Una instalación formada por veintiuna esculturas de madera y una serie de dibujos en carboncillo y lápiz sobre papel articula la idea del retrato y el relato biográfico en la exposición Sin conocernos, sencillamente seguimos de Rita Ponce de León. Estas esculturas móviles son formadas por largos palos de lluvia, pintados de colores y en degradé, que han sido montados sobre bases que los hacen pivotar como un sube y baja o balancín. Texto escrito a mano recorre la extensión de estos palos; palabras y frases sueltas que por sí solas resultan tan cotidianas como enigmáticas: amigas, coles de Bruselas, enamorarse, campamento, mar, sandía, novela, colegio feo, etcétera.

En realidad, estos textos cuentan –de una forma altamente condensada-– la historia de vida de veintiuna personas del entorno de la artista, a quienes Ponce de León les pidió que resumieran su vida en una serie de hitos biográficos, que se escribirían sobre los maderos. En este aspecto, la estrategia propuesta por la artista trae a la mente los retratos textuales de Félix González-Torres, conformados por nombres propios, eventos y fechas (públicos y privados) que resultaban significativos para los retratados, con el fin de evocar así sus historias de vida.
El carácter abierto y no-narrativo de las microautobiografías que nos presenta Ponce de León en este proyecto permite que lo radicalmente privado de las vivencias ajenas encuentre un modo de resonar en el público. Al no referirse a un anecdotario y cronología específicos y al aludir a experiencias mayormente comunes, estos elípticos relatos biográficos se abren a su apropiación narrativa por el lector (en mi caso, leer “kickflip” me hizo identificarme con alguien que me resulta anónimo).
A diferencia de un relato escrito estándar (en papel), en estas piezas no solo las palabras dan cuenta de estas vidas, sino también los espacios interlineales, que evocan los ritmos de la vida y sus intensidades variables, siempre pautadas por las experiencias que nos marcan. De ahí que en estos veintiún relatos encontremos referencias comunes a hitos existenciales como el amor, la familia, los hijos, los amigos, los viajes, la muerte, etcétera.
Por otra parte, el uso de ramas como soporte (con las que se fabrican los palos de lluvia) sugiere la idea de un proceso de crecimiento y desarrollo cronológico (si bien no hay fechas). Esta misma idea es reforzada por las distintas longitudes de estos palos, que parecen aludir a los años vividos y/o las experiencias de vida.
Cabe añadir un elemento más que también juega con la idea de recorridos vitales y la densidad de las experiencias vividas: los sonidos particulares que producen los palos de lluvia. Cada uno de ellos genera un sonido distinto, que varía en intensidad y duración, no solo según la longitud del palo, sino también la cantidad y el tipo de elementos que contiene y la forma interior del canal por donde estos elementos fluyen. Pero este sonido se produce con el movimiento –el vaivén de estos palos–, que evoca los ciclos vitales: en la oscilación del sube-y-baja emerge el recuerdo de la infancia y se grafican los altibajos de la vida.
Al recorrer la instalación podemos imaginar los encuentros azarosos entre las personas y la manera en que se entrelazan distintas historia de vida, pues, a fin de cuentas, todas estas biografías comparten el vínculo con la artista. El acercarnos a cada pieza e interactuar con ellas (leerlas, maniobrarlas) representan de una manera bastante directa nuestro involucramiento con el mundo y nuestras dinámicas con la gente, pero no solo de forma individual, sino, sobre todo, en términos de grupo y, por extensión, de comunidad. Es ahí donde las asociaciones que establecemos entre una y otra pieza –por color, por ubicación, por los textos y por sonido– adquieren relevancia. Ese concierto latente de palos de lluvia que contiene la instalación habla de esa posibilidad del encuentro entre muchos. No en vano, estos relatos individuales solo existen a partir de una colaboración con la artista, es decir, no son absolutamente individuales.
He ahí un aspecto clave de la muestra, pues lo que Ponce de León retrata es, ante todo, la vida como una trayectoria de descubrimiento y posibilidad, que se manifiesta en el encuentro con el otro, y que está atravesada por el azar, ese que temporalmente une las vidas –una sintonía posible que es también esa armonía sonora latente contenida en los palos de lluvia–.
Rita Ponce de León nos recuerda, así, el potencial transformador de todo encuentro con un desconocido, que siempre es capaz de reescribir el relato de nuestra propia vida.
MAX HERNÁNDEZ CALVO
