Exposición Individualmar 2019 - may 2019· Por Susan Breyer

Federico Herrero

James Cohan

En agosto de 2018, Federico Herrero (nacido en Costa Rica en 1978) terminó un encargo site-specific, titulado Alphabet (Alfabeto), para el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago. Para crear la obra, Herrero pintó bloques planos en colores pastel a lo largo de las paredes y el techo del atrio del museo, y también aplicó sobre las ventanas figuras translúcidas, en colores amarillo, azul y verde, de modo que cuando la luz atravesaba los paneles de vidrio proyectaba formas coloridas sobre el piso.

Exposición Individual: Federico Herrero — imagen 1
Federico Herrero. Caravan (Caravana), 2018. Óleo y acrílico sobre lienzo. 300 x 400 cm (118 x 157 3/8 pulgadas). Cortesía: James Cohan.

Aunque la primera exposición individual del artista en la galería James Cohan, Open Alphabet (Alfabeto abierto), se concibió de manera más tradicional que el trabajo antes mencionado para el museo, evocaba, sin lugar a dudas, los murales públicos y las absorbentes instalaciones del artista. La muestra constó de nueve pinturas nuevas, cuyos tamaños variaban entre 3 x 4 metros y 28 x 33 centímetros, colgadas en las paredes de dos espacios interconectados. Toda la imaginería de Herrero estaba literalmente contenida dentro de los bordes de sus lienzos, aunque las exuberantes paletas, las efervescentes geometrías y los seductores elementos orgánicos de las obras activaron todo el espacio de la galería. En la misma forma que el título Alphabet alentaba al espectador a asociar las formas individuales con los componentes del lenguaje, Open Alphabet evocaba la idea de sonido elemental, a la vez que estimulaba y liberaba al espectador para construir significado y narrativa visual dentro y en medio de cada obra exhibida.

La visión que me surgió durante una reciente visita a Open Alphabet fue la de una animada biosfera. En efecto, las paredes blancas y los altos techos industriales parecían encapsular una idiosincrática combinación de componentes naturales y urbanos, animada además por títulos de las obras, tales como Robot, Caravana, Cactus, Cangrejo, y Laguna.

Caravana (2018), un enorme lienzo lleno de los característicos bloques coloridos de Herrero, recibía a los espectadores cuando entraban en la primera galería. Incluso para quienes no sabían que su obra con frecuencia hace referencia a San José (Costa Rica, su ciudad natal), esas acumulaciones de formas abstractas evocaban un mapa urbano estilizado en forma lúdica. Aunque no era esencial para que uno pudiera entender o apreciar la obra, la familiaridad con una metrópolis tropical en vía de desarrollo podía, sin duda, enriquecer la experiencia del espectador. Al imaginar que el lienzo presentaba una visión a vuelo de pájaro, el espectador empezaba a identificar carreteras, plazas, callejones y pistas atléticas, con jardines de tupida vegetación que colindaban con parches abandonados de concreto. Los bloques de amarillo quemado, mandarina brillante y amarillo dorado que salpicaban el lienzo parecían sugerir hitos. Cuando se miraba la pintura desde una perspectiva frontal y no desde arriba, el fondo en verdes primaverales y vibrantes lilas nos recordaba un cielo cambiante sobre laberínticas colinas.

Otras obras de la exposición –distintas a Caravana en tamaño y composición formal– fomentaban una participación activa del espectador, que combinaba un examen íntimo y una reflexión en solitario. Por ejemplo, las siete grandes formas rectangulares ligeramente curvadas de Flava (2018), en limitadas aunque luminosas combinaciones, parecían brotar del neutro fondo gris contra el que estaban colocadas, lo que enriquecía la observación a distancia. Robot (2018), una pintura inusualmente diminuta, no ofrecía una seductora paleta en tonos neón; sin embargo, por su tamaño, reclamaba un estudio más profundo. Al atender a este llamado, el espectador descubría una pequeña criatura con un cuerpo en forma de cúpula y cuatro apéndices colgantes, perfilada contra un fondo violeta. El cuerpo de esta criatura también contenía un conjunto de bloques de color pastel que semejaban un mapa. Aunque a primera vista estas formas parecían estar minuciosamente delineadas, en realidad tenían bordes difusos, eran semitransparentes y tenían texturas desiguales. Este descubrimiento provocaba un regreso a Caravana, en la que un estudio igualmente minucioso revelaba inesperados y casi ocultos momentos en la pintura. Por ejemplo, hacia los bordes derecho e izquierdo del lienzo, pequeñas líneas de pigmento azul delineadas con amarillo parecían licuarse y correr como arroyos a través de rectángulos verdes. Estas zonas conjuraban fácilmente la imagen de un río atravesando un patio interior, un espacio de clama dentro de un vecindario bullicioso.

A medida que el espectador se acercaba o se alejaba de estos territorios, examinando sus criaturas, sus estructuras y sus matices sobresaturados, se convertía en parte de la biosfera. Sin embargo, uno tenía la sensación de que, hubiera o no presencia de humanos, este ambiente seguía funcionando. Las pinturas de Herrero parecen estar en constante evolución: traqueteando, reptando, floreciendo, burbujeando, incluso vagando.

SUSAN BREYER

Federico Herrero, por Susan Breyer | artnexus