Como artista e investigadora, Emilia Azcárate (Caracas, 1964) explora diversos aspectos del individuo y la sociedad como punto de partida para la realización de su obra abstracta. Conceptualmente, su trabajo se nutre no solo de lo personal y lo espiritual, sino también de lo histórico, lo social y lo político. Por esa razón, no es extraño que, al descubrir un libro sobre la pintura de castas durante su primera visita a México, en el verano del 2015, se haya interesado en el tema y desarrollado la serie Genealogía del color, expuesta recientemente en la galería Henrique Faria Fine Art, en Nueva York.
Fue precisamente Faria quien la recomendó para hacer una residencia en La casa de los perros, Apaseo el Grande, cerca de Querétaro. Según recuerda, a su llegada al Distrito Federal le extrañó no ver gente de color1. Siendo venezolana y descendiente de una familia multicultural –su padre es español; su madre, mexicana, y ella nació en Venezuela–, le extrañó la poca diversidad étnica. Al comentárselo a su anfitriona, la señora le mostró un libro, en cuya portada estaba ilustrado el cuadro La morisca de Miguel Cabrera. Le comentó además que su abuela, doña Lydia Sada de González, había sido una importante coleccionista de pintura de castas y que precisamente ella había producido ese libro.

El hecho de que en el siglo XVIII se hubieran pintado cuadros que documentaban en forma detallada el proceso de mestizaje le pareció extremadamente interesante, por lo que decidió investigar el tema a fondo. Por suerte, las dos colecciones más importantes de pintura de castas estaban a su alcance pues la primera se encuentra en el Museo de América, en Madrid, y la otra fue entregada en comodato por doña Lydia al Museo de Historia Mexicana de Monterrey.
El origen de este género pictórico se remonta a las sociedades virreinales del siglo XVIII, en las cuales, como parte de las reformas borbónicas, los españoles clasificaron la composición racial de la población americana según los distintos cruces de “razas”. De los tres grupos originarios –español, indio y negro– surgieron distintas mezclas que fueron documentadas por artistas de la época, principalmente en los virreinatos de Nueva España y Perú. Además de ilustrar el proceso de mestizaje, las obras se convirtieron en importantes testimonios de la vida cotidiana de ese periodo histórico.

En el libro Pinturas de castas. Imágenes de la raza en el México del siglo XVIII, Ilona Katzew, curadora de arte latinoamericano del LACMA (Los Angeles County Museum of Art), explica: “La producción de pinturas de castas abarca todo el siglo XVIII. Estos cuadros representan el complejo proceso de mestizaje producido entre los tres principales grupos que conformaron la colonia: indios, españoles y negros. La mayoría de estas pinturas se componen de dieciséis escenas representadas en lienzos separados, aunque en ocasiones aparecen en una sola superficie dividida en compartimentos. Cada escena muestra un hombre y una mujer de diferentes razas con uno y, en ocasiones, dos hijos, y lleva una inscripción que identifica la mezcla racial representada. Las series siguen una progresión taxonómica específica: al principio las escenas representan sujetos de raza ‘pura’ (es decir, españoles), lujosamente ataviados y desempeñando ocupaciones que apuntan a su privilegiada clase social. Conforme aumenta la mezcla racial de las familias, su estado social disminuye. Además de presentar una tipología de las razas humanas y sus ocupaciones, las pinturas de castas incluyen asimismo un rico sistema de clasificación en el que distintos objetos, alimentos, flora y fauna están cuidadosamente colocados e identificados por medio de leyendas”2.
A medida que adelantaba su investigación, Azcárate descubría que el concepto de mestizaje en la pintura de castas era mucho más que un complejo sistema de clasificación. Mientras los criollos adquirían poder económico y buscaban mayor poder político, los españoles creaban leyes que eximían de privilegios a todo aquel que provenía de una mezcla racial. No solo se trataba de catalogar y documentar los distintos “cruces” sino que, en últimas, la Corona española jerarquizaba la sociedad virreinal en una forma excluyente para mantenerse en el poder.

