El retrofuturismo se instala en el zócalo del museo, como si esta revisión de la conquista del espacio transformara el subterráneo del edificio en una sala de operaciones de la NASA de los años sesenta. Una mirada al pasado cubierta del barniz de lo artístico. La materia prima original son documentos (mapas, videos, esbozos o imágenes tomadas vía satélite) seleccionados de entre el ingente archivo de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos. La autoría de las obras expuestas es compartida, por lo tanto, por los autores de aquellos y la labor de criba y disposición de Nicolás Sánchez.

Lo primero que llama la atención en este trabajo de arqueología ficticia es el montaje, que parece adaptarse a la naturaleza circular del protagonista de la muestra: la Luna, sus cráteres, los vuelos orbitales. En la zona central de la sala se disponen varias pantallas de televisores antiguos en circunferencia. Ellos emiten, “mirando hacia fuera”, imágenes relativas a las misiones lunares que tuvieron lugar en los sesenta y los setenta. Un display que recuerda a algunos de los emprendidos por Juan Downey, como Video Trans Americas, de 1976, o The Circle of Fires, de 1979. Las diferencias entre ambas experiencias son obvias: en el caso de Downey, la puesta en cuestión se dirigía hacia un ritual de reconocimiento, planteando la duda acerca de quién es el que observa y quién el observado, y en el caso de Sánchez, se pretende experimentar con la idea de la tecnología como médium a través de aparatos anticuados, en un ejercicio catódico de nostalgia. Pero sí hay una conexión que va más allá de la mera instalación de objetos: tanto en Downey como en Sánchez, el estímulo es el acercamiento a lo remoto, a un lenguaje extraño, y por medio, una representación abierta. Iluminados de espaldas por la emisión de las pantallas, recorremos las obras dispuestas en muro o en vitrina. Entre las primeras destacan impresiones sobre papel aluminio de imágenes captadas durante diversas misiones de la superficie lunar. Son los trabajos de mayor interés de la exposición, y en los que la intervención del artista es más “invasiva”. El suelo extraterrestre presenta una apariencia tridimensional y un brillo artificial que sintoniza con el carácter equívoco de la odisea espacial. La proeza de aquellos hombres que hace más de medio siglo pusieron pie en nuestro satélite, aún hoy nos parece tan improbable que entraría más en el ámbito del arte –de la ficción– que en el del archivo periodístico e histórico. Seducido por esta ambigüedad, en el resto de las obras Nicolás Sánchez únicamente ejerce de selector y de reconstructor de imágenes, fotografías tomadas –a ciegas, ya que sus cámaras no disponían de visor– por los doce astronautas elegidos para la gloria. En esta tarea de recomposición de panorámicas, uniendo las instantáneas incompletas de los astronautas para generar una visión completa de lo que realmente veían los visitantes a la Luna, existe la intención de evocar el vértigo que debieron experimentar estos ante la inmensidad espacial. Para subrayar esta sensación, el artista introduce dos elementos “alienígenas”: el libro de Julio Verne De la Tierra a la Luna y reproducciones de dos de las pinturas “lunares” de Caspar Dier Friedrich. La fascinación, la imaginación, la sublimación del hombre teñida de un aspecto romántico que continúa incluso después de haber logrado poner sus huellas sobre el polvo cósmico. El espectador que logre evocar la actitud estática de los protagonistas de los cuadros de Friedrich, quizás también sentirá “breves destellos de belleza y terror”, si bien la propuesta de Sánchez no es especialmente –ni espacialmente– en exceso distante del archivo original de la NASA. En otras palabras: salvo los trabajos en los que hay una intervención más clara, la visita no elevará nuestros pies de la tierra más de lo que lo podría hacer un documental o una muestra de documentos originales, ya de por sí imbuidos de lo insólito.
JUAN JOSÉ SANTOS
