Durante el pasado mes de noviembre, en el céntrico barrio Santiagueño de Lastarria, un edificio emblemático, la Torre Villavicencio, lucía un costado muy diferente a su sobrio aspecto habitual de cemento y cristal oscuro: en veintidós de sus veintitrés pisos de la cara poniente pendían objetos cotidianos, personales, domésticos: vestidos, sillas, cascos, mesas, libros, cajoneras, valijas, escaleras, sombreros, pantalones, relojes, lámparas, zapatos, etc. Objetos que contienen en sí, al igual que la arquitectura que los contiene, todo lo que es inequívocamente humano. Lo primero que se le detona a uno como transeúnte al ver algo así es justamente esa obvia reflexión de que la arquitectura –como todo lo que existe, lo que hemos creado y usamos– existe porque nosotros existimos. Lo inerte del objeto contrapuesto al edificio se vuelve de nuevo humano, adquiere una nueva vida.

Janet Toro (Osorno, Chile, 1963), artista multidisciplinar radicada en Santiago, ha realizado La torre vive, la primera de varias instalaciones autogestionadas y autofinanciadas que la artista tiene previsto desarrollar en la ciudad de Santiago, como parte de la serie Intersubjetividad urbana. Dijo Toro en el discurso inaugural de la instalación: “Más allá del cemento, de las estructuras de fierro, de los muros de contención de este edificio, me interesó indagar el espíritu que animó e impulsó esta construcción, un edificio emblemático”. La torre vive es un poema en forma de instalación urbana que refleja lo que somos, los lugares que construimos y habitamos. La intención de Toro, al plantear esta serie de instalaciones masivas alrededor de la ciudad, es establecer en lugares históricos conexiones visuales y experiencias con los habitantes, remover y detonar la memoria colectiva, pensar el espacio urbano como lienzo reusable. Asimismo, la artista busca que se generen ciertas tensiones urbanas que conecten ejes patrimoniales con domésticos, que se hagan trazados virtuales en zonas de diferente estrato social y económico, y, por último, sorprender al transeúnte con un espejo de su propia vida hecha metáfora.
La torre vive propone varias lecturas en la acción de “sacar al sol” pedazos de nuestras vidas. En primer lugar, no sólo habla de los personajes que habitaron la torre –hoy en desuso– sino que desde sus ventanas cerradas abre lecturas a nuevas historias: las de todos los desaparecidos (durante la dictadura de Pinochet), de los obreros que construyeron la torre, de los oficinistas que la ocuparon en su momento, de los transeúntes que se conectan con sus propias memorias, y con la idea, finalmente, de reotorgarle vida a ese edificio-lienzo desocupado, que ya contiene en sí mismo una carga histórica.
Así, cada una de las piezas colgadas del edificio, a modo de hipervínculo, narra nuevas historias, apunta a otras vidas, como si en el acto de nombrarlas, de redimensionar su existencia, así como la del edificio, estuviésemos reivindicando nuestra materialidad y memoria.
Es la propia historia cambiante de la torre lo que detona en Toro la idea de intervenirla: diseñada y erguida a toda velocidad para albergar la conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo del tercer mundo, fue transferida desde entonces a diferentes usos e instancias: Después del golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, el edificio pasó a ser la sede central de la Junta Militar de Gobierno, ya que el Palacio de La Moneda había sido destruido por la Fuerza Aérea durante el golpe. Una vez restituida la democracia en Chile, el edificio fue utilizado como centro para conferencias y como sede del Ministerio de la Defensa, hasta que un incendio lo destruyó parcialmente. Hoy en día renombrada Villavicencio, la torre vuelve a formar parte del Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, aun cuando está en desuso, ya que se cuestiona lo viable de una posible restauración e, incluso, se plantea su demolición. Actualmente, se encuentra a cargo del Ministerio de Bienes Nacionales, esperando dictamen.
Antes de esta intervención arquitectónica, Toro realizó la pieza Memoria viva 1973-2016, en el edificio Centex de Valparaíso, en 2016, en cuya fachada colocó una gran cantidad de sillas invertidas, que evocaban el vacío y el horror de los cuerpos lanzados desde helicópteros al mar, y las torturas a detenidos llevadas a cabo en barcos de la Armada en Valparaíso durante la dictadura. Otra intervención arquitectónica y performance fue Este es mi cuerpo, acción realizada en el Museo de Arte Contemporáneo en 2017, en la que la artista se colgó semidesnuda en contra de una de las columnas del frontis del museo, al lado de un lienzo que versaba “este es mi cuerpo”, como declaración absoluta de lo femenino, de la fuerza opuesta a la imperante. Mediante esta acción, Toro cuestiona las instituciones del Estado, su patriarcalidad y conexión con otras estructuras de poder (masculinas) y la evidente relación histórica con la arquitectura.
En 2013 Toro presentó Dibujar el límite en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), más de 700 dibujos, videos de sus performances y dibujos de su estadía de trece años en Alemania. La artista en su momento señaló: “Quiero plantear un cuestionamiento visual y corporal acerca de la existencia humana en todos sus ámbitos, desde lo existencial, lo personal, lo social, lo político, entre otros. Me interesa crear un espacio de resistencia y de poesía”.
Janet Toro, con su intervención La torre vive, ha accionado muchas teclas, como suele suceder con su trabajo: ocupa de nuevo la torre, la humaniza, honra y trasciende su historia como la de sus habitantes, la teje de memorias, relata su propia vida y la arropa con lo más humano, la impermanencia.
