“Todo puede servir para construirse o para destruirse y, en este sentido, cualquier cosa es digna de atención”. Pablo D”Ors
La muestra de Cynthia Gutiérrez, cuyo título –No para siempre en la tierra– resulta tan seductor como amenazante, cumple con creces lo que afirma como inquietante promesa. Nombre de la muestra que, a su vez, es un extracto de una poesía de Netzahualcóyotl (siglo XV), conocido en la historia mesoamericana como el “rey poeta”. (¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?/ No para siempre en la tierra:/ solo un poco aquí./ Aunque sea de jade se quiebra,/ aunque sea de oro se rompe,/ aunque sea plumaje de quetzal se desgarra./ No para siempre en la tierra:/ solo un poco aquí).

Así como las capas de sentido que del título se infieren, son capas “terrestres” las que lleva al interior la obra de Cynthia Gutiérrez, aquellas que, tan terrenales como un trozo de barro quebrado o un cuerpo de hilos enhebrados, durarán acaso menos o quizá un poco más que lo que pervivan el artista, el espectador, la galería, el mercado. Pero no el arte, ese que posee la fuerza interna, el fuego que lo autoconsume –del que escribiera T. W. Adorno en los Paralipómenos–, como sucede con el trabajo de Gutiérrez, y entonces podemos estar seguros de que (nos) sobrevivirá.
En la sala principal de la galería Proyecto Paralelo –toda pintada de blanco–, tres columnatas angulares de distintas dimensiones habitan con discreción el espacio. Hasta que el cuerpo se acerca y encuentra huecos geométricamente extraídos en estos blancos bloques, registros y variables dimensiones saturados de fragmentos quebrados de objetos indefinibles en el inicio. Poco tiempo transcurre antes de saber que eran pedestales. Ahora rotos en múltiples fragmentos de indistintas y casi indiscretas formas. Trozos inertes, inservibles, caducos de sentido, que llenan a la perfección esos huecos en las pulcras columnatas, que respetan los invisibles recortes exteriores que, sin embargo, los contienen, como si fuera el aire pesado e inclemente de un pasado extinto aquello que los mantiene presionados hacia dentro de los bordes, esos que ya no están. Los pedestales rotos conforman ahora una línea imperfecta para esos límites invisibles. Sentidos antiguos se extinguen cuando se “arruina” el cuerpo del pasado, tan solo para dar lugar a la presencia y lectura de nuevos estratos significantes, simbólicos, si tales.
La otra pieza en la muestra que llama la atención plena, de un poder discreto y abrazador, es un textil de gran formato colocado sobre el muro más largo del espacio. Entre su urdimbre en el tono neutro del hilado se lee: “Figs. 67.69. Imágenes de Quetzalcóatl como estrella vespertina, al sumergirse en las tinieblas”. Y hacia el tercio izquierdo del lienzo (visto de frente) se forma lo que se antoja leer como un camino. Parecería el lecho de un río ya casi seco, sostenido ya solo por hilos horizontales –los que llevan la trama (literal y metafórica), como sucede en un escrito o un pentagrama–; esta brecha abre y separa, tanto como mantiene unida la totalidad del textil, cuyas dimensiones y textura lo transforman de cuando en cuando en una especie de tapete. Misterioso (aunque aparentemente didáctico por la leyenda que lleva escrita), embelesador, imaginamos estar ante un mapa antiquísimo crecido en tamaño, minimizadas sus pistas e indicaciones. Cartografía que, como los pedestales, probablemente ya tampoco “ubica” nada, y que ya no detenta poder de reconocimiento alguno.
“Cynthia Gutiérrez ha desarrollado su investigación y procesos de producción [… conectando el] puente del pasado con el presente. La delgada línea que divide la memoria del olvido –lo permanente de lo transitorio– [...] tema esencial para comprender su trabajo”, se lee en la cédula introductoria escrita por la curadora y directora de la Galería, Issa Benítez. Es así que los vacíos –de significación, de actualidad, de (r)estancia– son habitados en la obra de Gutiérrez por remanentes, bosquejos debilitados, como si (pace Derrida) cansados, sobrepasados por algo que, sin embargo, en su estar residual, aún resta de sí y mantiene el dejo de su presencia y factura artesanal como (quizá) la última referencia de un tiempo “otro”, el de su existencia.
Es así que la exposición “No para siempre en la tierra”, de Cynthia Gutiérrez se construye a partir de dos elementos sentenciados a enfrentar las urdimbres y los umbrales de sus materiales y sus límites, funcionalidad y significantes transformados. La natural maleabilidad del tejido, “ya-para-siempre” congelada, vaciada en bronce; la pedacería de aquellos que, celebrados, figuraron como pedestales, guardan en su agrietada materia historias “ya-para-siempre” desplazadas/despiezadas. “Sedimentos culturales que acumulamos trozo a trozo, configurando un paisaje siempre incompleto de lo que somos, de lo que pudimos ser”.
MARCELA QUIROZ
