El artista de Sergipe Zé Carlos Garcia presenta la exposición titulada Torto, en la galería Cassia Bomeny, en Río de Janeiro, bajo la curaduría de Paula Borghi. La muestra está compuesta por obras inéditas de Garcia, producidas en el 2018. Torto revela el esfuerzo en la investigación que ha venido desarrollando, con la que procura establecer un diálogo entre antropología e historia de Brasil. La exposición está compuesta por veintiséis obras, dispuestas en trece pares de esculturas, elaboradas en madera, cuero y plumas. En el evento de apertura, el pasado 21 de noviembre, fue lanzado un libro con textos de Paula Borghi y fotografías de Mario Grisoli, el cual presenta el proceso creativo del artista.

Aunque el recorrido de Zé Garcia, en esa fase, esté vinculado con la relación entre antropología e historia nacional, el artista huye del estereotipo de la etnografía o la historicidad, abrazando una nueva percepción de los estudios originales y contemporáneos al encuentro de la emoción y de la crítica en las artes visuales. “Son trabajos que trazan reflexiones acerca de conceptos que se refieren a las relaciones entre naturaleza y cultura en el campo de la subjetividad antropológica y de la potencia poética”, afirma la curadora Paula Borghi y, bajo ese sesgo, la emoción alcanza gran sentido en el conjunto de la obra.
La expografía presenta las obras en pares, y cada par guarda similitudes de formato y tamaño, siendo una escultura realizada con plumas y la otra con cuero, con una lanza de madera esculpida por el artista. La madera es el elemento utilizado a partir de la apropiación de mobiliarios domésticos, en que Zé Garcia altera la función tradicional y agrega a la escultura un aspecto híbrido. El diálogo entre los materiales empleados por el artista produce una sensación emotiva de transmutación de volumen estático, potenciando el dinamismo, organicidad y ligereza establecidos en la unión plumaria.
La sensación provocada en el espectador evoca amplios diálogos sobre los múltiples encuentros culturales formados a lo largo del tiempo y el espacio en el territorio brasilero. Las marcas del Brasil pre-Cabral –donde la naturaleza y los grupos étnicos vivían–, los conflictos humanos impuestos por la colonización, los cristianos nuevos –perseguidos por la Inquisición–, se integran al nuevo continente, los bnei anusim, la colonización, las innumerables inmigraciones, las relaciones con África y la cultura esclavista, y las nuevas correlaciones. Las obras del artista dibujan esa trayectoria de incontables encuentros que originan una cultura plural brasilera, por la forma estética, emotiva, sensible.
Para la curadora Paula Borghi, materiales como madera, cuero y plumaje, elementos originales de las esculturas, crean un discurso dialógico con la cultura brasilera, el ritualismo, la mítica y la acción del hombre sobre la naturaleza, en una cronología histórica de oposición entre conservacionismo y extraccionismo. Pues si, por un lado, se puede pensar el plumaje como adorno, el cuero como atributos corporales y la madera como la representación del bosque, por otro, esos mismos elementos pueden ser leídos como íconos del carnaval, de las fiestas, de la tradición, del ruralismo y de la estratificación social. Son materiales naturales con representaciones simbólicas extremadamente determinantes para la comprensión de la construcción de la diversidad cultural brasilera, tanto en su sentido hegemónico, como plural.
Las esculturas, todas realizadas en 2018, guardan una diferencia muy clara en relación con la evolución creativa del artista, en sus investigaciones anteriores, con las que venía explorando el arte plumario desde el 2004. La innovación de esta nueva mirada está centrada en la abstracción de las formas; en cuanto a sus trabajos anteriores, Garcia incorporaba la morfología de pájaros en sus obras. La escogencia del nombre Torto (torcido) para la exposición se relaciona directamente con ese aspecto. Las obras adquieren corporeidades deformes, torcidas, es decir, son cuerpos fuera de los patrones, y esa búsqueda se relaciona con una crítica social del artista a la negación de las diferencias, y establece su punto de vista sobre una fuga de paradigmas.
En ese aspecto, la obra de Garcia es relevante para la reflexión y discusión, en un momento en que la cultura forjada por las redes sociales intensifica los prejuicios y valoriza los clichés estéticos relacionados con intereses comerciales. La cultura brasilera es una cultura híbrida, resultado de todos esos encuentros y conflictos. No se puede negar al otro, aquel que se diferencia de un modelo fijo, pues todos nosotros, brasileros, llevamos en nuestro ADN el resultado de las múltiples etnias, y con ellas, sus historias, en las relaciones promovidas y en la tradición oral. Somos indígenas, judíos, europeos, africanos, asiáticos, en un mismo espacio, en el que la naturaleza viene siendo transformada por la mano humana y los resultados le son devueltos al propio hombre. Torto pone en jaque ese asunto. ¿Qué nos llevaría a imaginarnos que somos diferentes, cuando somos una nación formada por dispares que se armonizaron?
El esfuerzo de Zé Carlos en la investigación que se concretó en la muestra refleja sus influencias, sus pasiones, su formación y vivencia: un artista nordestino, en Río de Janeiro, con nombre bnei anusim –Garcia–, descendiente de judíos convertidos al cristianismo a la fuerza, por la inquisición, hace cerca de 500 años. Zé Carlos Garcia no se sitúa al margen de los problemas étnicos de la sociedad brasilera, así como articula un pensamiento sobre el medioambiente. Él siempre se sintió fascinado por el arte plumario indígena, desde niño, no solo por la belleza del material, sino por su larga duración. Las plumas utilizadas por el artista son verdaderas, de animales como pájaros, gallos, avestruces, entre otros, que fueron sacrificados en haciendas certificadas, que crían animales con esa finalidad. Las piezas tienen, además de una certificación, un laudo veterinario.
HÉLCIO MAGALHÃES
