Luchita Hurtado (1920, Venezuela) presenta su primera exposición individual en el Reino Unido. I Live, I Die, I Will Reborn (Vivo, muero y renaceré) recorre ochenta años de trayectoria artística de Luchita Hurtado, develando la magnitud de su legado, pese al desconocimiento que hasta hace poco se ha tenido de su trabajo. Un evento fortuito lleva a Ryan Good, director del estudio de Mullican, a dar con algunas pinturas firmadas por (L.H.) iniciales de soltera de Luchita Hurtado. Los tesoros descubiertos en ese momento jamás volverían a pasar desapercibidos. Celebramos pues la eclosión de Luchita Hurtado, quien es reconocida por la revista Time dentro de las cien personas más influyentes de 2019.
Desde temprana edad, esta venezolana es conducida por su familia a Nueva York, donde estudiará arte en la Washington Irving High School, en Manhattan. Muy joven contrae matrimonio con el periodista chileno Daniel Del Solar, quien la acerca a un prestigioso círculo de artistas e intelectuales en Manhattan, con quienes Luchita Hurtado trabará amistad e intercambiará innumerables experiencias. Por solo nombrar algunos de ellos, Duchamp, Noguchi y Rufino Tamayo, quien la introduce en el fascinante mundo del color. Tras su primer divorcio, se desempeñará como ilustradora para Condé Nast dentro del mundo de la moda. En lo sucesivo, Luchita Hurtado parte a México en compañía de su segundo esposo, W. Paalen, editor de la revista DYN, disidente del surrealismo de Breton. Allí se establece la pareja realizando inspiradores viajes arqueológicos, relacionándose con los principales representantes internacionales del surrealismo y el realismo mágico. Tras la muerte de su hijo, Luchita Hurtado se desplaza a California, donde vivirá desde finales de la década del 40 hasta hoy.

Desde sus inicios, se ve inmersa indirectamente en el grupo Dynaton, quienes proponen llevar las posibilidades expresivas del inconsciente a un nivel más profundo. Dynaton estaba conformado por W. Paalen, Onslow Ford y L. Mullican, su tercer esposo.
No obstante este intenso periodo y lo absorbente que se tornaba su vida familiar y social, Luchita Hurtado trabaja inquebrantablemente cada noche en su propia obra, cuestionándose constantemente sobre su propia existencia en relación con el universo, desde remarcables lienzos y esbozos en su cuaderno de notas, donde quedaron selladas sus inquietudes y sus principales temas pictóricos.
Luchita Hurtado siempre ponderó el universo como una extensión de su propio ser. A lo largo de su carrera, podemos ser testigos de esta puesta en relación de su cuerpo inmerso en el cosmos, como organismo vivo, familiar.
El recorrido incluye cien obras presentadas cronológicamente, en una propuesta curatorial que ha de realizarse a contrarreloj. Siete diferentes ámbitos interconectan las exploraciones plásticas, compositivas y temáticas de Hurtado a lo largo de su carrera y las “muchas personas” que ha tenido oportunidad de ser durante casi un siglo de existencia.
Respecto a los primeros temas que le causaron fascinación, encontramos la representación del fuego, referente del día a día, que puede contemplarse desde la hornilla de la cocina en grafito y colores sobre papel (1938). En otras ocasiones, Luchita Hurtado dejará asomar la pequeña llama de una cerilla que sostiene en el íntimo momento que suponía para ella encender un cigarrillo y estar a solas. Estas composiciones en óleo sobre papel a inicios de los 70 nos invitan a asomarnos por encima de su cuerpo (a veces desnudo) y contemplar sus pies (o sus múltiples pies), sus manos, el tapete de vivos colores con trazados indígenas sobre el que se encuentra, o incluso, un tenue hilo de luz que se filtra por la puerta entreabierta del armario, en cuyo interior muchas veces se recluía para pintar.
La instalación Luces de polilla agrupa cuadrados de diferentes colores, cuya iridiscencia interior es la representación pictórica de la energía.
De esta búsqueda de la luz y la conexión con el cosmos, también contemplamos en contrapicado (desde los ojos de Luchita Hurtado) la amplitud del manto celeste, en pinturas agrupadas como Piel celeste del 70.
Claros mensajes se agrupan en la sección Lenguaje y arquetipo, donde las palabras “You” (tu), “Womb” (vientre) “Adam” (Adán) o “Eve” (Eva) son metáforas del origen del hombre en la Tierra.
En “Lenguaje y abstracción” vemos composiciones aparentemente abstractas que provienen de la fragmentación de tiras con frases que ha pintado previamente y que extrae y cose a máquina en otro lienzo, generando nuevos patrones geométricos, reciclando significados. Luchita Hurtado presenta también pinturas en las que aparece la frase “Yo soy” a finales de la década del 60, entendidas como formas lingüísticas de autorretrato que desarrollará en la década siguiente. Así el título de esta muestra I Live, I Die, I Will Reborn (Vivo, muero y renaceré) queda desmembrado, disuelto y reorganizado en una abstracción geométrica que ha titulado Autorretrato (1973), presente en la exposición.
Los últimos doce meses, la artista trabajó en diferentes pinturas que son primicia en esta muestra.
Luchita Hurtado retoma la representación del alumbramiento como un verbo persistente, y la silueta del ser humano como parte integral del cosmos, desde sus elementos graficados en palabras: “tierra”, “mundo”, “aire”, “fuego”; también lanza un contundente mensaje: No hay lugar para esconderse (2018). Y es que este planeta es el único que tenemos, y tanto nosotros como sus elementos nos estaremos reciclando en su interior constantemente.
