Exposición Individualjul 2019 - sept 2019· Por Andrés Gaitán T.

Javier Vanegas

Galería El Museo

Durante el siglo XIX, después de un largo recorrido por el vasto campo del estudio del cuerpo humano, se dieron saltos importantes que resultan apropiados para la revisión de esta exposición de Javier Vanegas en la Galería El Museo, en Bogotá. Dos ejemplos son claves: Madame Tussaud y Cesare Lombroso. La primera, por pulir el arte del trabajo en cera que imitaba las facciones humanas, y que fue muy solicitada en su momento para que diseñara las cabezas de María Antonieta y Luis XVI, y exhibirlas en diferentes comarcas francesas luego de la revolución. El mensaje tenía que ser claro: el poder de la monarquía había sido guillotinado. El segundo ejemplo, el criminólogo y médico italiano que diseñó un complejo sistema de facciones humanas para determinar a simple vista qué personas eran criminales en potencia y qué tipo de actitudes o tendencias amorales o reprobadas socialmente podrían tener.

Exposición Individual: Javier Vanegas — imagen 1
Javier Vanegas. Sin título, 2017-2019. Fotografía digital e impresión en papel de algodón Moab. Cortesía del artista y Galería El Museo.

Hoy en día –después de que la medicina, la fotografía y los estudios del comportamiento humano han avanzado y nos permiten ver esta época con la distancia que solamente el tiempo podría otorgarnos– podemos encontrar este fragmento de la historia algo escabroso y hasta humorístico. Sin embargo, estos ejemplos nos sirven para entender que durante el siglo XIX se concretó la clasificación de las especies en el mundo y se dio inicio al circo grotesco en el que se exhibían todas las anomalías (a veces en formol, otras en cera y algunas en vivo y en directo) de cuerpos animales y humanos que la naturaleza se permitía crear. Aquella época sirvió para empezar a diseñar todo tipo de aparejos para “entrar” en los cuerpos y poder escudriñarlos hasta el último milímetro y preservarlos durante años. La clasificación permitió, dentro de su forma piramidal, dejar al ser humano en la parte más alta de un reino animal lleno de peligros y de cadenas de depredación. De esta manera, nos clasificamos como los dueños y amos absolutos de la faz de la tierra. Todo quedó al servicio infinito del ser humano.

Salen a relucir todas estas grandes clasificaciones, y de ahí la importancia de entender el mundo como contenedor de “maravillas” que se deberían estudiar y mostrar a un público interesado, con el objetivo de difundir la grandeza del ser humano. Estos pasos que se dan son similares al momento en que se empieza a difundir la idea de lo que es artístico o la idea de lo que es democrático. Se reúnen varias especies animales, se clasifican dentro de un orden preestablecido que debe ser igual en todo el mundo, y se disecan para estudiarlas y meterlas en diferentes urnas y mostrarlas al público a manera de museo. El museo nos brinda información sobre especies que habitan sobre la faz de la tierra, y en muchos casos nos muestra especies en peligro de extinción señalándonos la urgencia de preservarlas. Curiosa forma de decirle al público que el animal que ve disecado entre una urna es una especie en peligro de extinción.

La muestra de fotografía de Javier Vanegas es una mirada cruel, irónica y cruda de la realidad que se menciona como antesala en este texto. En su introducción, el artista cuestiona el respeto. Un respeto que desde hace más de un siglo decidimos obviar, en función de la supremacía del ser humano sobre todas las especies. Cuestiona el uso del museo. Unos contenedores de piezas disecadas que nadie estudia, que nadie mira, pero que de pronto, por el gusto de tener un museo, se mantienen en un limbo que limita con el absurdo. Al ver sus imágenes, necesariamente nos tenemos que devolver en el tiempo, y, con la misma distancia que revisamos lo que ha sucedido en el siglo XIX, es nuestro deber observar lo que en la actualidad estamos haciendo. El mismo grado de superioridad positivista, la misma prepotencia sobre la madre naturaleza, el mismo tipo de clasificaciones por razas, por poder adquisitivo, por colonización de poderes. Todo ello con un ingrediente adicional que hace de este espectáculo un monumento a la idiotez humana: el irrespeto.

Bien lo anota el artista Vanegas y bien se dilucida en sus imágenes. La obsolescencia de estos museos, de lo que ya no se estudia allí, de sus arquitecturas en desuso, de sus luces de neón, de osos polares, focas, cocodrilos que no sirven para nada, de su falta de cuidado, o más bien de su maltrato, y ante todo, de cómo sigue pataleando para demostrar lo que nunca fue: un lugar para respetar aquello que nos rodea. Estos museos van ganando la carrera a lo absurdo, escabroso y grotesco que veíamos en Madame Tussaud o Cesare Lombroso. Si revisamos bien este tipo de museos, encontraremos una de las tantas cosas que Javier Vanegas nos señala con esta exposición: al ser humano le quedó grande ser grande.

ANDRÉS GAITÁN T.