La obra del artista colombiano Ícaro Zorbar nos invita a reflexionar sobre la naturaleza fugaz de las máquinas, que, a lo largo de la historia, han sido creadas para mejorar o facilitar distintos aspectos de la experiencia de vida de los seres humanos. Sus instalaciones evidencian la vulnerabilidad de la tecnología y, a la vez, generan una poética de su constante transformación. El trabajo de Zorbar adquiere una nueva dimensión en “Extrañando al fantasma”, la exposición institucional más ambiciosa y significativa que ha realizado hasta el momento, curada por Julia Draganović y Eugenio Viola. En ella, el artista modifica tres pisos del edificio del Museo de Arte Moderno de Bogotá con el fin de crear un recorrido que estimula todos los sentidos.

A la entrada de la institución el visitante encuentra Satélites (2019), la primera de una serie de instalaciones compuestas por objetos escultóricos creados a partir de luz, video, audio, proyecciones visuales y sonoras de diferentes escalas y/u objetos encontrados e intervenidos. En ella, utiliza dos enormes barriles de metal conectados con hilo de chambira, material natural utilizado en el Amazonas, inspirados en el tradicional juguete creado con dos vasos de cartón o latas de metal unidos por un hilo por el que, a cierta distancia, dos personas pueden mantener una conversación. La instalación amplía las proporciones de este mecanismo e incluye además bocinas y pequeñas pantallas de video que conectan a la persona que se encuentra en la plataforma ubicada en el recibidor del museo con la que está al extremo opuesto en un segundo nivel.
Al subir al segundo piso, comienza un recorrido laberíntico por distintos espacios creados por el artista en los que prima la oscuridad. El primero de ellos, titulado Bosque (2019), es un corredor con varias pantallas de gran tamaño, en las que proyecta videos de espacios naturales que narran una historia. En el primero, una mano da cuerda al mecanismo de una caja de música; en el segundo se aprecia una toma lateral de la ribera de un rio; en el tercero, el mecanismo de una caja de música se mueve sobre una canoa; en el cuarto, un pescador aparece remando al tiempo que se aproxima una tormenta; finalmente, la última imagen muestra los relámpagos de una tormenta eléctrica. Estas imágenes son una referencia directa a la naturaleza, a su condición cambiante, lenta, casi imperceptible, como el cauce del rio o la canoa que se desplaza sobre él.
La naturaleza y, en particular, el mundo animal son protagonistas en las instalaciones Los intérpretes, un canon (2019) y Centrífugos (2019). En la primera, tres pantallas exponen primeros planos de un mismo video que muestra una araña moviéndose en su tela. Al proyectar una leve luz sobre hilos conectados a las pantallas, da la impresión de que los arácnidos podrían desplazarse fuera de ellas. La segunda es una de las instalaciones más impactantes de la exposición. Para acceder a ella, el visitante debe subir una escalera de madera y entrar por un orificio hecho en la pared. Al entrar, se encuentra en un mundo submarino rodeado de mantarrayas proyectadas en negativo mediante el uso de motores que recuerdan los primeros experimentos para crear imágenes en movimiento.
La luz tiene un papel importante tanto en las instalaciones como en la transformación del espacio mismo del museo. Zorbar cubre las ventanas y las claraboyas del edificio con cartones perforados con pequeños huecos hechos con un destornillador, que denomina Agujeros blancos (2019). Al hacerlo crea no solo lo que podría interpretarse como un cielo estrellado, sino la proyección de luces y sombras en el suelo que varían según la intensidad de los rayos de luz que atraviesan los orificios y la ubicación del sol a lo largo del día. Este fenómeno responde al interés del artista por lo efímero y por los fenómenos que suceden de una manera rápida, así como lo que difícilmente se percibe en la periferia del campo visual. Las pequeñas luces intermitentes que resultan del paso de las nubes y las ondas de sonido casi inaudibles de algunas instalaciones exigen un esfuerzo por parte del visitante para ver y oír los que de otra forma pasa desapercibido.
El carácter participativo en la obra de Zorbar es fundamental, como se puede apreciar en Máquina de hacer truenos (2019), la única que el espectador puede activar tocando hilos conectados a viejos bafles de madera dotados de un amplificador, y en varias “instalaciones atendidas” (Nadie, 2005; Triángulo de oro, 2006; Primer Plutón, 2009), ensamblajes que generan situaciones temporales frágiles y que funcionan únicamente al ser activadas por empleados del museo previamente entrenados para hacerlo.
En la última sala del recorrido, el visitante encuentra la obra Quédate un momento (2016), un viejo tocadiscos sobre el cual gira un vinilo cubierto de residuos de carboncillo que demora ocho minutos en dar la vuelta. La grabación es extremadamente lenta, casi imperceptible, lo cual obliga al visitante a detenerse y contemplar la pieza con mucha paciencia. Como bien lo indica el texto de presentación de la muestra, “la apreciación y reparación de objetos viejos, decadentes y hasta rotos es el corazón mismo del pensamiento artístico de Zorbar, y este, por supuesto, tiene implicaciones políticas también, al proponer alternativas a los conceptos predominantes de lo ‘nuevo’, al crecimiento constante y duradero y a un mundo en el que el consumismo está enteramente a nuestra disposición”.
FRANCINE BIRBRAGHER-ROZENCWAIG PhD
