Exposición Individualsept 2019 - nov 2019· Por Andrés Gaitán T.

José Olano

Nueveochenta

Dos vidrios verticales se balancean en el piso mientras uno va caminando por la exposición. Nada físico los está sujetando. Solo las fuerzas de unos imanes hacen que la distancia entre cada vidrio y la pared se mantenga siempre a cuatro o cinco centímetros. Otro más allá, de gran tamaño, parecido a una puerta, se recuesta diagonalmente contra una piña. Otra serie de láminas de vidrio se sostienen entre sí, de tal suerte que uno siente que el peso de un grupo de láminas podría ceder fácilmente contra el otro grupo y terminará por desplomarse. Los vidrios son translúcidos, son frágiles y fuertes a la vez, cortan, hacen escándalo al quebrarse; cuando son largos se percibe su elasticidad. Los vidrios son peligrosos si están mal puestos; y justamente eso es lo que pasa en todo el recorrido por las salas de exposición de la galería Nueveochenta. Los imanes que ponen en equilibrio los vidrios son fuerzas invisibles que los dejan al borde del accidente. La piña, de otra pieza en otra sala, va cediendo por el peso del vidrio y por el peso del tiempo. Y terminará cediendo para que el equilibrio se vaya al traste. Se trata sin duda de una exposición que requiere precaución al caminar y al acercarse a las piezas. Todo puede cambiar, justo en el momento en que se pasa por el lado de estos equilibrios “injustos”. Y resaltamos esta injusticia, extraña, en unas piezas tan limpias y tan sencillas porque señalan la fragilidad del instante.

Exposición Individual: José Olano — imagen 1
José Olano. La piedra, 2019. Ramas, vidrio y piedra. Dimensiones variables.

Dice José Olano con respecto a la utilización del vidrio: “Con el vidrio no hay vuelta atrás… Se desmorona”. Cada pieza es una espera del desmoronamiento, el accidente, la ruina. Cada pieza está en ese estado de espera a que algo suceda. Sea esta una de las cosas que bien podríamos señalar: no es únicamente el gesto de estar próximo a caer, sino próximo al acontecimiento irrepetible, irreversible. Como cuando se está frente a un glaciar, cuyo fin es desplomarse en el lago que lo recibe. El glaciar, que lleva décadas de lenta travesía, suena, se inquieta, vibra, retumba, y en cualquier momento –solamente por el azar, movido por las circunstancias climatológicas o por la fuerza de la mirada de los espectadores, fuerzas tan ocultas como las de los imanes– termina cediendo y lanza una buena porción de hielo que se convierte en un témpano, cuyo fin será derretirse y transformarse en agua. Desde niños, como decía Eugen Fink, nos fascina el derrumbe, tumbar las cosas, o al menos verlas caer. Nos reímos nerviosamente con las caídas accidentales, queremos presenciar el accidente, la ruina. Se preguntaba Fink: ¿será que en ellos (los derrumbes en los juegos) vemos nuestra propia fragilidad y alcanzamos a percibir trazos de nuestra propia muerte? Construimos castillos de arena, de naipes, de cubos, de lo que fuera, para al final darnos el gusto de tumbarlos, de arruinarlos.

La exposición es un juego y no por ello, resaltemos esto, deja de ser seria. Los juegos son serios. Tienen sus reglas. Es un juego donde el azar es una pieza fundamental. La posibilidad de presenciar el momento justo en que una pieza cae y se quiebra para no dar marcha atrás. Estamos viendo cómo una obra de arte, aquello que todos llamamos obra de arte, se desploma, cómo se arruina. Esto es entre mágico y angustiante. Aquel objeto “sacro” que hemos decidido que es una obra de arte, y que está expuesto en una galería en un espacio específico, se está volviendo añicos, y gozamos, nos reímos nerviosamente, casi que nos lanzamos a salvarlo, y de repente decidimos que no fue nuestra culpa. Porque la culpa existe en la ruina y en el accidente. Todo se mezcla con la fragilidad del vidrio y con el instante del desplome: problemas morales, económicos, éticos, estéticos, ¿Acaso políticos? Y cuando volvemos a encajarnos en la realidad, nos damos cuenta de que la obra de arte incluye la ruina, su propia ruina. Es decir, la pieza no funciona si no lleva la posibilidad intrínseca de caer y de no dar marcha atrás. La exposición, en ese sentido, “es un laboratorio de azar”, diría Olano. Es un lugar donde las piezas se fueron transformando, la piña fue cediendo hasta que la derritió el tiempo, los imanes siguieron jugando entre sí, y los vidrios se fueron cayendo y dibujando en sus quiebres los accidentes que sufrieron.

¿Y si todo esto fuese una metáfora de lo que somos? Con esta exposición, Olano nos dice que el ser humano ha decidido no darle valor a lo inestable y frágil; sin embargo, allí puede estar la angustiante fortuna para que todo esté en permanente cambio. Mientras tanto, los vidrios van cayendo, y lo que fueron es tan importante como lo que son durante y después del accidente. Sin el témpano de hielo, el lago no existiría.

ANDRÉS GAITÁN T.

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