Sin la firma del acuerdo de paz que tuvo lugar en Guatemala en 1996, habría sido improbable que la inversión privada, la presencia de transnacionales, los proyectos de infraestructura o la privatización de las telecomunicaciones y de la empresa de electricidad nacional hubieran aparecido sistemáticamente como el intento gubernamental de alcanzar una modernidad fallida. Se sabe que la firma del acuerdo de paz puso fin a una guerra civil de 36 años, pero, por otro lado, propició la apertura de un mercado económico impulsado por las políticas neoliberales de Álvaro Enrique Arzú Irigoyen. Como en cualquier utopía desarrollista sentada en las bases del neoliberalismo, los contrastes y las paradojas muestran una distancia entre la vida social y las promesas del progreso: mientras que la paz era la consigna de un futuro marcado por el desarrollo económico, el consumo y la presencia de empresas extranjeras aún contrastan con los altos índices de pobreza y con las vidas convertidas en cifras que sigue cobrando sin tregua la violencia en Guatemala.

En cualquier caso, uno de los cambios más evidentes en el país centroamericano fue la excesiva aparición de objetos de consumo masivo. Calles inundadas de comercio informal y objetos abigarrados cual saturación de un nuevo paisaje entregado no por poco a la configuración de una identidad mediada por el consumo. En este contexto comienza la producción artística de Darío Escobar, con una clara revisión del lugar que ocupa el pasado colonial guatemalteco en las formas actualizadas del colonialismo económico. Pareciera como si las promesas de progreso, que durante la segunda mitad del siglo XX fueron esperadas por las naciones latinoamericanas, no se hubieran ido todavía. Y la verdad es que solo han cambiado de forma. Es allí donde Escobar se encarga de construir otra modernidad, una que paradójicamente tiene lugar setenta años después y sienta sus bases en los desechos del progreso. El aparato que utiliza es objetual, y el trabajo, siempre inclinado hacia la escultura contemporánea, enuncia el fracaso de la modernidad.
Acudir entonces al accidente para mostrarnos el fracaso. Esa parece ser una de las consignas con las que el artista guatemalteco llevó a cabo el proyecto Lo que no es bueno para uno, no es necesariamente malo para otro, que entre el 20 de junio y el 24 de agosto tuvo lugar en Proyectos Monclova, en Ciudad de México. Su punto de partida es, como en otros de sus proyectos anteriores, la revisión de una realidad económica particular en Centroamérica: la de los denominados “automóviles rodados” que viajan desde Estados Unidos hacia varios países del centro del continente. No es extraño ver en las carreteras que cruzan la costa del golfo de México las caravanas de automóviles de segunda mano provenientes de Estados Unidos, y que se distribuyen a lo largo de Guatemala para venderse a bajo costo o proveer de repuestos al comercio informal del sector automotor. Darío Escobar recogió de desguazaderos –esos lugares inhóspitos en los que se acumulan vehículos averiados, a veces uno encima de otro– las defensas chocadas de automóviles inservibles, para mostrar que detrás de las promesas económicas del neoliberalismo están las fallas, siempre históricas, de un proceso colonial. Estas defensas, que viene recopilando desde al menos el 2010, son cromadas para exhibirse impecablemente en los escenarios artísticos. Bajo el título Crash, varias de estas piezas hacen parte de la exposición. Por otro lado, en el 2005, el artista recorrió estacionamientos de Ciudad de Guatemala y puso debajo de algunos autos hojas de papel. El aceite quemado que goteaba de varios de ellos impulsó un gesto que se repetiría en obras posteriores. La serie Composiciones, también presente en la muestra, está conformada por polípticos en los que una geometría impecable se produce con aceite de motor sobre papel. Sobre la superficie solo quedan semicírculos blancos que se irán manchando poco a poco.
La mercancía, en cualquiera de los dos casos, comporta un cambio de estatus. Ya no se trata de los automóviles rodados que en un viaje a través de las costas del golfo de México llegan a Guatemala para ser vendidos a bajos precios, sino que son las defensas, los guardachoques y las latas retorcidas, a causa de accidentes automovilísticos, los que se exhiben como esculturas. Cromados e impecables, ellos se han convertido en una nueva mercancía. La operación de Darío Escobar, no exenta de cierta simpleza, se acerca a la seducción. El cromo brillante, y no el hierro corroído por los largos viajes de estos desechos automotores norteamericanos, le otorga al objeto un nuevo estatus: el de la seducción propia del consumo en un lugar destinado también al mercado, la galería de arte. Nunca fuimos modernos, pero Darío Escobar intenta darles un nuevo estatus al fracaso y al accidente. Y lo hace al cuestionar la economía que sigue salvajemente abriendo las brechas sociales en Guatemala.
JORGE LOPERA
