El título elegido por Camnitzer para esta gran exposición retrospectiva en el Museo Reina Sofía de Madrid esta entre sacado de una obra que, aunque reciente, se conecta claramente con las que hacía al comienzo de su trayectoria artística. Es una prueba de la coherencia que le ha permitido cultivar muchos registros del arte sin extraviarse en ellos. Él se hizo adulto como artista en el Nueva York de los años 60 del siglo pasado, cuando el conceptualismo –pensado inicialmente como reducción de la imagen a su concepto– pronto inspiró prácticas artísticas radicales asociadas al activismo social y político que caracterizó esa década y la siguiente. Camnitzer fue uno de los primeros en promover ese deslizamiento poniendo el conceptualismo al servicio de la crítica del poder, en una coyuntura en la que este mostraba su rostro más siniestro en América Latina. Fue la época de los golpes militares en Brasil, Argentina y Chile, y desde luego, en Uruguay, la patria de Camnitzer. Bajo la presidencia de Bordaberry, Uruguay interrumpió brutalmente su tradición democrática y pacífica y se hundió en el fango del terrorismo de Estado: tortura, desapariciones y cárceles clandestinas. Él debió sentirse doblemente concernido por este horror porque era de la misma clase del que obligó a sus padres a abandonar Alemania. Y le respondió con obras memorables, muchas de la cuales figuran en esta exposición. La más impactante entre las expuestas es, probablemente, la serie de obra gráfica Tortura uruguaya (1983-1984), que eludió, sin embargo, las imágenes de los torturados y los torturadores para ofrecer una aproximación elíptica de esta práctica inhumana por medio de imágenes de detalles, así como comentarios sobre estos, que resultaban más elocuentes de lo que suelen serlo las imágenes más crudas. Una estrategia semejante adoptó muchos años después en Documenta Project, un proyecto para la Documenta de Kassel de 2002, que consiste en una compleja instalación que ocupa dos estancias, en las que entre todos los objetos incluidos destacan dos. El esqueleto de metal de un catre iluminado por dos bombillas mortecinas y un nicho en la pared clausurado por libros pegados entre sí con cemento como si fueran ladrillos. Evocan la celda de las cárceles clandestinas de las dictaduras militares antes mencionadas sin regodearse en su horror y su hedor.

Pero Camnitzer no solo ha sido coherente, también ha sido flexible. Desde el comienzo de su carrera hasta hoy mismo, en su trabajo se han alternado el compromiso político con obras que, o se mantienen en la línea del conceptualismo más ortodoxo, o exploran con humor las paradojas y los paralogismos resultantes de la contraposición de la palabra y la imagen. Entre las primeras sobresale Home (Hogar), que es una estancia vacía en las palabras impresas en las paredes, y los muros nombran los muebles que faltan: silla, lámpara, cama, tapete, etcétera. Entre las segundas figuran ABSENT LINE (Línea ausente), una caja sobre cuyo fondo destaca esta frase con todas las letras cortadas horizontalmente. O Una (…) que cubre la palabra que la cubre, que consiste igualmente en una pequeña caja de madera, en la que el espacio que debería ocupar la palabra mancha en esta frase está cubierto con una doble chorreadura de pintura.
La obra de Camnitzer que mencioné al inicio, y a la que pertenece la frase “Hospicio de utopías fallidas”, se titula Utopías fallidas (2002- 2009) y se conecta evidentemente con Sentences (Sentencias), que es de 1966. Las diferencia que estas últimas eran enunciados minimalistas del tipo de “a surrounded space that expands in the direction of you”, que invitaban a los lectores a experimentar de una manera inesperada lo cotidiano. En la tradición de las “promenades” surrealistas o situacionistas. Las de Utopías fallidas son, en cambio, de una afilada ironía puesta al servicio de la crítica implacable de los tópicos de la cultura dominante. Por ejemplo: “Liga de naciones excepcionalistas”, “Liga americana por un Rorschach sin pornografía”, “Frente unido de unanimidades absolutas” o “Taller de reducción de emisiones de ego”.
Entre las obras recientes cabe destacar, por último, la gran sala dedicada a De la guerra de Von Clausewitz, que revisa la geografía política y, por ende, militar de nuestro continente. Y dos ejemplos bien representativos de la duradera vocación pedagógica de este gran artista. Radios infinitos –pertenecientes a la serie Cuaderno de ejercicios (2011-2017)–, que consisten en un texto impreso en una placa de metal, un lápiz atado a un cordel y la invitación al espectador a que escriba o dibuje sobre la pared su interpretación o su respuesta a las instrucciones contenidas en el texto. Y El aula, un espacio dotado de dos mesas de trabajo con sus correspondientes sillas y de frases desafiantes escritas sobre dos pizarras negras. Material de apoyo pedagógico para sesiones de trabajo realizadas en la propia exposición.
CARLOS JIMÉNEZ
Escritor y crítico de arte.

