En las salas de SN maCarena, Mariana Varela mostró simultáneamente dos proyectos: Punto de cruz e Inextricable. El primero aludía a la condición femenina, y el segundo, al paisaje; ambos abordados desde un punto de vista que, de manera muy sutil, se vinculaba con la violencia que se ha ejercido sobre la mujer y la naturaleza.
Punto de cruz estaba conformado por tres pinturas, cada una construida con lienzos de pequeño formato, dos videos, dos imágenes bordadas y tres dibujos en carboncillo. El título de este proyecto define sus intenciones, al convertir el bordado, específicamente la técnica del punto de cruz, en una “metáfora de vida y muerte, valor, resistencia y presencia”, que atañe a las circunstancia de la mujer en un mundo hostil a su condición.

El bordado, a lo largo de la historia, se ha asociado a un tiempo femenino en el que la delicada manualidad se une al tiempo de la meditación, de la espera y al embellecimiento de la vida cotidiana. Con la misma dedicación de las bordadoras, Mariana Varela, como es habitual en su obra, adoptó un lenguaje realista, que, en el caso de las piezas pintadas al óleo, lo justificó como “una clara intención, de lograr la inclusión femenina a partir de su individualidad, representada en cada fragmento de flor”. Propósito que logró a través de un trabajo meticuloso con el que definió pacientemente variadas tonalidades y ricas formas de lirios y rosas, sobre doscientos diecisiete pequeños lienzos ligeramente templados. Con los lirios y las gamas de blancos, que a veces tendían al violeta o se coloreaban de un ligero tinte amarillo, se erigía un homenaje a las mujeres, a su persistencia y delicadeza. Las rosas, como ha sido frecuente en la literatura y la poesía, aludían a “la anatomía sexual femenina, punto importante y frágil, en cuanto se convierte en blanco del ataque y agresión, tanto en la guerra como en la vida diaria”.
El punto de cruz durante mucho tiempo fue una labor exclusivamente manual; hoy, la tecnología permite que las máquinas de tejer y bordar se programen para realizar toda clase de motivos. Mariana Varela encargó a una experimentada tejedora la fiel reproducción de Niña llorando de Roy Lichtenstein, y un fragmento del Descendimiento de Roger Van Der Weyden: el ojo de san Juan que llora. Por otra parte, con un dibujo impecable en carboncillo realizó fragmentos de Leda y el cisne de Albert-Ernest Carrier-Belleuse, Susana y los viejos de Artemisia Gentileschi y Atala de Anne-Louis Girodet. En ambos casos, variaciones realizadas con gran realismo de obras que “testimonian algunas de las condiciones de la vida femenina a través del tiempo”.
El detalle de los elementos representados en este proyecto y la laboriosidad con la que fueron generados se tejieron con la temporalidad que evoca el bordado, para hablar del tiempo íntimo de las mujeres, de aquellas que, en palabras de Mariana Varela: “Ligeras como la brisa trasiegan por el mundo como nubes pasajeras” portadoras de vida, a la vez, que, frecuentemente, “blanco del ataque y la agresión”.
Inextricable consistía en una instalación compuesta por cuatrocientas setenta y cinco pinturas, también de pequeño formato, trabajadas al óleo sobre seda. Cada una de ellas estaba fijada a la pared por alfileres invisibles que la sujetaban solo desde la parte superior, de manera que las telas palpitaban levemente con el viento y el movimiento que se generaba en la sala. El motivo de cada pintura estaba constituido por detalles de paisaje: acercamientos a ramajes, hojas, agua y peces. La instalación sorprendía al espectador por la delicadeza de su presencia, que traía un hálito de vida que rodeaba las cuatro paredes de la sala. El soplo de este singular paisaje actúa como respuesta a la experiencia que vivió Mariana Varela a fines de los años noventa, cuando visitó las bananeras de Urabá. Mientras sobrevolaba el paisaje, este se mostraba como una bella y ordenada forma. Pero ya en tierra, al recorrer el territorio, una especie de caos reinaba en el lugar: las hojas caídas y pisoteadas en el suelo; las bolsas de plástico, utilizadas para la recolección de la fruta, tiradas en el piso, y la infinitud de un campo dedicado al monocultivo, daban cuenta de los abusos del hombre contra la naturaleza. A la vez que recordaba la amarga historia de esta región, donde en 1994 se realizó una atroz masacre, la de La Chinita. Ante este espectáculo de barbarie y violencia, Mariana Varela respondió con un soplo de vida de innegable y sobrecogedora belleza.
