El cuerpo es la evidencia de que estamos en el mundo. Es en él en donde se dan los procesos que lo definen como una forma de vida: respirar, comer, procrear, y tantos otros detalles que habitan los intervalos entre las necesidades y constantes fisiológicas. Pero esta es una explicación puramente biológica, separada de la complejidad que es el cuerpo de una persona inmerso en la realidad de una sociedad, de un tiempo y de un lugar. Desde una perspectiva filosófica (para escoger apenas una entre tantas), la idea de “máquina deseante” propuesta por Gilles Deleuze tal vez sea una de las más apropiadas para entender el trabajo de Paul Setúbal. Esto porque, en líneas generales, coloca el deseo no como el dolor causado por algo que está ausente, sino como proceso; un ímpetu que no nace de una separación entre sujeto y objeto, sino de un moverse que va de efecto en efecto, o de afecto en afecto.

El artista, nacido en el interior de Goiás, y que vive entre Goiânia, Brasilia y São Paulo, explica que todo lo que crea está directamente relacionado con una situación que vivió. Las circunstancias de su vida nómade le proporcionan acercamientos únicos entre vida vivida y arte creado. La velocidad frenética de São Paulo, por ejemplo, le llega como una exacerbación del contacto entre el cuerpo y la sociedad, por cuanto en Brasilia los asuntos del gran poder quedan más próximos, y en Goiás es el trabajo en la tierra el que se infiltra en los poros. En todos estos casos, el detonador es siempre una reacción a una experiencia, que Setúbal transforma en un grabado, un dibujo, un objeto o una performance, siempre pasando por la intermediación del cuerpo, que funciona como una cámara de desarrollo de respuestas. Es allí donde se da la parte más visceral del acto artístico. Es a través de él que ocurre la transformación de un acontecimiento cotidiano, que a veces es banal y a veces brutal, en una pulsión creadora que devuelve al mundo un hecho artístico, no necesariamente redentor, pero decididamente resiliente. El trabajo que emerge del proceso está, en general, lleno de potencialidades, como si gritase su existencia.
Integrante del colectivo EmpreZA, uno de los grupos de performance más activos del país, desde hace algún tiempo Paul Setúbal viene desarrollando su carrera individual en forma paralela. Cuerpo cerrado, en C Galería, es su tercera individual y la primera en Río de Janeiro. Con la curaduría de Daniela Name, la muestra reúne un conjunto significativo de sus creaciones, que tiene como factor aglutinador el título. Cuerpo cerrado es una expresión usada en las religiones de matriz africana, ampliamente presentes en la cultura brasilera, y que describe una persona que está protegida contra males físicos y espirituales. Más que mera defensa, el dicho implica también la posibilidad de alegría, de la celebración de una fuerza que ganó libertad para ser ejercida.
Las referencias a los orixás y rituales místicos afrobrasileros están presentes en varios trabajos. La serie Armas para los dioses trae espadas fundidas en bronce, cuyas láminas tienen el formato de las hojas de las plantas llamadas espada-de-san-jorge y espada-de-santa-bárbara, atribuidas respectivamente a los orixás Ogum y Iansã. En razón a la represión de las religiones de los africanos esclavizados, esas divinidades fueron sincretizadas para corresponder, en el catolicismo, a san Jorge y santa Bárbara. La paradoja entre la placidez de la planta y su acepción guerrera es ironía que Setúbal usa sabiamente en diversos proyectos.
Compensación por exceso habla de situaciones de embate con el poder en la esfera de la política. Aquí, el cuerpo se muestra como resistencia a las fuerzas policiales, situación que viene siendo bastante común en Brasil desde el 2013. Se trata de una instalación con cachiporras fundidas en bronce, torcidas o dobladas, y que exhiben impresiones de partes del cuerpo del artista, como moldeadas en negativo por el impacto. Las deformaciones de estos instrumentos de represión son testigos del enfrentamiento, pruebas de coerción y reacción, de que el cuerpo no se intimidó, sino que impuso su derecho de existir y de oponerse al orden vigente. La instalación se complementa con el video Por que las rodillas se doblan. En él, el artista, vestido de vigilante, cuida una sala vacía, un típico cubo blanco. Entonces comienza a golpear las paredes desnudas con su cachiporra, insistentemente, creando una experiencia sonora que hace resonar en el espacio expositivo el sonido familiar de los golpes. Para Setúbal, este reconocimiento atestigua la capacidad latente que tenemos adormecida, como seres sociales, de herir al otro, al cuerpo que no es nuestro y que, por tanto, puede representar peligro. La violencia contra este enemigo invisible prosigue hasta que el artista llega al agotamiento, así como su instrumento de opresión, que acabó deformado por la resistencia muda de las paredes.
Paul Setúbal presenta el cuerpo como escudo, como crisálida y como heraldo. Pero no se trata de un cuerpo único, individualizado. Es un cuerpo colectivo, múltiple, integrador –un cuerpo-legión–.
