En Desde el silencio, Aureliano Parra propone una reflexión sobre la imagen, la palabra y el amplio péndulo que oscila entre ambos: el silencio. El artista inicia este trabajo después de trajinar por situaciones personales, en las que el encuentro consigo mismo, el espacio privado de su hogar, la lectura y su obra, lo llevaron a profundizar en las relaciones entre ambas nociones y desmontar la poderosa fuerza que poseen como signos de contenidos representativos.
La muestra se estructura en distintos ejes, que buscan propinar un giro a la preeminencia de la visualidad y el verbo, para volcar la mirada al estadio primigenio del silencio. Para armar este discurso en sala, la curadora María Luz Cárdenas coloca la obra del artista en diálogo con publicaciones que él ha intervenido.

Parra basa su planteamiento en los escenarios caóticos de la ciudad, que luego reordena plásticamente. Recurre a vistas cenitales o aéreas de la urbe, cuyas composiciones y figuras y cuyos colores fragmenta. Mediante el hábil dominio del tejido y ensamblaje de pequeñas piezas pintadas, elaboradas con materiales mixtos, crea redes de formas orgánicas. En Infinitos contrastes, Reflexiones sobre Mark Rothko, Sección áurea, Resplandor índigo II, Luminiscencia, todas de 2018, la combinación cromática de las múltiples partes conforma ricas calidades tonales, en amarillo, azul, rojo, morado.
La laboriosidad del tejido que caracteriza la obra del artista se enlaza con la ardua tarea de devastar las publicaciones que confrontan su obra. De los libros que selecciona, recorta y entresaca cuidadosamente los textos. Los temas, aunque diversos, lo llevan a conectar con situaciones estéticas, culturales y sociales de su interés. El diálogo se inicia con el libro Tratado sobre el color, ubicado en el centro de la sala, en cuyas teorías el mismo artista fundamenta su trabajo. Extrae los escritos y deja solo la imagen, que, aislada, queda disociada de su significado original para conformar un libro-objeto. De este modo, Parra derriba sus propias bases formales y edifica una propuesta conceptual contemporánea que deconstruye el sentido primario de la publicación. De Reurbanización El Silencio de Ricardo de Sola Ricardo, el artista desarrolló la obra Reconstrucción de la imagen, de 2018. Desmembró las hojas, realizó el mismo procedimiento de recorte y elaboró un collage en el que reordena una panorámica de esta misma urbanización. Otras páginas reproducidas del Tratado sobre el color fueron enmarcadas en plexiglás y colgadas a la pared. Ejemplo son Curvatura del silencio I, Curvatura del silencio II, Ruta de ascenso, Esplendor índigo I, Geometría de lo humano, Ocultamiento, Posiciones divergentes, Cuerpos en continuidad, Dos capas de códigos pictóricos, Signos I y Signos II, todas de 2018, y Vestigio y testimonio, de 2019. Las hojas seleccionadas que refieren a la historia del arte, al estudio de la imagen, son modificadas para resaltar de su estructura interna un sentido plástico-formal. Ya descontextualizadas, y sin estar ancladas a una interpretación precisa, siguen irremediablemente vinculadas al significado que se busca anular. Con No hay silencio que no termine, escrito por Ingrid Betancourt, proyecta la instalación Catarsis, de 2019. Con todas las páginas del libro realizó seis cortinas que penden del techo. El texto de carácter autobiográfico, en el que la autora relata sus vivencias, es tratado por el artista en un proceso inverso, que revela la sublimación, a través de la palabra escrita y la acción artística, de ciertas situaciones emocionales. Este deshacer para crear un nuevo relato es considerado por María Luz Cárdenas como “un ritual, una forma de meditación prolongada, una especie de plegaria accional”.
En estas obras la visualidad predomina sobre la palabra. Sin embargo, pese a que las palabras se han eliminado del papel, su ausencia hace que cobren una latente y potente presencia simbólica. Las páginas alteradas adquieren significados distintos a la cualidad genuina de comunicar, pero al mismo tiempo, esta función termina siendo reafirmada. Paradójicamente, la palabra de la que se prescinde reclama su presencia en el pensamiento estructurado que requiere la comprensión racional de la existencia.
La exposición media entre la estética y el concepto, trastoca el tratamiento áurico de la obra y se lo cuestiona con otros recursos plásticos. La palabra recortada en un acto ceremonial aleja todo significado escrito para volver al vacío. Estas relaciones inesperadas generan realidades desconocidas y sitúan al espectador en una delgada y desconcertante línea entre lo primitivo y la necesidad de reencontrar en el verbo la posibilidad de explicarse a sí mismo y lo que lo rodea.
ANNY BELLO