En su búsqueda de fuentes para entender la compleja temática del mestizaje en la pintura de castas, la artista se interesó por las teorías del color de Isaac Newton (1643-1727) y Johann Wolfgang von Goethe. Según explica, “la primera teoría del color impresa fue Opticks (1704) de Isaac Newton, que determina –en una forma simplista– que los colores primarios vistos a través de la luz son el amarillo, el azul y el rojo. Todos los demás colores nacen de esos tres colores básicos –que curiosamente son los colores de la bandera de la Gran Colombia y por ende de la bandera venezolana–. Como siempre trabajo con esquemas, con sistemas y en una forma ordenada, decido asignar un color primario a cada una de las razas [puras]: el amarillo corresponde al indio, el azul al africano y el rojo al español. Comienzo a experimentar con esa fórmula y creo, a partir de distintas combinaciones, tonos específicos para cada una de las castas. Por ejemplo, del cruce de una india (50% amarillo) y de un español (50% rojo) nace el mestizo, representado por un tono más bajo que el magenta. De esa forma desarrollo mi propio lenguaje”3.
En este nuevo Pantone, creado por Azcárate, cada una de las mezclas de color –realizadas manualmente por ella misma– corresponde a una de las castas: mestizo, castizo, mulato, morisco, albino, cuarterón, torna atrás, albarazado, tente en el aire, lobo, cambuja, sambaigua o sambo, calpamulato, givaro y coyote. Es importante anotar que estos nombres cambian según la región, e incluso según el pintor, por lo que, al realizar cada una de sus obras, la artista se basa fielmente en la terminología utilizada en la pintura original que la inspira.

Una vez establecida la guía de color, se enfrentó a la disyuntiva de cómo transmitir un tema tan complejo a través de una obra abstracta. No se trataba únicamente de representar la idea de casta o la mezcla racial. Los retratos tienen un gran valor antropológico y etnográfico pues muestran gran cantidad de detalles, incluidos, entre otros, formas de vestir, oficios, alimentos, y también ejemplos de vegetación nativa. Azcárate decidió producir dos libros: uno basado en una serie de pinturas del artista mexicano José Joaquín Magón, y otro, en las obras del peruano Cristóbal Lozano, ambas pertenecientes a la colección del Museo de Antropología de Madrid. Para la realización de estas primeras obras –Sin título (serie acero inoxidable) (2016)–, fotografió las pinturas de castas originales, las imprimió con chorro de tinta y las convirtió en obras monocromáticas al asignarle a cada una el tono correspondiente a la casta del hijo o de la hija de la pareja. A través de este sencillo ejercicio formal subvirtió el objetivo mismo de la pintura de casta al darles a las tres figuras de la imagen el mismo “tono de piel”.
A partir de ahí, decidió hacer una serie de ejercicios en los que desaparece la imagen figurativa y utiliza únicamente los tonos representativos de las distintas castas. Para ello acudió a un taller mecánico en el que, según cuenta, “conocí a ‘Chiqui’, un personaje indio, medio negro, que tiene una docena de hermanos y hermanas, entre las que me llamó la atención una de tez blanca y ojos verdes”. Recuerda que “¡entrar al taller era como entrar a una serie de pinturas de castas total!”4. Trabajó tres meses en la ejecución de nuevas piezas. Primero las dibujó y realizó varios libros en cobre y alpaca, reutilizando unas placas de aluminio que había dejado uno de los artistas que había estado anteriormente en el taller.

