Los dominios perdidos

Rodrigo Cabezas. Yo la quería, 2018-2019. Acrílico sobre tela. 230 x 450 cm (90 35⁄64 x 177 11⁄64 pulgadas). Foto: Jorge Brantmayer.

Colectivajul 2019 - sept 2019· Por Denisse Espinoza

Los dominios perdidos

“Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,

sino la que alguna vez apagamos

para guardar la memoria secreta de la luz.

Lo que importa no es la casa de todos los días”.

Jorge Teillier, Los dominios perdidos, 1963

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Mario Soro Vásquez. Yo soy la marca I y II, 2016. Impresión digital sobre papel, a partir de un collage de fuentes análogas. Montaje digital: Rodrigo Adaos. Impresión: Manuel Basualto. 70 x 55 cm (27 9⁄16 x 21 21⁄32 pulgadas). Foto: Jorge Brantmayer.

Hacia fines de los 80, algo estaba cambiando en la atmósfera chilena. Se cumplía más de una década del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, y que aún mantenía instalado en el poder a la junta militar de Augusto Pinochet, pero en las calles la gente comenzaba a despertar del letargo, a través de las primeras protestas urbanas. La contracultura hacía lo suyo desde las profundidades del under generando una energía irreverente reflejada en el naciente punk local, la moda de la ropa usada, la gráfica de los cómics y una camada vibrante de jóvenes pintores. Este último grupo, que confluyó en los mismos lugares de estudio, barrios y bares, entre la década del 80 hasta principios de los años 90, y que ha sido sumamente poco investigado por los historiadores de arte chileno, es el que rescata la curadora cubana Dermis León en Los dominios perdidos.

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Arturo Duclos. La rivoluzione siamo noi (aprés Beuys) (Nosotros somos la revolución [después de Beuys]), 2019. Polleras cholas, acero y objetos diversos. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer.

La exposición, que se toma por completo las seis salas del Museo de Artes Visuales (MAVI) de Santiago, enfoca la mirada en el presente de estos creadores, al mismo tiempo que intenta comprender este específico periodo en el que ellos formaron una escena fundamental, aunque muchas veces invisibilizada, del arte chileno posterior. Es justamente allí donde radica el aporte de esta curaduría; por un lado, propone la revisión histórica de esta escena, y por el otro, realiza una recontextualización contemporánea de ella, evidenciando la continua producción artística que han generado y los distintos derroteros que cada uno de ellos ha decidido tomar. Las líneas del poema de 1963 de Jorge Teillier, que inspiran el título de la muestra, refieren justamente a esa necesidad humana de recuperar el pasado, pero no como un acto nostálgico sino más bien como un aprendizaje de vida o, en este caso, como un aprendizaje artístico.

Al desarrollar el texto y concepto de la exposición, Dermis León divide la escena en dos oleadas. Integra obras de la colección del museo para situar a la primera, ocupándose más ampliamente de la segunda, que es representada por dieciséis artistas: Carlos Araya, “Carlanga”; Ciro Beltrán, Víctor Hugo Bravo, Rodrigo Cabezas, Arturo Duclos, Coco González Lohse, Klaudia Kemper, Sebastián Leyton, Claudia Peña, Malú Stewart, Mario Soro, Bruna Truffa, Marcela Trujillo, Alicia Villarreal, Enrique Zamudio y Paula Zegers. La revisión revela un movimiento heterogéneo de artistas que, desde las particularidades de sus creaciones individuales, siguen compartiendo un espíritu común rebelde y fresco, que la curadora bautiza bajo el término Revuelta Vitalista. Este grupo de artistas usó la pintura como principal medio de expresión, lo que se ha leído siempre como una respuesta al férreo conceptualismo político de la generación exactamente llamada Escena de Avanzada1, quienes decidieron exceder los límites del cuadro para abrazar el arte de la performance y el videoarte.

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Marcela Trujillo (En colaboración con alumnos/as del taller de cómic). Ídolo, una historia casi real, 2019. Grafito, acrílico y plumones sobre muro. Auspiciado por pinturas Motta. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer.

Mientras que el “grupo de avanzada” ha sido ampliamente teorizado y difundido, tanto en Chile como en el extranjero, los “artistas vitalistas” fueron omitidos casi por completo, debido quizás a este mismo retorno a la pintura, que, sin embargo, implicó una gran experimentación dentro de este campo de acción. En tiempos aún oscuros de la dictadura, los creadores de la Revuelta Vitalista lograron desmarcar sus trabajos del contexto meramente político para dar rienda suelta a sus propios imaginarios creativos, con un espíritu más colorido y visceral de lo que hasta entonces se había estado desarrollando en el arte chileno.

