Actos en silencio, exposición curada por el investigador Andrés Matute Echeverri, pone a dialogar la obra de dos artistas colombianas, Karen Lamassonne (Nueva York, 1954) y Liliana Vélez (Bogotá, 1980), como parte de un programa de exposiciones dedicadas a conectar la obra de artistas de diferentes generaciones. La exposición se plantea, de forma aguda y pertinente, como una curaduría que apela a nuestro sentido y pensamiento críticos dentro del arte feminista en Colombia, desde una necesaria perspectiva histórica pero al tiempo aterrizada también en el presente. Facilitar una situación de diálogo entre dos aristas que han desarrollado su trabajo paralelamente, que viven separadas por décadas la una de la otra –y que este resulte casi como si hubieran tenido una conversación telefónica mientras trabajaban en el mismo periodo de tiempo–, genera una intensa experiencia al ser testigos de una conexión y sensibilidad afines entre dos seres humanos, siendo estos, en este caso, mujeres que comparten los ires y venires, precisamente, del ser mujer en el mundo contemporáneo. Recuerdo la insistente afirmación que repetía un curador de mayor edad (más próximo a la generación de Lamassonne): una artista debe preguntarse cuál es la condición de la mujer en el mundo y hablar desde su propia experiencia de esta, si no, su obra no tiene sentido. Bien, Lamassonne y Vélez serían la panacea de esta premisa dejando claro que lo autorreferencial es una excelente materia prima y que logra hablar de cosas que nos afectan a todas y, me atrevo a afirmar, que nos afectan a todas de Norte a Sur, de Este a Oeste. Temas que tienen que ver con el cuerpo, la intimidad, la cotidianeidad, el patriarcado, las relaciones amorosas y sexuales, la relación con la vida familiar, o la total negación de esta, están a la orden del día en el repertorio cultural femenino.

Mientras se recorre la exposición, y con el título en la mente, aparecen dos tipos de silencios, uno íntimo y el otro a gritos; aparecen también dos tipos de miradas, una de voyeur (de afuera hacia adentro) y la otra de exhibicionista (de adentro hacia afuera); y las dos confluyen en el espectador. El trabajo de Lamassonne nos da acceso a situaciones que normalmente serían de intimidad, de una intimidad en silencio. Con sus acuarelas, nos abre un mirilla en los baños públicos y privados, en los que vemos a mujeres –a las que en ocasiones se les ve el rostro pero en otras ocasiones el cuerpo está fragmentado– en distintas actividades y actitudes como, por ejemplo, mujer sentada en el inodoro subiéndose y bajándose la ropa, mujer desnuda acostada desnuda en el suelo al lado del artefacto que le informa de su (¿maldito?) peso o mujer desnuda sentada en el suelo y apoyada en la pared con la mirada perdida en el espacio y el tiempo. En esta serie histórica, Baños, expuesta en 1979 en la Galería Club de Ejecutivos –como anuncia el texto curatorial de Matute, quien ha investigado en profundidad la obra de Lamassonne–, se pone de manifiesto una acentuada incomodidad enigmática generada por elementos como la postura de los cuerpos y los espacios, marcada por las perspectivas alteradas y la idea de que siempre se nos esconde algo: se nos priva, como a mirones frustrados, de ver lo que en realidad está pasando.

Hay también en la obra de Lamassonne algo de onírico en lo que podemos adentrarnos y perdernos, como pasa con el video de 1982 Secretos delicados, el cual resulta una sucesión delirante de imágenes, escenas y personajes de tal forma editados, que podríamos estar siendo testigos del subconsciente de la artista. En términos de “ruido” dentro del silencio, es esta obra la que, sin verbalizarlo, empieza a gritar, siendo esto la constante de los videos performáticos presentados por la artista Liliana Vélez. Llama la atención la sinceridad con la cual la artista nos comparte que su obra es una forma de lidiar con el carácter conservador de sus raíces. Así que Vélez nos habla a gritos y patadas desde su solemne silencio performático, un silencio que se mete debajo de la piel y en nuestro estómago, al posicionar al espectador delante de un exhibicionismo masoquista, sexual y, en ocasiones, abyecto, como es el caso de Ensalada de frutas, video en el que podemos ver, de una forma muy directa, en lo que se convierte la imagen del amor al pasar de ser un icónico corazón hecho con frutas, a transformarse en vómito después de haber sido ingerido. La incomodidad pasa de ser algo racionalmente analizable y perceptible en un nivel de identificación con las mujeres que vemos en la obra de Lamassonne, a instalarse, con Vélez, en las entrañas del espectador, como sucede cuando somos testigos de la ingesta de una cantidad considerable de cáscaras de huevo. La textura, y lo que esta debe producir en la boca, nos acompañan durante todo el recorrido. Por último, casi dos metros de mata de pelo cuelgan por un sifón desde la escalera de la galería. ¡Qué tarea tan desagradable la de recoger los pelos de la ducha, pero qué acto tan necesario para el funcionamiento de nuestra rutina de higiene! Esta obra colectiva pone el broche de oro a un recorrido por el mundo de estas dos artistas que, siendo de dos generaciones distintas, encuentran la precisión para hablar de dos mundos femeninos conectados en distintas texturas físicas y emocionales.
CARIDAD BOTELLA