Luego produjo en poliuretano, sobre las mismas placas de aluminio, obras abstractas, en las que cada rectángulo de color representa una pintura de casta realizada por un artista o una escuela pictórica –Sin título (Serie Andrés de Islas) (2016), Sin título (Serie Luis de Mena) (2016) y Sin título (Serie Escuela Mexicana) (2016)–. En ellas, los colores aparecen separados por retículas, no solo por un aspecto formal, sino además por el simbolismo que implican los “límites”, en particular las barreras raciales, políticas, económicas y sociales. Cada una de estas piezas incluye la misma cantidad de cuadros que la serie que la inspira. Por ejemplo, en el caso de la obra basada en las pinturas de castas de Andrés de Isla, Azcárate incluye las dieciséis castas que resultan de las mezclas básicas de la taxonomía original. Llaman la atención en estas obras las bandas oscuras que enmarcan los rectángulos de color. Según ella, “los bordes negros resultan de combinar los tres colores primarios en iguales proporciones. No son negros-negros. De hecho, es posible distinguir variaciones entre recuadro y recuadro. Se trata de un ejercicio formal. Estos marcos corresponden además a la proporción de la bandera mexicana”5.
El hecho de diferenciar o juzgar a alguien por el tono de la piel es un tema complicado, y sorprendentemente sigue vigente en pleno siglo XXI. A las actitudes racistas que existen hoy en día se suman la xenofobia y los problemas migratorios que llevan a propuestas extremas como la construcción del muro de Melilla, que forma parte de la frontera entre Marruecos y España, en el norte de África, o el muro de la frontera entre México y Estados Unidos, propuesto por el actual presidente Donald Trump.
La idea del “muro” sirve de inspiración para la realización de la obra Sin título. Pantalla plegable (Serie Andrés de Islas) (2017), un biombo de cuatro paneles realizado en acrílico, madera y metal. Cada panel está compuesto por cuatro rectángulos que corresponden a cuatro pinturas de castas del pintor mexicano Andrés de Islas y representan el color correspondiente a la casta del hijo o de la hija de la pareja. A diferencia de la serie anterior, cada cuadrángulo tiene el nombre de la casta escrito con finos trazos transparentes en el alfabeto creado por la artista, que solo ella o quien conoce la correspondencia de cada una de las letras puede descifrar. El biombo, común en la decoración de los hogares mexicanos en el siglo XVIII, no es muy alto y, por lo tanto, no da la sensación de ser un obstáculo, si bien sirve para dividir u ocultar lo que está detrás. Al acercarse, el espectador se da cuenta de que a través de las letras transparentes se puede ver hacia el otro lado. Conceptualmente, Azcárate se pronuncia sobre la ineficacia de los muros limítrofes, que de una u otra forma los inmigrantes logran atravesar, y sugiere el diálogo como alternativa para solucionar conflictos.

Al preguntarle sobre el alfabeto que tiene un papel primordial en su obra, tanto a nivel formal como conceptual, la artista explica: “Trabajo el alfabeto precisamente porque me cuesta mucho trabajo escribir. En el 2014, adquirí antiguas máquinas de escribir y con ellas hice dibujos en papel, similares a los trabajos de los poetas concretos. Como todo mi trabajo tiene leyes, opté por diseñar letras sin ‘barreras’, es decir, sin líneas externas. Todas las letras de mi alfabeto están enmarcadas en una cuadrícula, pero los límites de esta no hacen parte de ellas. Además, se trata de una escritura que no incluye espacios entre las palabras. En el caso de las piezas de ‘Genealogía del color’, inspiradas en las pinturas de casta, coloco exactamente lo que escribe el pintor en el cuadro original, así tenga errores ortográficos”6.
La obra Sin título. Tríptico (Escuela mexicana) (2017-2018) funciona como una especie de génesis del proyecto. En la primera tela enumera los nombres de las dieciséis castas escritos con el alfabeto codificado; en la segunda, a modo de gráfico de barras, presenta los colores primarios –amarillo, azul y rojo– en las proporciones necesarias para crear el tono asignado a la casta; y, en la tercera, muestra las dieciséis bandas de color que resultan de las mezclas correspondientes. Aunque en principio la pieza funciona como una especie de guía para entender la serie, lo cierto es que pocos pueden descifrarla, especialmente en lo que al lenguaje se refiere. Al final, se trata de una obra abstracta en la que predomina el aspecto formal. El significado o la interpretación que cada cual haga de ella no está limitado. Por el contrario, se trata de generar cuestionamientos y ahondar en la temática a partir de una propuesta visual.
