Con esta tercera exposición personal que hace en Francia en pocos meses, el artista brasileño Julio Villani (Marilia, São Paulo, 1956) –representado en São Paulo por la Galería Raquel Arnaud– confirma el sólido anclaje de su difusión entre los dos continentes. Próximamente presentará, en la hermosa abadía cisterciense del Thoronet (en el sur de Francia), una gran instalación de 250 metros cuadrados producida por el Palais de Tokyo.
Su segunda exposición en la galería parisina RX permite encontrar nuevamente ese estilo lúdico y al mismo tiempo constructivo que lo caracteriza. El artista ha convertido esa aparente contradicción en una fortaleza que constituye su eje reflexivo y formal. La alegría que impregna su obra contribuye también a moldear esa permanente dualidad cómplice, alimentada por su innegable inventiva, desde hace más de treinta años.
La exposición, que ocupa dos pisos, reúne en su mayoría obras recientes (2018), pero también algunas del 2012, 2014 y 2016 (pinturas, dibujos, collages, objetos y esculturas). En la primera sala, cinco telas de gran formato, trípticos verticales, cuyas separaciones son voluntariamente casi imperceptibles, expresan –como lo explica el mismo artista– una continuidad que su vida entre Brasil y Francia podría, en cambio, haber fragmentado. Estas últimas pinturas también ponen de manifiesto su complicidad con la geometría sensible y casi “musical” de Alfredo Volpi, paulista como él. Villani comparte con Volpi una misma libertad de creación, el enfoque delicado y transparente del color, y una construcción tal vez más emocional que conceptual. Fusión reflexiva y perfectamente orquestada entre contrarios, o bien oposiciones que podemos observar en el centro de toda la creación de Villani –ya sea que se trate de pinturas, objetos o collages– entre tensión y aflojamiento, ruptura y continuidad, movimiento y estabilidad, humor y nostalgia, autorretrato y retrato del mundo. El título de la obra, Deambulo por una calle que atraviesa varios países, es el hilo conductor de toda esa trama existencial y sensible, de esos múltiples arraigos, ese permanente deambular y esas estasis que permiten tejer el vínculo de Villani con las geografías y culturas en las que transcurre su vida, desde hace muchos años, sobre ambas orillas del Atlántico. El exilio no es para él una ruptura sino, por el contrario, una veta inagotable, una calidad de vida que lo inspira constantemente, una matriz en donde conjuga sin cesar las dos caras, anverso y reverso de su vida, cuya dualidad regeneradora alimenta cada uno de los gestos creativos del artista, en una obra vital en constante renovación.
Las dos esculturas de madera (de una serie de siete), intituladas Retrato de León F. y Retrato de Marcel D., compuesta cada una de un butaco sobre el cual se asocian elementos representativos de los objetos fetiches de dichos personajes –el péndulo para Léon Foucault y el bilboquet (la “coca” o el “balero” nuestro) para Marcel Duchamp–, ponen nuevamente de manifiesto ese deseo lúdico, en donde la acción de montar/desmontar demuestra que nunca hay nada estático en una obra que se afirma en un movimiento perpetuo.

La segunda sala de exposición reúne objetos y pinturas, así como una tela bordada compuesta de partes que se unen con puntadas, técnica que utiliza desde 2004. Los bordados, que al principio se fabricaban en Brasil, hoy los elaboran en Francia bordadoras profesionales. Les siguen series de objetos extraños y divertidos, utensilios de la vida cotidiana, a partir de los cuales se construyen “retratos”, tales como Sourire (“Sonrisa”, plato de metal y alambre rojo, de 2014). Por último, tres dibujos y collages (2018) sobre las hojas de una Biblia que data de 1665 llevan títulos insólitos como los que Villani suele inventar: Instrument poétique (Instrumento poético), Ver de lune (Gusano lunar) y L’infini turbulent (El turbulento infinito).
Aparentemente ecléctica, esta selección de obras concentra, sin embargo, una gran parte de los saberes conceptuales, artísticos y técnicos de Villani, así como también de su memoria afectiva y estética. Se acompaña, en una sola de las paredes, de un conjunto donde cohabitan objetos, pinturas, bordados, ensamblajes insólitos y dibujos, es decir, un muro del tipo “cabinet de curiosités” o “estudio secreto”. Nos recuerda el muro de André Breton que figura en la colección del Musée national d’Art moderne del Centro Pompidou, gracias a una donación efectuada en 2003. Podríamos citar –y tal vez atribuir a la obra de Villani– la descripción que hace Didier Ottinger (conservador del MNAM) de este muro: “El conjunto, conformado en función de un extraño capricho, con un orden paradójico que teje los recuerdos personales y el respeto que les es debido a los poderes ocultos, a las leyes del magnetismo, a las sorpresas del azar. El ‘muro’ de André Breton, como un desafío lanzado al Museo de Arte moderno, como el núcleo, aún caliente, de un reactor de enorme potencia”.
CHRISTINE FRÉROT
