. Y obviamente hay un lugar para las vacas. Prus tiene una colección de estas pastando en parques, metidas en los jardines de los barrios, en separadores y parqueaderos, como una fuerza del campo que se resiste a abandonar la ciudad. La vaca, evidentemente, enlaza lo rural y lo urbano y la gigantesca transformación de la sociedad colombiana, el llamado 70/30, la inversión poblacional que definió la segunda mitad del siglo XX. El libro concluye con una escueta imagen de dos orquídeas plásticas en materas sobre la tapa de un inodoro. La imagen es de Alberto Baraya, uno de los artistas que más ha querido indagar sobre el lugar de la flora como ornamento, y más allá de las fuerzas simbólicas que representan, en un país exportador de los productos vegetales legales e ilegales de más alta calidad.

La batea (Icono, 2017) es el segundo fotolibro de Stephen Ferry. Así como Prus escogió la vaca y la orquídea como argumento para describir lo que considera una fotografía genérica colombiana, Ferry, junto con su hermana Elizabeth –quien también realiza la investigación y escribe los textos–, han escogido la batea como herramienta para explicarnos las luchas de los trabajadores artesanales del metal precioso y acercarnos a ellos. Los Ferry contrastan la minería en el Cauca –con batea, escalones de madera y un vegetal usado para separar el metal de otros materiales, la babosa– con el uso desmedido de retroexcavadoras, mercurio y arsénico de la minería ilegal, que se ha regado por las cuencas hídricas del país produciendo enormes daños ecológicos.

Fotografía: Nuevos fotolibros colombianos — imagen 3
Jorge Panchoaga. Baby Savage (Salvaje), 2018. Tapa blanda, cocido gancho al caballete o hilo caucho. CROMA Editorial. 52 páginas. 21 x 27 cm (8 17⁄64 x 10 5⁄8 pulgadas).

En Yolombó (Cauca), los hermanos Ferry se acercan a una comunidad negra, cimarrona, cuyos antepasados esclavos, en varios casos, compraron su libertad gracias al oro. Allí, testifican el amor a una tradición, una tierra y un oficio, y una sabia resolución de no permitir la entrada a las multinacionales, las retroexcavadora y el mercurio. Una historia también de intimidaciones, de amenazas anónimas, pero también de aldeas que se organizan para defenderse.

Progresivamente nos sumergimos en el mundo penumbroso del interior de las minas en Segovia (Antioquia). Arrodillados, casi asfixiados, los mineros martillan y pican piedra intentando encontrar la veta. Ferry escogió usar película análoga por sus haluros de plata, hermana menor del metal aurífero, producto también de la extracción minera. La película granulada materializa el polvo del socavón minero, alude a la búsqueda de la pepita de oro entre la arena del río, y nos conecta con el mercurio y su uso indiscriminado, que, como ya mencionamos, se ha llevado por delante la vida de los ríos en el país del agua.

La batea fue un buscado esfuerzo para encontrar el formato, el papel, incluso el tipo de tintas y su tiempo de secado que mejor sirvieran para lograr esa expresividad mineral. Por su encuadernación, el libro puede abrirse totalmente, lo que concuerda con el diseño visual, ya que la mayoría de las imágenes están a doble página. La portada tiene grabada una espiral circular que alude obviamente al ingenio que se utiliza en la búsqueda del metal precioso e incluye en su centro un botón de oro.

El más reciente fotolibro del incansable Jorge Panchoaga, Dulce y salada (Croma, 2018), está dedicado a los pescadores de Nueva Venecia, en la Ciénaga Grande del Magdalena. Página a página, nos introducimos en un viaje onírico poblado de manojos de anzuelos, peces boquiabiertos, perros aulladores, matorrales inexpugnables y barqueros –o carontes– que reman en la oscuridad y nos adentran en un poblado pesquero de casas de madera en las que nos colamos como espías en la noche para ver niños dormidos –¿o muertos?–, ancianos insomnes, y el único rostro que nos interpela, el de un hombre soltando una bocanada de humo. Es este un homenaje a los hombres y mujeres del río, del mar, del agua dulce y salada de la ciénaga, cuya vida transcurre más en la noche que en el día. La imagen más difícil, más dolorosa hoy, es la de la toma aérea de un río, casi seguramente el Magdalena, pero que inmediatamente nos lleva a pensar en el Cauca, destruido por la faraónica represa de Hidroituango, que ha causado el más devastador daño ecológico en el país al represar su cauce, secándolo y acabando con su fauna.

Finalmente, en este recuento no podemos excluir los libros dedicados a los estudios sobre la fotografía y los fotógrafos publicados recientemente, entre los que se cuentan Nereo López. Saber ver (Maremagnum, 2015), Fernell Franco, Cali clair-oscur (Toluca Editions, 2016), Macondo visto por Leo Matiz (Semana, 2016), ¡País! de Fernando Cano (2018), y dos libros de mi autoría, Autorretrato disfrazado de artista: Arte conceptual y fotografía en Colombia (Bachué, 2017) y Ardila-Lleras. Escritos y fotografías (Idartes, 2018).

SANTIAGO RUEDA FAJARDO

PhD en Teoría, Historia y Crítica de las Artes. Curador e investigador de arte contemporáneo.

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