Aunque la mayoría de las pinturas de casta fueron realizadas como cuadros independientes de una misma serie, algunos artistas las documentaron en una sola tela. Azcárate se inspira en la serie de quince pinturas de José de Páez –expuestas como parte de la exposición en la galería Henrique Faria Fine Art–, en las que se destacan los enmarcados barrocos, para crear Sin título (Barroco serie Páez) (2018). En esta pieza la artista hace alusión al elemento decorativo de la pintura de la época al darle a la cuadrícula un aspecto más orgánico, guardando fielmente las proporciones y los elementos de la pintura original, tales como las aureolas de estilo rococó, los ribetes y las franjas curvilíneas inferiores, en las que aparecen las distintas descripciones de cada una de las escenas.
En dos obras recientes, los rectángulos de color que simbolizan las castas aparecen enmarcados por cuadrículas de color amarillo, en el caso de la obra inspirada en los cuadros de José Joaquín Magón, y blanco, en la pieza basada en las pinturas de Miguel Cabrera. Al realizar esta última, Azcárate decide experimentar colocando más retículas de cinta blanca, de tal forma que los pantones quedan cubiertos por líneas verticales, creando un efecto óptico. Sin pensarlo, la pieza adquiere un carácter abstracto geométrico que recuerda los Coloritmos de Alejandro Otero. Al mismo tiempo, la artista juega con la teoría del color, pues el blanco resulta de la mezcla de los tres colores primarios, según Newton, lo que puede significar que, al estar todos los tonos combinados, no hay forma de diferenciar o definir la “raza”.
El proceso de experimentación formal continúa al invertir las áreas de color, es decir, al pintar las cuadrículas con los tonos representativos de las castas y dejar en blanco los rectángulos resultantes. Con esta misma fórmula realiza Sin título (Serie Clapera mapa) (2018), con la que comienza a estudiar el tema de las cartografías antiguas. Los mapas coloniales, al igual que las pinturas de castas, eran realizados según intereses políticos, económicos e incluso religiosos, un tema que le interesa y constituye un punto de partida para nuevas propuestas pictóricas.
En conclusión, como indica Juan Carlos Ledezma, curador de la muestra, “es esta estrecha integración entre el discurso y la pintura lo que Azcárate desenreda mediante una estrategia que involucra tanto la pintura como la escritura. Al proponer que el discurso colonial se lea nuevamente bajo los términos de la abstracción y que las pinturas de casta se vuelvan a percibir desde el punto de vista de nuestro presente poscolonial, su enfoque de doble cara adopta la condición discursiva y visual de un género pictórico pasado para reorganizarlo desde dentro de su propio orden estructural, un orden que Azcárate reinventa, lo que nos permite nuevas perspectivas sobre nuestro pasado cultural”7.
NOTAS
1. Emilia Azcárate, entrevista telefónica realizada por la autora, enero, 2019.
2. Ilona Katzew, Pueblos originarios (s. f.). Colecciones pictóricas y fotografías. Consultado el 30 de enero, 2019, de https://pueblosoriginarios.com/recursos/colecciones/castas/castas.html
3. Emilia Azcárate, entrevista telefónica, enero, 2019.
4. Ibid.
5. Ibid.
6. Ibid.
7. Ledezma, Juan Carlos. “Del plano a la piel: La pintura tabular de Emilia Azcárate”. Ensayo extraído y redactado con motivo de la exposición de Emilia Azcárate en Henrique Faria, Nueva York. El ensayo completo aparecerá en el libro Emilia Azcárate. The Genealogy of Color (Nashville: Turner, 2019).
FRANCINE BIRBRAGHER
PhD en Historia latinoamericana y Maestra en Historia del arte. Curadora y escritora.