Las salas fueron identificadas con diferentes colores, para crear una atmósfera evocativa de los años 80, y nombradas a través de conceptos, para así recalcar la diversidad creativa del movimiento, en cuanto a sus respuestas estéticas y a la experimentación con los medios tradicionales. De color blanco, la primera sala, titulada Diagramas, muestra este punto de inflexión marcado por algunos artistas, quienes funcionaron como puente entre la Escena de Avanzada y el movimiento de la Revuelta Vitalista de los años 80. Están representados por el trabajo de Mario Soro y Arturo Duclos, quienes pertenecían al taller de grabado de Eduardo Vilches en la Universidad Católica, donde fueron estimulados a realizar desplazamientos hacia nuevos soportes. Tanto Soro como Duclos exhiben sus obras que critican el lenguaje y los medios tradicionales. De Soro se exhiben collages actuales, junto con una serie de dibujos realizados durante un viaje a Alemania en 19892. Mientras, Duclos despliega una instalación con objetos encontrados que aluden tanto a su historia personal como al imaginario latinoamericano que siempre ha rodeado su obra. Alicia Villarreal –quien también exhibe en esa sala– muestra fotografías de terrenos devastados por incendios y de trozos de maderas quemadas formando un collage con fragmentos de mapas antiguos de Chile. Todo forma parte de una investigación mayor sobre territorio y memoria.

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Malú Stewart. Buscando un símbolo de paz (Charlie García) en atmósfera verde claro, 2018. Figuras recortadas de cholguán perforado bordadas con limpiapipas. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer.

Bajo el nombre Posmodernidad Vintage, la sala dos en color damasco-naranja, de moda en la década del 80, confronta a los artistas de la primera oleada pertenecientes a la colección del MAVI, Carlos Maturana (Bororo), Samy Benmayor, Pablo Domínguez, Omar Gatica, Gonzalo Díaz, Jorge Tacla y Francisco Smythe, en diálogo con las nuevas producciones de artistas de la segunda oleada, Bruna Truffa, Coco González y Rodrigo Cabezas.

En general, la mirada de los artistas de la segunda oleada es más crítica y retoma la pintura de una forma radical, para detonarla a partir de sus propios referentes. Es el caso del díptico Yo la quería (2019) de Rodrigo Cabezas, pintura de gran formato y donde predominan los colores de neón típico “ochenteros”, que alude desde su título a una de las canciones de Los Electrodomésticos, banda emblemática de los 80, sobre un crimen pasional, y al mismo tiempo critica al modelo de televisión actual que fomenta la violencia como festín contemporáneo.

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Alicia Villarreal. Serie Reserva, China muerta, Coronel, Castro, 2016. Fotografía digital sobre mapa, acuarela y pañete. 160 x 65 cm (62 63⁄64 x 25 19⁄32 pulgadas). Foto: Jorge Brantmayer. Cortesía: Galería Patricia Ready.

Bruna Truffa3 exhibe aquí un colorido tríptico de aves migratorias para hablar de la actual crisis humana entre refugiados e inmigrantes, e introduce a uno de sus personajes femeninos (la mujer a cuerda) que se desplaza desde el muro a la pintura para terminar materializándose en dos esculturas kitsch elaboradas en cerámica. De Jorge “Coco” González Lohse se presenta una serie de doce pequeñas telas encapsuladas en dioramas, con las que deconstruye el paisaje chileno, a través de referencias y citas a la historia de la pintura local y a personajes populares, a la vez que ironiza sobre el pasado de violencia histórica. A ras de piso, extiende una pasarela con 365 formas de montañas y volcanes hechas en greda quemada y barnizadas en tono azul, con las que alude a la diversidad del paisaje local chileno.

La sala 3 Arqueología en blanco, nos transporta al contexto cultural y emocional de los años 80, a través de una proyección en loop de Luis Navarro, quien presenta un collage visual en clave de video musical, con imágenes que reconstruyen una década, tomadas de anuncios y noticias de la televisión, documentales, primeras animaciones japonesas, fotografías y videojuegos de la época, mezcladas con el sonido de las bandas new wave, punk y rock locales que nacieron de la efervescencia contracultural, tales como Los Pinochet Boys, Los Fiskales Ad-hoc y Los Electrodomésticos.

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Enrique Zamudio. Cine Prat de la serie Santiago, 1995. Fotoserigrafía, pigmentos cerámicos sobre fierro esmaltado. 100 x 100 cm (39 3⁄8 x 39 3⁄8 pulgadas). Foto: Jorge Brantmayer.

Experimentación desde la pintura

Se debe entender que la filiación de estos artistas es también el resultado de un contexto adverso tanto político como económico. Sin ningún apoyo estatal, por razones evidentes, los vitalistas aprendieron que la autogestión era la única herramienta para producir sus obras. Formaron dúos y colectivos, como los miembros de la Contingencia psicodélica (entre los que estaban Mauro Jofré y Carlos Araya); editaron revistas, fanzines y libros t efectuaron múltiples exposiciones autogestionadas. El recorrido se conecta con la sala cinco, Gabinete de ediciones, donde se exhiben originales de revistas de cómics de la época, portadas de discos, junto con publicaciones, pósteres, fotografías documentales, catálogos y libros, junto con la producción gráfica del grupo vitalista4.

