Una mirada a la imaginería literaria y cinematográfica indica que la mejor manera de representar el porvenir sigue siendo la distopía, aquel relato que, amparado en las peores proyecciones, muestra que el futuro siempre puede ser peor. También en el arte, donde los símbolos pueden adquirir la penosa obligación de advertir sobre la catástrofe, la predicción encuentra una clave de comunicación animada por las preocupaciones ecológicas de nuestro tiempo.
Eso ocurre en la exposición de Camila Botero en la galería Lokkus de Medellín. Botero es una de las artistas más representativas de una generación caracterizada por una inclinación a la crítica institucional que ya es distintiva de toda actitud genuinamente contemporánea, pero esta vez subsumida en una reflexión profunda sobre los medios y las alternativas de representación y presentación. En lugar de ser narradores, los artistas jóvenes buscan el artefacto narrativo para problematizarlo a través del uso ecléctico de diferentes medios, soportes y lenguajes, hacia los cuales adoptan una actitud más cercana a la curaduría y el proyecto cultural, que al trabajo de taller.

Así, en estallido, vemos un número importante de recursos (texto, imagen, objeto, instalación) articulados desde la investigación, y que giran alrededor de una intención dominante: apelar a la empatía intelectual del espectador. Esta multiplicidad medial no obedece, sin embargo, a la dispersión, sino a una articulación facilitada por la exposición de arte como un género a medio camino entre la narración alegórica y la experiencia sensitiva.
Así, dos pinturas que muestran un volcán dormido y otro activo (Volcán I y II), obtenidas a partir del algoritmo de búsqueda de Google, nos muestran la preeminencia de las tecnologías en nuestra capacidad de imaginar el futuro, y la incidencia que va teniendo cada vez más la protocolización en nuestras búsquedas y afinidades. Al verlas contrapuestas en la pared de la galería, las pinturas nos hacen una advertencia sobre la dialéctica entre quietud e inquietud que define los relatos y representaciones del desastre. Al apartarse de lo que esperaríamos de una pintura, nos muestran la apariencia de la imagen obtenida con procedimientos virtuales. Como en el apropiacionismo, las imágenes vienen a ser una especie de oxímoron de su contenido. En palabras de Amy Hyam, “aluden a nuestro deseo de controlar la naturaleza a través de medios tecnológicos, y, en consecuencia”, introducen “una sutil oscilación entre la distancia y la atracción”.
Un video, Todo ocurre cuando algo se mueve, denuncia la intención narrativa y alegórica que subyace a toda narrativa de la catástrofe, mientras que Procesos geológicos, una instalación compuesta de piezas cerámicas a partir de un trozo de madera petrificado, apela a una dialéctica entre lo terrestre y lo cósmico. Los trozos vaciados en cerámica se disponen en el suelo para evocar el resultado de una conflagración, mientras que, suspendidos del cielorraso, remiten a meteoritos en probabilidad de colisionar sobre la cabeza del espectador.
Por su parte, una serie de pinturas acrílicas y letreros de neón con letreros de sonidos descriptivos entresacados de los closed captions de series y películas marcan uno de los momentos de plenitud en la muestra. Los textos describen sonidos de fondo y, así, aislados e idealizados por el neón o la letra técnica, se vuelven casi siniestros. El aprovechamiento metafórico de la noción de “ruido descriptivo” le permite a Botero advertir la sutileza de las transformaciones que podrían sumir a la humanidad en un cataclismo.
La idea de que el mundo no es indestructible y, por lo tanto, el ser humano lo es, la noción de destino, que ha vuelto a ser importante, la relación con la naturaleza en la era digital, y sobre todo la idea de un mundo sin humanos, se insinúan como tópicos propicios para las advertencias ecológicas del arte. Botero recurre a una estrategia efectiva: evocar la dañina presencia humana a través de la recreación de su ausencia.
Todas estas obras (o, más bien, su articulación en un proyecto dirigido por una cuidadosa investigación formal, científica y medial) buscan una enunciación metafórica que va más allá del documentalismo un poco literal que desde hace algunos años domina en el espacio artístico internacional.
Con estallido, estamos frente a lo que el antropólogo Néstor García Canclini definió una vez como la principal condición del arte contemporáneo: la de poner las cosas (fenómenos, fuerzas sociales, procesos económicos y políticos) en un estado de inminencia. ¿Eso qué significa? Que si bien el arte ha perdido su capacidad de representar todo lo existente, aún nos permite objetivar las fuerzas generales que modelan el futuro. El destino de la humanidad, que dé cuenta de las cuestiones ecológicas, ha reaparecido como tema, y halla en la obra de Camila Botero una rearticulación que sigue residiendo en el arte, aunque nos lleve más allá de sus dominios específicos.
