Las costarricenses Victoria Cabezas (1950) y Priscilla Monge (1968) presentaron, bajo la curaduría de Miguel A. López, la exposición Ejercicios de autonomía, en la Fundación Ars TEOR/éTica. La exposición está integrada por más de 67 obras artísticas, que incluyen instalación, fotografía, pintura, dibujo, escultura y videoarte, a partir de las cuales se hacen lecturas y reescriben preocupaciones intergeneracionales y transcronológicas acerca de la primacía del cuerpo femenino, sus intensidades y turbaciones. La exposición en su totalidad puede interpretarse como una confrontación deliberada a símbolos y tecnologías del patriarcado. Dado que evidencia formas de violencia estructural que actúan sobre la subjetividad femenina, y, sobre todo, porque plantea discursos que reclaman el control del propio cuerpo, de los afectos, de la autonomía de lo íntimo y doméstico, poniendo de manifiesto una ética del cuidado de sí por parte de las artistas.

La masculinidad ha sido uno de los temas que exploró Victoria Cabezas desde principios de los años 70. Sus imágenes, esculturas e instalaciones constituyen representaciones altamente subversivas del cuerpo masculino. Ella lo cubre con bananos, lo convierte en animales fantásticos y lo reduce a objetos del deseo femenino. Por ejemplo, El banano emplumado y Banana cabaret (1973), junto con otras de sus obras en la exposición, recuerdan que la masculinidad hegemónica es una ficción, cuya materialidad se quiebra cuando se trastoca el valor simbólico del falo y cuando se exhibe el cuerpo del hombre para el deleite de quien lo observa. Priscilla Monge contundentemente ha desacralizado lo masculino y sus arquetipos; una obra ejemplar, en ese sentido, es Huevos de oro (1998), que alude mordazmente a la fragilidad del baluarte de la virilidad. La artista también ha examinado la iconografía y ritos del deporte, la vocación por la competencia y lo heroico para establecer focos de inestabilidad y contradicción de los ideales hegemónicos del patriarcado. Esto se puede ver en Pelota de fútbol (1997), la serie Pintura salvaje (1994) y la serie Monumentos (2004).
La muestra también enfatiza la representación de un cuerpo femenino autónomo, libre en su erotismo y pathos. La corporalidad femenina en la obra de Cabezas y Monge es desestabilizadora, por cuanto se activa como fetiche para el observador. Las artistas determinan la puesta en escena de un cuerpo femenino que establece las condiciones de su visualización y recepción, de forma subversiva. Ejemplo de ello son obras de Monge como Dame lo que pides y pide lo quieras y Sin título, silueta de la artista que simula una pistola (ambas de 1994), y las fotografías de la serie Mujeres, gatos y televisores (1983), la cual expone narrativas que reivindican la intimidad, la relación de Cabezas con su propio cuerpo, su espacio y su gato.

Ambas artistas a lo largo de los años han trabajado el espacio doméstico y las relaciones amorosas, de modo que sus obras ponen de manifiesto la actual vigencia del discurso artístico basado en universos personales y en el despliegue sin reservas de la afectividad como instrumento político contra la normatividad. Esto es evidente en obras de Cabezas como El beso (1982) y Dear Priscilla (1992) de Monge.
Además, Monge parte de la conciencia de una violencia de género naturalizada y cuyos efectos quedan como huellas indelebles en el alma. Esta artista, heredera de la hibridación de lenguajes y categorías que diluyen los esencialismos modernos, parte tanto de sus vivencias como de las de otras mujeres para crear obras que fusionan objetos cotidianos con discursos sobre la subjetividad femenina, el poder patriarcal y la agresión. Esto es claro en obras como Bailarina (1999), Instrumento de medición (2014-2015), los autorretratos de la artista (1996-1997), en los que lleva un vestido de muñequita de papel y un vestido estampado con flores de sangre.
Finalmente, partiendo de la idea de que el enfoque (en lo fotográfico) y también el modo de ver se han construido históricamente bajo la influencia del patriarcado, determinando la necesidad de alta nitidez en el campo visual como un imperativo de la normatividad1; y de que en algunas obras fotográficas de Cabezas y Monge se observa una oscilación entre nitidez absoluta y encubrimientos o veladuras a la mirada, resulta propicio realizar una interpretación acerca de cómo estas artistas parecen jugar con la mirada y el campo visual. Por un lado, Cabezas enfoca claramente al cuerpo masculino, quizá para centrar la mirada en sus contradicciones; en cambio, utiliza técnicas de manipulación, la solarización y el efecto pictórico para matizar la visión sobre su propio cuerpo en algunas fotografías. Ese procedimiento de veladura parece potenciar la fetichización y simultáneamente funcionar como una forma de resistencia. Por otro, Monge recurre a la nitidez para enfatizar la documentación de acciones y detalles que tienen que ver con metáforas de la violencia; sin embargo, en imágenes de su serie de Polaroids como Ella apagó la última llama que quedaba (2017), más bien niega la mirada y bloquea, obligando a imaginar otra realidad. Este procedimiento puede constituir también un acto de subversión, ya que la artista ha referido a Susang Sontag, quien afirmó que la foto lo estetiza todo, incluso la violencia.
Es un hecho que un tiempo como el actual, en el que los fundamentalismos normativos se recrudecen y se despliegan de manera siniestra en nuestras sociedades, “Ejercicios de autonomía” viene a recordar que el arte contemporáneo y la curaduría funcionan estratégicamente como contraataque, como lugar para visibilizar los conflictos, para fisurar y trastocar el funcionamiento de los represivos discursos dominantes.
NOTA
1. Ver: L. Smith (1992), “Las políticas del enfoque: feminismo y teoría fotográfica”. En: Photographic Theory. Londres: Wiley Blackwell.
