¿Qué es una frontera? ¿Para qué nos sirven las fronteras? ¿Sabrá alguien qué es ser colombiano o ecuatoriano y cuál es la diferencia con ser venezolano o mexicano? Una persona vive en una frontera, en un límite imaginario, pasa un brazo por encima de ese límite y su mano está en otro país, otro gobierno, otro Estado distinto a donde se encuentran sus pies. Sin embargo, esta persona ha vivido toda la vida atravesando fronteras, alimentándose igual que las personas de un lado u otro, hablando con el mismo “acento” y el mismo “argot”, teniendo experiencias de vida similares en un lado u otro. Allí, en el límite con otro país, se ve con claridad que la frontera es tan imaginaria y tan extraña a la vez como lo puede ser el deseo. El deseo de vivir, de morir, de amar, el deseo incluso de desear. En el diálogo platónico titulado “Hipias Mayor, o de lo bello”, Sócrates termina diciendo acerca de la belleza, después de darle muchas vueltas y de enredar con inteligencia, y acaso con algo de sarcasmo, a Hipias Mayor, que lo bello es difícil. Así de fácil, así de complejo a la vez: lo bello es difícil. De pronto, si se nos permite adoptar esta conclusión, podríamos decir parafraseando a Sócrates que una frontera es difícil. Así de fácil y así de complejo a la vez. Seguramente podamos ver allí una relación con la palabra estorbo, que se escoge como título de esta muestra. Un estorbo, aquello que nos hace las cosas difíciles de asimilar, de traspasar. El estorbo agrede y obstaculiza. Teresa Margolles nos habla de un paso de un lugar a otro que se va convirtiendo en un estorbo: ¿por la xenofobia?, ¿el sudor?, ¿la pérdida de beneficios?, ¿el egoísmo?

Para desmarcarnos del asunto político colombo-venezolano, podríamos situarnos en un lugar interesante de frontera en Leticia (Colombia) y Tabatinga (Brasil). Pareciera el mismo municipio, bajo las mismas leyes en un mismo país y con exactamente el mismo paisaje y la misma gente. Solo basta con cruzar una calle sin pavimentar de cuatro o cinco metros de ancho para atravesar la frontera. Podemos entrar y salir de Colombia o de Brasil cuantas veces queramos en tan solo unos segundos. Por ello, la frontera termina siendo algo tan difícil, que maneja unas dinámicas políticas y corporales que no se compadecen las unas con las otras. Refirámonos entonces a Deleuze y Guattari cuando tratan de definir la diferencia entre lo liso y lo estriado y los comparan con la forma como se manejan los territorios en los juegos del ajedrez y del go. El ajedrez maneja sus propias normas, sus propios límites, sus jerarquías: el ajedrez es estriado y maneja una guerra bajo unas normas específicas, ocupando espacios claramente definidos de antemano. El ajedrez es institución. Por su parte, en el go, el espacio es abierto, las posibilidades de movimiento son infinitas porque el espacio se maneja bajo otras estrategias distintas a las de la guerra. El espacio es liso, es estrategia sin límites, maneja territorios y “des-territorios” en un continuo devenir1. Una cosa es el Estado que gobierna un asunto fronterizo, un país, tal cual se ha enmarcado en un mapa geopolítico bajo unas normas específicas similares al territorio y a las jerarquías del juego del ajedrez. Otra muy distinta es la persona que habita la frontera y que, a medida que va y viene, va dándole sentido al territorio que va ocupando o desocupando. Su frontera no es la misma que se dictamina desde un gobierno central. “Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo”2. Una diáspora venezolana o de cualquier nacionalidad, nunca va a ser controlada, organizada, fácil… si esta palabra fuese siquiera aceptable dentro de las connotaciones fuertes que conllevan una diáspora. Una diáspora se desmarca, se “amorfiza”, rompe cualquier norma y se entrega al miedo, al hambre y a un doloroso sentido de supervivencia. No tiene rumbo sino afán de alejarse de un punto determinado. ¿Cuándo para? ¿Dónde para? Teresa Margolles, con su trabajo de tres años en la frontera entre Colombia y Venezuela, señala estas inquietudes, que a su vez nos empiezan a “estorbar”, a molestar. Nos ayudan a entender el problema desde una perspectiva amplia sobre el significado de la frontera cuando esta empieza a existir y cuando nosotros mismos la empezamos a construir de un momento a otro.
Si durante muchos años la idea de frontera entre Venezuela y Colombia apenas existía, ahora es un reto, un antes y un después de miles de personas, una decisión de vida. Si antes un puente era apenas un paso por el aire, ahora se convierte en una construcción pesada, inmóvil, absoluta. Teresa Margolles aborda este lugar como un sitio de estudio, desde donde se gestan problemas de gobiernos, desde donde sí hay una diferencia enorme entre tener un pie en un sitio o el otro. Un lugar donde se agitan banderas de propiedad, de xenofobia, de maltrato. Donde la camisa sudada de un carguero, o un ayudante que permite el paso por trochas indescifrables, se traducen en fardos sujetos a normas pesadas y rígidas. En bloques de cemento quedan estos registros de sus pertenencias, de sus miedos y sus angustias. En bolsas plásticas se empacan camisas sudadas, con el sudor de quien vive en la frontera, el que transgrede el límite y la “norma”. Sin duda, cada camisa sudada es una pregunta, pero ante todo, lo que empezamos a ver allí es que las preguntas van acompañadas de personas. No son preguntas al aire, sino reclamos de personas que viven y sudan como cualquier otra persona. No está Margolles señalando objetos: llámense piedras, camisetas, tierra, pertenencias; la artista está ligando todo esto a personas de carne y hueso que tienen su vida anclada a un problema que las supera y que, por ende, se convirtieron en un estorbo. Margolles nos deja ver en su exposición que el ajedrez demarcado por la política ha generado otras formas de definir el territorio, y es posible que en su exposición –que es ante todo una muestra del trabajo de campo, desarrollado en la frontera– podamos empezar a ver que el ser humano va encontrando siempre sus propias formas de devenir en el espacio. De hacerle “el quite” a la frontera, así esta sea difícil.
NOTAS
1. Ver el capítulo “Tratado de nomadología: máquinas de guerra”, en el libro Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia de Gilles Deleuze y Félix Guattari.
2. Idem.
ANDRÉS GAITÁN T.
