Además de ser la primera exposición individual de la artista guatemalteca Sandra Monterroso en Panamá, su muestra en la NG Art Gallery, presentada en noviembre de 2018, fue el evento final en el programa de la 21ª Bienal de Arte Paiz, celebrada unos meses antes en Guatemala. En esta ocasión, con Gerardo Mosquera como curador general y bajo el título de Más allá, la Bienal Paiz se extendió no solo más allá de Ciudad de Guatemala a otras partes del territorio nacional, sino también más allá de sus fronteras, a través de exposiciones en las ciudades de México y Panamá.

El concepto curatorial de la bienal como un evento contextual, inclusivo y descentralizado encajaba bien con la propuesta artística de Sandra Monterroso. Ella es conocida por sus obras de performance que nacen del contexto guatemalteco, y vínculos con tradiciones culturales del pasado y el presente. Es considerada uno de los artistas guatemaltecos de la posguerra, que toman conciencia tanto de la realidad política actual como de la tumultuosa historia de su país: la violencia, las estructuras de poder heredadas del colonialismo, la opresión racial y de género. Aunque Monterroso nació y se inició como artista a fines de los años noventa en el ambiente urbano de la ciudad capital de Guatemala, lleva muchos años explorando su herencia como descendiente del pueblo maya q’eqchi’, por parte de su abuela materna. En su proceso creativo, busca respuestas adentro, pero también afuera de sí misma y de su país. Ha desarrollado significativas conexiones internacionales, como el doctorado que está terminando en Austria y la residencia que recientemente llevó a cabo en Suecia. Lo que permanece constante es que su arte surge de una investigación de sus orígenes y de su sentido de identidad personal, a través de lo que ella ha descrito como “un reconocimiento de todas las otras que llevo dentro […] soy diversa, es decir, tengo descendencia maya q’eqchi’, mestiza, mujer, migrante, nómada, madre […]”1.
En Panamá, Monterroso presentó una serie de pinturas sobre papel de algodón, en las que resaltaba la lograda combinación de un sentido de diseño geométrico y minimalista con texturas rústicas, materiales orgánicos y colores que evocan la sangre y la tierra. Las había pintado con tintura de achiote, una fruta cuyas semillas eran utilizadas en tiempos ancestrales por sus propiedades curativas y para pintar el cuerpo en rituales, y que actualmente figuran en la cocina centroamericana para dar color y sabor a la comida. Monterroso da uso al achiote (en combinación con acuarelas, tinta china y acrílicos) para crear líneas, círculos o bloques de color, que para ella representan grietas o fisuras, heridas o fronteras. El concepto de sanación tiene un rol primordial para esta artista que busca curar las heridas del colonialismo y recuperar la continuidad de la historia, entendida desde un punto de vista “decolonial”, siguiendo una propuesta en el pensamiento crítico actual. Las referencias curativas resultan evidentes en pinturas con nombres como La venda y la herida o La gaza y la cicatriz. En otras instancias, las obras tienen títulos tanto en español como en el idioma q’eqchi’, como en el caso de Extravío/Ruq’b’e, composición abstracta en la que una línea oscura y transgresora atraviesa un campo bañado de un fluido achiote.
Algunas piezas únicas en la exposición ofrecían la oportunidad de poner las recientes pinturas sobre papel en contexto con la obra más conocida de Monterroso, que incluye instalaciones, esculturas, performances y videos, obras en las que ella confronta al observador con testimonios más dramáticos de sus posturas críticas y políticas. Mostró su videoperformance titulado La devolución del penacho de Vucub Caquix, de 2014, en el que ella aparece de pie y desnuda, dentro de un espacio cerrado con paredes de acrílico transparente. El cubículo está lleno de plumas negras que vuelan y la van cubriendo, en un ritual en el que Monterroso usa su cuerpo como símbolo de un lugar y sus habitantes, para oponerse al statu quo y conmemorar las consecuencias de la conquista.
Las ideas poscoloniales también proveen la base teórica para el ensamblaje titulado La otra línea histórica, cara o cruz, compuesto de tela teñida, plumas negras y monedas, que, de un lado, muestran la cara de fray Bartolomé de las Casas, y del otro, el escudo de Guatemala, una obra que cuestiona las circunstancias y el discutible concepto de la independencia nacional. Desde el otro extremo del espectro visual, nos impactó una escultura vertical titulada Concéntrica, por su carácter abstracto y silencioso, pero también por su contundente simbolismo. Creada con tela de variables tonos rojizos que ha sido rellenada y torcida, la pieza está íntimamente conectada con las tradiciones de las mujeres q’eqchi’ y sus textiles artesanales. Obras como esta constituyen una manera de perpetuar valores culturales, incitar a la reconsideración de las “verdades’” históricas y enfatizar la dignidad inherente en los oficios cotidianos. En respuesta a una consulta sobre el significado de la pieza, Monterroso declaró2: “Pensaba en mí y en todas las mujeres que somos como la diosa Hybris. Concéntrica, simétrica, pero imperfecta, con una piel oscura, no moderna”.
NOTA
1. S. Monterroso (2015). Del arte político a la opción decolonial en el arte contemporáneo guatemalteco”. Iberoamérica Social: Revista de Estudios Sociales (V), pp. 127-135.
2. S. Monterroso, en correspondencia con M. Kupfer, 14 de enero de 2019.
MÓNICA E. KUPFER