La sala cuatro, pintada de color verde esmeralda, reúne artistas que excedieron los límites de la pintura de bastidor para invadir el espacio circundante. Arquitectura de la abstracción se denomina lo hecho por creadores como Ciro Beltrán, quien exhibe alfombras –apoyadas en el muro del museo por listones de madera– que son utilizadas como soporte para ir de la pintura a la instalación y el performance con una misma obra. Por otra parte, Paula Zegers realiza un ejercicio de texturas y materialidades a partir del color negro con cerámicas y género; y Malú Stewart despliega en el muro un centenar de figuras recortadas en madera cholguán y coloridamente bordadas con limpiapipas, trabajadas como si fueran nenúfares flotando en un lago. El espacio central es dominado por la obra de Víctor Hugo Bravo, un piano pintado de camuflaje del que salen ocho patas de araña gigantes –una referencia a Louise Bourgeois–, mientras que en la pared continúa, el políptico Alepo de Carlos Araya (Carlanga) –nombre que alude a la ciudad Siria–, presentado a modo de friso en altura, deconstruye pictóricamente la destrucción urbana en las guerras contemporáneas.

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Ciro Beltrán. Refugio-Redemptiok, 2019. Pintura, instalación con alfombra y madera. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer.

En el espacio ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, la curadora Dermis León plantea la idea de un feminismo no-expresado en el contexto chileno, quizás por el temor que muchos sentían a declarar abiertamente las pertenencias políticas y de género. De cualquier manera, las mujeres artistas reunidas en esta sala central del edificio del MAVI exploran el arte desde sus vivencias personales, con relatos emocionales llenos de humor e ironía. Marcela Trujillo5, quien se dedica al cómic, exhibe viñetas originales y fue invitada por primera vez a llevar su imaginario interviniendo en blanco y negro a gran escala una pared. Comparte espacio Claudia Peña, con sus retratos femeninos en un formato más bien tradicional, pero con guiños a la visualidad popular. Dentro de esa apropiación de lo popular se incluyen el grupo escultórico Los vigías (1994) de Francisca Núñez y parte de la colección del MAVI. La artista, emblemática por su trabajo de escultura, ensambla madera, papel y tela cosida para crear dos personajes cercanos al Arte Pop por sus colores, pero también al expresionismo informalista, por la combinación de materialidades.

Voces y Susurros, como final de recorrido, hace referencia al uso de medios técnicos como la fotografía y el video en sus formas experimentales análogas, que funcionan como antecedentes de la era digital. La instalación de Klaudia Kemper interviene una pared de nueve metros con 286 acetatos pintados, secuencias de M, una videoanimación realizada en 19906, sobre la problemática que vive un personaje perseguido constantemente por una bestia. Mientras, el diálogo se manifiesta de forma espontánea entre las pinturas de Sebastián Leyton de paisajes urbanos periféricos, como Torre de agua (2017), y las fotoserigrafías emulsionadas sobre metal de Enrique Zamudio, quien también registra sitios abandonados de la ciudad, al igual que detalles de la flora silvestre chilena como si fuesen imágenes sacadas de algún libro del siglo XIX.

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Carlos Araya. Alepo, 2019. Políptico. Óleo sobre tela. 200 x 924 cm (78 47⁄64 x 363 25⁄32 pulgadas). Foto: Jorge Brantmayer.

Pasados más de treinta años desde el origen de la Revuelta Vitalista, resulta complejo intentar reconstruir una historia de forma elocuente y lineal entre artistas que han tomado derroteros tan heterogéneos. Varios de ellos vivieron temporadas en el extranjero, y tras la vuelta de la democracia en Chile, exhibieron la absorción de influencias foráneas que se ven reflejadas en sus actuales trabajos, conformando con ellos universos completamente independientes. Dermis León, sin embargo, logra encontrar un espíritu común que mantiene unido a este grupo, sentando con esta exposición un primer acercamiento que merece ser profundizado aún más. Con este gesto se logra reivindicar, en primera instancia, el aporte que hicieron estos creadores, al armar una escena artística efervescente, original, y donde la pulsión vital es la gran triunfadora.

NOTAS

1. La teórica Nelly Richard acuña el término Escena de Avanzada para hablar de aquellos artistas que abandonaron la pintura como una respuesta de inmediatez y experimentación que difirió de las tradiciones aprendidas en las academias. Entre ellos estuvieron el Grupo CADA y artistas como Eugenio Dittborn y Carlos Leppe. Los conceptos aparecen en el libro Márgenes e instituciones de Richard, publicado en 1983.

2. Este viaje correspondió a su participación en “Cirugía plástica”, exposición en la que participaron muchos de los artistas vitalistas incluidos en “Los dominios perdidos”.

3. Bruna Truffa, Rodrigo Cabezas y Sebastián Leyton formaron a inicios de los 80 un grupo creativo, disuelto en 2003 y que se volvió a reunir en 2016 como el dúo Truffa+Cabezas.

4. En 2014, gran parte de los artistas que se incluyen en la muestra formaron SXC Cooperativa de Artistas, una plataforma de difusión, investigación, creación y venta de obras.

5. A fines de los 80, Trujillo comienza a explorar el mundo del cómic underground, creando su alter ego Maliki, con el que se ha hecho conocida por sus cómics de corte autobiográfico.

6. M recibió el premio del festival de video y es parte de la colección del MoMA.

DENISSE ESPINOZA A.

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