Exposición Individualmar 2019 - may 2019· Por Susana Benko

Carmen Mariscal

Maison de l’Amérique Latine

A lo largo de su trayectoria artística, Carmen Mariscal ha tenido como temas de reflexión la intimidad femenina y la situación de la mujer, vistas bajo diversas perspectivas y modalidades expresivas. Todo parece haber comenzado cuando su bisabuela, días antes de morir, le regala su vestido de novia. Cuenta la artista que mantuvo el vestido guardado por varios años hasta que, al sacarlo de la caja de cartón donde se encontraba, lo utilizó en fotografías, instalaciones, e incluso, en un libro de artista, “para cuestionar las tradiciones transmitidas de generación en generación, y el significado de ser madre, hija y esposa”.

Exposición Individual: Carmen Mariscal — imagen 1
Carmen Mariscal. La esposa esposada y Vestido de novia, 2018. Instalación con fotografías montadas sobre Dibond; escultura en acero y aluminio; y creación sonora de Chloé Catoire, con las voces de 23 mujeres que participaron en el proyecto, en colaboración con Carmen Mariscal y Miguel Muzquiz. Fotos: 190 x 120 cm (74 51⁄64 x 47 1⁄4 pulgadas) cada una; escultura: 126 cm (49 39⁄64 pulgadas) de alto x 33 cm (12 63⁄64 pulgadas) de diametro (corset) x 84 cm (33 5⁄64 pulgadas) (falda); sonido: 10’. Foto: ©DupifPhoto.

El vestido, en la obra de Mariscal, se convierte, por una parte, en imagen de la corporeidad femenina; por la otra, en una poderosa metáfora que contiene diversos niveles de sentido. Ello lo ha demostrado a finales del año pasado en la muestra individual titulada L”épouse menottée (La esposa esposada), que realizó en la Maison de l’Amérique Latine, en París. Lejos de dirigir la atención hacia las bondades idílicas del matrimonio, la artista quiso desenmascarar la otra cara de esa realidad, cuando un matrimonio forzado –o cruento– es una de las peores formas de violencia física y emocional para la mujer.

La idea del vestido de novia como una prenda hermosa representativa de la feminidad aquí desaparece, en cierto modo. De allí el significado del título de la exposición: La esposa esposada, un juego de palabras que en español adquiere sentido. La artista, mexicana de origen, apela a la paradoja semántica que existe en nuestro idioma: la palabra “esposa” significa “mujer casada” pero también refiere al objeto usado para atar las muñecas de los presos. De allí que, con más de 1.500 pequeñas esposas de acero, Mariscal “confeccionó” un hermoso y a la vez terrible vestido de novia que ocupó el centro de la sala expositiva, siendo este el punto nodal de su instalación fotográfica.

Este vestido es a la vez cárcel. Aprisiona, sofoca. Aterra. Se impone en su solidez metálica. Sin embargo, paradójicamente, se “feminiza” por aparentar un vestido de “encajes”, efecto visual producido por el entrelazamiento de las pequeñas esposas. Se trata de una escultura abierta, casi “transparente”, que, al introducirse una persona en su interior, se convierte en “vestido-cárcel”. Así, veintitrés mujeres fueron invitadas por la artista a “ponerse” este vestido y, desde su interioridad, no solo dieron testimonio de la violencia de la que fueron víctimas, sino que también vivenciaron las sensaciones que este nuevo cerramiento les suscitaba. Resultado de esta experiencia performática son las fotografías a escala humana dispuestas en las paredes de la sala. Estas imágenes, más el vestido y los testimonios, conforman una instalación fotográfica, escultórica y sonora. Además de confrontar a cada una de estas mujeres con sus sentimientos más profundos, en este proyecto se buscaba asimismo una reacción por parte del espectador ante el problema. Primero, al colocarse en medio de todas las imágenes, y, segundo, cuando ve su rostro reflejado en el cuerpo doliente de una de estas mujeres fotografiadas, cuyo rostro fue sustituido por un espejo. Se trata de un recurso que utiliza la artista para implicarlo en este drama.

Christine Frérot, curadora de la exposición, señala muy puntualmente que Carmen Mariscal logra que esta situación de absoluta intimidad adquiera connotación colectiva y social. Incluso global, pues las mujeres fotografiadas provienen de diversas culturas y procedencias. Sus voces se escuchan en varios idiomas y dan la impresión de que entre ellas –entre las imágenes– dialogaran entre sí. En sus rostros y actitudes se expresan el agobio, el miedo, la vergüenza y, en algunos casos, la desesperación. Introducirse en el vestido fue volver a estar presas, reapareciendo en ellas la percepción del matrimonio como una trampa.

De este modo, Mariscal retoma uno de los ejes de reflexión en su trabajo: el encierro. Antes lo trataba en sus cajas de madera contenedoras de objetos evocadores de recuerdos. Ahora, con el vestido-cárcel, ha creado un espacio contenedor de memorias y a la vez activador de situaciones emocionales.

El encierro, y, por tanto, la pérdida de la libertad dan cuenta de la fragilidad humana. Esto último, como señala la artista, es también tema recurrente en su obra. Lo frágil se pone de manifiesto ante la solidez de las esposas y los candados, ambos, en el fondo, objetos de poder y de coacción. Complementan la exposición piezas hechas con candados en cerámica, así como unas casas de vidrio recubiertas en su totalidad con pequeños candados. Pese a su simbolismo, son piezas lumínicas pues de ellas emana luz.

Importante es el video realizado por Caroline Emmett, donde no solo se explica cómo ha tratado estos temas en anteriores oportunidades, sino que vemos, asimismo, el proceso del proyecto actual desde la confección del vestido, las entrevistas y experiencias con las mujeres, hasta el registro fotográfico y, por supuesto, su instalación definitiva.

SUSANA BENKO

Carmen Mariscal, por Susana Benko | artnexus