El juego de la distancia es doble cuando la separación es suficiente para que el contacto sea imposible, pero al mismo tiempo, la cercanía deje escuchar el susurro de una voz que se corresponde en la búsqueda de un horizonte compartido. Esta condición está presente en la muestra Distancia doble de los artistas Ana Bidart (Uruguay, 1985) y Armando Rosales (Venezuela, 1987), que se exhibe en el ESPAC, Espacio de Arte Contemporáneo, en Ciudad de México, bajo la curaduría de Esteban King. Con un trabajo de minuciosa sensibilidad espacial y de rigurosidad en la lectura del contexto, ambos artistas muestran el resultado de preocupaciones que vienen acompañando su producción durante los últimos cinco años.
Que el cuerpo es el medio para la percepción del espacio, y que el movimiento es fragmentario, es una sentencia de la que aún puede sacarse provecho. Así lo demuestran Bidart y Rosales. Con gestos que recuerdan la mutabilidad y la fugacidad del instante, ambos artistas exploran maneras de comprender el espacio expositivo. No para subvertir sus lógicas de manera radical, pero sí para mostrarnos que en él yace una fenomenología que puede ser aprovechada en los terrenos de lo visual.

Una puerta que al abrirse levanta en algún lugar de la sala una bolsita con pigmento azul y que al cerrarse vuelve y la deja caer en el mismo punto para hacer un dibujo en la mitad del suelo; la apertura del techo que cubre el patio de la galería con instrucciones precisas que deben ser ejecutadas por quienes trabajan allí cada que suena una alarma en sus teléfonos móviles; la penumbra que de cuando en cuando asalta la exposición y deja ver la leve entrada de luz natural a través de una ventana abierta exclusivamente para la muestra sobre uno de los muros, o la hoja de papel que se mueve inclemente con el viento en el borde de una de las fachadas internas que da al patio de la galería. Todos ellos son gestos sutiles que ponen en situación a quienes participan de ese tiempo suspendido entre dos nadas mientras recorren la exposición.
El trabajo de Ana Bidart se ha movido inteligentemente entre la sutileza de lo inmaterial y la plena consciencia de los fenómenos que atraviesan la vida en sus múltiples intervalos. Develar a través del dibujo el paso de la luz del sol sobre la arquitectura, medir el viento y aprovechar su incidencia para crear situaciones en espacios interiores, asumir el dibujo como una forma de interpretar sonidos o distancias, o percibir el tiempo para exteriorizarlo mediante coordenadas y gestos mínimos, podrían citarse como acciones constantes en la obra de la artista. Sus procesos suelen explorar posibles sistemas de reglas que luego son transgredidos para operar desde el azar, para comprender y reafirmar que el dibujo está siempre en el espacio. Con una formación en diseño industrial, se ha ocupado de develar la imagen de lo imperceptible: una sugerente traducción de códigos. Su participación en la muestra deja ver la madurez de varias ideas que emergieron en la residencia que hizo en Flora ars+natura en el 2018 y que dan origen a obras como Hoja de sala (2019) y Peso total (2018).
Armando Rosales, por su parte, ha hilvanado un trabajo sólido mediante preguntas que invocan al cuerpo y sus modos de habitar el espacio expositivo (con los consecuentes ejercicios de poder que allí se esconden), el uso y el flujo de materiales en un lugar determinado, su apropiación y puesta en circulación, la poética de sus ensambles, o la tensión entre situaciones límites del contexto social y político que se trasladan al ámbito de lo afectivo; aunque tampoco podrían dejarse de lado sus cercanías con el campo editorial, la música y la gestión de espacios autónomos. Con una formación en diseño gráfico, las intervenciones que realiza suelen ser concebidas como una composición visual sobre la arquitectura, que no pocas veces revela relaciones y mecanismos de poder. Así, las inclinaciones claramente hacia el trabajo escultórico le sirven para desplazarse con facilidad entre diferentes escalas: de repente puede moverse en la producción objetual y pasar con lucidez a las intervenciones arquitectónicas. De manera a veces autorreferencial con el proceso, exhibe vestigios de la fragilidad del cuerpo que, ante el esfuerzo, termina por reventarse, gastarse, deteriorarse. Una lectura en clave escultórica de un colapso inminente.
Ambos comparten entonces la formación en diseño, también el paso por el programa educativo de SOMA, su procedencia de países sudamericanos, y menos podría obviarse, como rasgo común, el interés en las experiencias imperceptibles del espacio. Ambos miden, bien sea lo concreto, bien sea lo inmaterial, lo alteran y lo canalizan; comprenden las circunstancias de los lugares en los que ejecutan su trabajo, para hacer visible lo oculto o para poner en jaque al espectador. En una propuesta curatorial que de antemano propuso que Bidart y Rosales trabajaran en un diálogo abierto con algunas de las obras pertenecientes a la colección del ESPAC que se exhiben de manera simultánea –y que tuvo como otra de sus salidas una publicación con tres cuadernillos (el primero, un pequeño catálogo, y los otros dos, con propuestas autónomas de ambos artistas como una extensión de la exposición)–, parece que la distancia se escinde en la presencia de dos artistas, interpelando múltiples temporalidades, con dos escenarios de presentación para su trabajo y como confluencia de una búsqueda que se toca y vuelve a bifurcarse. Habría que decir, entonces, que la distancia es también, en este caso, un ensayo de síntesis. Aleja y trae de vuelta. Permite condensar procesos para abrirse a nuevas tangentes que avizoran un futuro probable.
JORGE LOPERA
