Una obra de arte, en el sentido tradicional de la palabra, es algo dotado de carga estética y conceptual, destinado a ser apreciado (no solo, pero principalmente) por medio de la visión. Este sentido, claro, acostumbra ser estimulado y aguzado por el repertorio cultural, social y subjetivo del espectador. Sea como fuera, el fenómeno artístico se ubica, generalmente, en la esfera de la imagen.
Las creaciones engendradas por Ivan Grilo parten de un concepto de imagen con acepciones ampliadas. Con frecuencia, la palabra se explora no solo por su significado, sino también en la forma, en frases fundidas en placas o pautas de bronce, elucubraciones mentales que ganan el peso de la materialidad de un metal noble. Apreciador de la tradición de las narrativas orales, el artista se encanta tanto con las historias reales o imaginadas que recoge por ahí como con las que él mismo crea basado en su deambular. Ya sea en otros países o en territorio nacional, se lanza al mundo asumiendo el personaje de un “extranjero” que experimenta las posibilidades del distanciamiento científico pretendido por el investigador que no se involucra con su objeto de estudio. Pero su método no es necesariamente igual todas las veces, ni la construcción de la narrativa obedece siempre al mismo guion. En el caso de la individual “Mañana, con la primera luz”, existen varias historias, construidas en diferentes momentos, y a partir de elementos diferentes. Entretanto, en función del escenario sociopolítico que ha venido tomando cuerpo en el país en los últimos años, y más claramente a partir de la posesión del actual gobierno de extrema derecha, se estableció entre esas obras una comunicación, una convergencia conceptual subyacente a toda la exposición. Un diálogo entre el artista y el curador de la muestra, Tiago de Abreu Pinto, explicita esta tensión, y ocupa un zócalo: “¿Estamos hablando de política o de amor? De algo que conecta esas dos cosas”.

En la sala principal de la Casa Triângulo, parte de la instalación alude a un rey ficticio, que, más que estar desnudo como el del cuento famoso, ni siquiera llegó a tener, de hecho, la majestad que la posición requiere. Los símbolos del poder que le corresponderían, como corona o manto, no se muestran apropiados, ni en la escala ni en el material. No hay un reino, y lo que podría ser su castillo está al revés. Se trata de una réplica en menor escala de los fondos del letrero de un hotel situado cerca del apartamento que Grilo ocupó durante una estadía en Nueva York: Hotel El Castillo. Aquí tiene lugar un juego con la pared externa de la galería. Desde la calzada, la fachada revestida de material translúcido dejaría pasar la luz roja del letrero, que sería legible desde el lado derecho. Entre tanto, no es el nombre del hotel lo que aparece, sino la frase “Aún queda suelo”. La expresión, dudosa, puede ser interpretada como positiva, si pensamos en el suelo como base, o negativa, si lo consideramos como la distancia hacia algún lugar.
Este juego entre verdad e invención, pasado o presente, felicidad o desesperanza, se replica en otras dos secciones de la muestra: en una se hace un paralelo entre un incendio ocurrido en el Hospital Psiquiátrico de Juqueri, en 2005, y otro, en el Museo Nacional, en 2018. Ambas, construcciones históricas; ambas, instituciones, cuya misión es cuidar por la sanidad y las producciones del pensamiento; ambos incendios, causados por el descuido de lo que no sirve directamente o interfiere con el ciclo productivo de la sociedad de consumo. A esta melancólica constatación se contrapone una serie de cuatro fotografías de los años de la década de 1930, reeditadas, que ilustran las orientaciones de un sabio de Maranhão para una mejor sociedad: cantar, danzar, contar historias y permanecer en silencio. Todos estos cruces se dan en un nivel mental, de la elaboración de realidades o ficciones, pero que habitan la esfera de las inquietudes del espíritu.
La sala menor, por otro lado, está íntimamente ligada a los hechos. El tema más destacado es, sin duda, la tierra. Es ella la que nos da alimento y riquezas. Y es en su nombre que se dan las disputas, las guerras entre personas que se ubican o son ubicadas en algún lado de fronteras arbitrariamente delimitadas. Sobre una mesa, el artista dispuso diferentes objetos que se relacionan con las siembras de alimentos, los conflictos entre latifundistas y agricultores sin tierra, la demarcación de territorios. Si el asunto agrario es ancestral, permanece actual, y los hombres continúan matando y muriendo, y entonces, independientemente del bando escogido en la vida, retornan a la tierra, al final. En la pared opuesta, se lee, en letras de bronce, “Tierra protegida”, frase retirada de placas gubernamentales que delimitan territorios indígenas. Pero, en lugar de las dos franjas diagonales verde y amarilla de la señalización original, Grilo rasgó una grieta, exhibiendo la ironía de la designación. En el espacio de la galería, este sí protegido, es donde se da la posibilidad de hablar sobre una tierra que puede serlo todo, menos protegida.
SYLVIA WERNECK
