Dar la palabra al público es toda una declaración de intenciones. En todo panorama artístico existen creadores que se mantienen al margen pero que siguen su camino guiados por la intuición o por un sentido del compromiso o por una locura y obsesión transitorias o crónicas, quizá por todos los motivos al mismo tiempo; avanzan guiados por estas fuerzas, y por nada más. Por eso, a menudo son dejados de lado por el establishment; al ser redescubiertos, ponen en evidencia las falencias y los puntos débiles del sistema en el que los profesionales del arte estamos inscritos. Un personaje así es el artista colombiano Gustavo Sorzano, cuyo trabajo se mostró en la exposición “Partituras mentales”, curada por William Contreras, quien ha tenido la arriesgada labor de visualizar la investigación realizada por María Mercedes Herrera. Habiendo estado el artista en la sombra de la crítica, lo más importante es, por fin, poder reunirse en torno a una figura tan refrescante y retadora dentro del arte conceptual colombiano. La exposición y, por tanto, la investigación hasta ahora existente ponen en debate y visibilizan los temas y formas de hacer relevantes, tanto para entender la escena artística colombiana de los años 60, 70 y 80 como para aportar a la situación actual del arte contemporáneo. Lo demás son notas a pie de página. Como decía, en últimas, darle la palabra y el espacio al público es siempre un acto político, pero, sobre todo, des-jerarquizar y desmitificar la práctica artística, las obras de arte, los circuitos en los que estas circulan y las normas que rigen dichos circuitos, es una labor que corre central en el desarrollo de la historia del arte desde comienzos del siglo XX.

Esta exposición resulta un abrebocas de lo que podría llegar a ser una muestra de museo. Hasta que esto pase, contamos de nuevo con la visión de una galería fiel a su labor de responsabilidad histórica. De forma contundente, aunque fugaz (es decir, se queda uno con ganas de más), la muestra se divide en tres grandes grupos: Sonido organizado, Eventos de participación y Gabinetes de pintura. Estos bloques dan cuenta de tres importantes campos de la investigación y el desarrollo práctico de Sorzano: las obras experimentales en el campo sonoro y como estas han tenido un intento de traducción visual. En la exposición encontramos la pieza sonora Zeguscua, realizada para acompañar la experiencia multimedia de la “sala de la ofrenda”, sobre la leyenda del Dorado en el Museo del Oro; la participación e incidencia del público general o de colegas del medio en la conformación de obras, y el obsesivo y warholiano retorno a figuras e imágenes clave de la historia del arte como Leonardo o Tiziano, por mencionar algunas, y otras obras icónicas, en especial la Mona Lisa y Fray Luca, del pintor renacentista, y Federico Gonzaga, del pintor veneciano. A partir de estas obras, que se apropian del lenguaje pop llevado a territorio conceptual, sobresale la idea de participación. El uso, reuso, intervención y apropiación de íconos del arte, más allá de referir al consumo masivo o al lenguaje de la publicidad –campo al que Sorzano dedicó años de su vida profesional–, entre otros presupuestos pop, desmitifica y vuelve más cercana la idea de la creación visual de la que todos podemos ser parte sin ser genios artistas. Esto se lleva a cabo especialmente con una reactivación de la pieza Momentum 43, publicada en el periódico El Tiempo en 1975. Titulada Tome uno en “Partituras mentales”, el público puede recoger un afiche con un espacio en blanco para crear una obra. Estas obras, realizadas por el público, podrán ser mostradas en el XXV Salón Nacional de Artistas de este año. En la línea de Álvaro Barrios o Beatriz González, quienes, por medio de acciones similares, pusieron en práctica estrategias de distribución en masa de obras de arte, Sorzano lleva esta idea un paso más allá ofreciendo una plataforma de exhibición a personas que quizá sean ajenas –o no– a las prácticas artísticas.
En un momento histórico en el que las fronteras de lo que era arte y lo que no lo era venían desdibujándose desde la irrupción de Marcel Duchamp, a comienzos del siglo pasado, Sorzano trae a colación la esencia de la creación: esta puede entenderse como una búsqueda de soluciones a cuestiones de índole sonora y plástica que responden al problema de la creación artística como método de experimentación, como una necesidad de romper lo conocido para poder cesar de dar vueltas en torno a los mismos temas, como una urgencia de romper la tradición, vista ya como una actitud muy necesaria para renovar los lenguajes artísticos que llevaban siglos dando vueltas sobre las mismas preguntas. Después del famoso orinal duchampiano, el cielo se convierte en el techo de la creación. Con perspectiva, podemos quizá afirmar que el verdadero límite es la frescura de la conjugación entre lenguaje propio, reflexión histórica y subversión del canon establecido por la tradición.
CARIDAD BOTELLA
