Exposición Individualmar 2019 - may 2019· Por Víctor Guédez

Jonathan Lara

Spazio Zero

Cabalgando entre el 2018 y 2019 se presentó, en Spaziozero Galería, con la curaduría de Alberto Asprino, la exposición Material/Oscura de Jonathan Lara, ganador del Premio Único del XIX Salón de Jóvenes con FIA. En esta ocasión el artista nos ratifica la voluntad de conjugar, en un solo compendio; a la pintura, como razón y propósito; a los métodos gráficos, como recursos y pautas, y a los liencillos de baja densidad, como auxilios y simuladores. Sin duda, cada resultado deja sentir sumarios entrelazados con una elevada sensibilidad estética y con un intenso dominio de secretos técnicos. Desde la primera hasta la última realización promueven los misterios propios de querer descifrar los secretos resolutivos y simbólicos que se condensan en cada pieza. A ellos se añaden los efectos sensibles y los impactos sensuales de las superficies, que, sin disimular sus fondos y trasfondos, incentivan también particulares deleites. Pero lo interesante es que en ningún caso sus cuadros se acercan a riesgos efectistas ni pierden un riguroso y enjundioso temperamento problematizador.

Exposición Individual: Jonathan Lara — imagen 1
Jonathan Lara. Sin título, 2018. Pintura e impresión serigráfica. 60 x 50 cm (23 5⁄8 x 19 11⁄16 pulgadas) cada una. Foto: Gabriel Nass. Cortesía: Spazio Zero.

Las piezas se solventan a partir de un juego de fragmentaciones formales que promocionan espacios topológicos sorpresivos, en tanto que intercambian umbrales atmosféricos intersecados por franjas oscurecidas e intrincadas que subrayan intrigas perceptivas. Podríamos afirmar que, así como en el poema las palabras pierden peso y en la prosa lo ganan, igualmente en el caso de Jonathan Lara, la liviandad de la atmósfera se atrapa en las variadas densidades de las franjas y retículas que se aclimatan en estos sugerentes ámbitos plásticos. De esta manera, se hacen explícitos huellas y rastros que por momentos sugieren registros geométricos que terminan por disolverse en alcances repotenciados. A estos datos se suman las transparencias apoyadas en sutiles tamices, así como los efectos húmedos que se desprenden de la tinta que le sirve como recurso pictórico. La variada densidad de estos impactos se amplía con las profundidades que parecen inspirarse en la idea de Hofmannsthal: “La profundidad hay que esconderla. ¿Dónde? En la superficie”. Desde luego, también aquí podría parafrasearse el aforismo de Porchia, para recordar que “Lo hondo, visto con hondura, es superficie”.

En la mayoría de los casos, los avivamientos proceden de inteligentes y dinámicos contrastes que dan cabida a brechas entre lo tangible e intangible, lo delimitado y lo ilimitado, lo fraguado y lo licuado, así como a lo sedimentado y lo volátil. Este juego de ambivalencias termina por sugerir que ni la oscuridad ni la claridad alcanzan un grado absoluto e insondable, con lo cual se muestra que la integración y la convivencia prevalecen sobre cualquier sesgo de exclusión o radicalismo. Aquí el artista perece querer recordarnos que la interacción entre la materialidad que se nos da y la espiritualidad que se nos va obliga a un cierto misticismo que se presenta a la manera de umbrales convocadores y desafiantes. No sobra, en este sentido, destacar igualmente que, por momentos, nos sentimos ante urdimbres vistas fuera de escala y agigantadas hasta alcanzar la disimulación de lo que pudieron ser sus realidades originarias. Tal apreciación nos recuerda que las cosas cambian según las instancias de aproximación que se adopten, así como de acuerdo a los tamices con los cuales se intervengan los registros visuales. Así aflora una dimensión de lo inescrutable y recóndito que se refugia en imágenes que trascienden la sensación de transparencia, pero que también se distancian de la oscuridad. Somos ambivalencias estructurales que nos dinamizamos a partir de interacciones análogas a la que aquí el artista nos subraya. En sus piezas, como en la vida, se enfatiza que las tensiones promueven vida, siempre que no se escuchen los riesgos de los desbordamientos. Es en estos cruces donde se ensanchan las disonancias que, al igual que los ecos, parecen alejarse pero solo para tener la oportunidad de regresar y revalorar su origen.

En definitiva, las obras de Jonathan Lara persuaden porque nos envuelven en una simultánea presencia de estructuras y desmesuras, así como de tensiones y distensiones, y al mismo tiempo nos evocan el sentido de un consustancial diálogo humano entre lo que se es y lo que se quiere ser, o entre lo que se muestra y lo que se enmascara. Interpretamos, con las salvedades propias de la subjetividad, que estas interesantes realizaciones sintetizan el encuentro entre la tonalidad de lo blanco y la oscuridad de lo negro, para advertirnos que la luz exagerada deslumbra y la apretada oscuridad borra todo. En la línea de este desenvolvimiento, la penumbra cristaliza un punto de relación entre lo interior del ser humano y lo amplio de su entorno. Desde esta perspectiva celebramos la mesura y el equilibrio, así como la armonía y rigurosidad de estas impecables ejecuciones.

Jonathan Lara, por Víctor Guédez | artnexus