Arte Democracia Utopia - quem não luta tá morto  (Arte Democracia Utopía - quien no lucha está muerto)

Anna Maria Maiolino. Por um fio (Por un hilo) de la serie Fotopoemação (Fotopoemacion), 1976. Fotografía analóga en P&b. 52 x 79 cm (20 15⁄32 x 31 7⁄64 pulgadas).

Colectivamar 2019 - may 2019· Por Alessandra Simões

Arte Democracia Utopia - quem não luta tá morto (Arte Democracia Utopía - quien no lucha está muerto)

Museu de Arte do Rio – MAR, Rio de Janeiro

La utopía es uno de los conceptos más citados en la contemporaneidad, ya sea en el sentido crítico o trascendental. Revestida de significados variados, la palabra definió las fronteras entre ética y estética en la exposición Arte Democracia Utopia - quem não luta tá morto, en el Museu de Arte do Río (MAR). La obra Bandera negra del artista Emmanuel Nassar se convirtió en símbolo de la exposición al presentar la bandera brasilera toda pintada de negro enfatizando el momento actual del país, comandado por un Gobierno que amenaza constantemente a las fuerzas democráticas.

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Claudia Andujar. Ajarani, BR 210, Terra Indígena Yanomami, Roraima (Territorio Indígena Yanomami, Roraima), de la serie Marcados, 2005. Fotografía. 108 x 99 cm (42 33⁄64 x 38 31⁄32 pulgadas).

El arte y la búsqueda del bien común se tornaron tema emblemático de la muestra firmada por Moacir dos Anjos, uno de los más importantes curadores del país, con actuaciones en las bienales de São Paulo y Venecia. La exposición hace parte del programa curatorial para los cinco años de la institución y reunió más de sesenta obras con diversos soportes. Probó, una vez más, que el MAR, bajo la gestión del Instituto Odeon, es un centro atento a los asuntos importantes para la sociedad brasilera, un lugar de reflexión y debate sobre temas como el derecho a la vivienda, violencia urbana y contra la mujer, racismo y asuntos de género.

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Fábio Tremonte. Ninguém escapará à queda do céu (Nadie escapará a la caída del cielo), 2015. Texto impreso sobre pared. Dimensiones variables.

Una muestra con tamaña envergadura política revela el poder emancipador del arte, y estando en Río de Janeiro, se tornó una iniciativa más que apropiada, dadas las condiciones actuales de una ciudad que fue escenario del asesinato de la concejala Marielle Franco. “El pensamiento utópico es esencialmente político. Anuncia y denuncia desigualdades muchas veces fundacionales de un contexto social específico. Confronta un conjunto de dispositivos institucionales y subjetivos que soportan una situación en la que el acceso a los derechos vale solamente para pocos y proclama la idea de un mundo diferente, organizado de forma más paritaria y justa. La condición para el ejercicio del pensamiento utópico es, en consecuencia, la existencia de la democracia”, explica Moacir dos Anjos.

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Hélio Oiticica. B47 Bólide Caixa 22 “Mergulho do Corpo” (B47 Bólide Caja 22 “Cuerpo Sumergido”), 1966 - 1967. Fibra de vidrio, inscripción en lámina de caucho. 52 x 43.8 x 55 cm (20 15⁄32 x 17 1⁄4 x 21 21⁄32 pulgadas).

Sin tener la pretensión de presentar un panorama concluyente, la muestra trajo ejemplos del pensamiento utópico que marcan el arte brasilero reciente. Para tejer una continuidad, también estaban presentes en la exposición algunos trabajos artísticos realizados en momentos pasados, como Inmersión del cuerpo (1966-67) de Hélio Oiticica. A su lado, también hacían parte de la muestra propuestas y acciones realizadas por grupos comunitarios, asociaciones y otras articulaciones de la sociedad civil que apuntan a la construcción de estructuras de acción política y social.

La muestra contó con siete trabajos encargados, como el de Virginia de Medeiros, que da nombre a la exposición. Los colectivos Amò y cóleraalegria, así como Graziela Kunsch, Raphael Escobar, Trapev y Jota Mombaça, completan el equipo de artistas que realizaron trabajos para la exposición, que también incluyó nombres consagrados, como los de Anna Maria Maiolino, Claudia Andujar, Paulo Bruscky y Cildo Meireles.

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Randolpho Lamonier. Profecias (Profecías), 2018. Costura y bordado en tela. 185 x 155 cm (72 53⁄64 x 61 1⁄32 pulgadas).

Muchos de los trabajos de los artistas y colectivos allí reunidos se referían al inconformismo con la realidad, como los bordados de Rosana Palazyan, que representaban el dolor y el vacío de madres que perdieron a sus hijos por la violencia cotidiana. Trabajando igualmente con el bordado, el artista Randolpho Lamonier creó verdaderos estandartes con mensajes activistas en la serie Profecías. Diversos trabajos también mostraron que es posible crear lugares de esperanza, como las obras que propusieron procesos de sanación (Ayrson Heráclito promovió un ritual de limpieza espiritual) y de aprendizaje (“Trapley realizó un programa de realfabetización política con sus “Almohadas pedagógicas”).

Algunos trabajos rebasaron la dicotomía “utopía versus realidad”, como Río utópico de Rosãngela Rennó, que creó un mapa fotográfico espontáneo de comunidades de Río de Janeiro, cuyos nombres sugieren una situación utópica. Rennó trabajó con jóvenes pobladores de tales comunidades, orientados para fotografiar e investigar el lugar donde viven. Las imágenes fueron posteriormente seleccionadas, impresas y añadidas al trabajo.

Para enfatizar las posibilidades de expansión de los espacios legitimadores de la obra de arte, también se realizaron diversas acciones. Los arquitectos del Estudio Chão (Suelo) crearon el proyecto Transborda, con estructuras lúdicas que convidaron al público a montar los pilares encima del muro de vidrio. La artista Graziela Kunsch y el psicoanalista Gabriel Guimarães, integrantes de la Clínica Pública de Psicoanálisis, instalaron un “lugar de escucha” colectivo con dispositivos para prácticas de “escucha mutua”, como sillas dispuestas en un gran círculo.

Varias capas de conexiones entre arte y política estuvieron presentes en esta exposición. En torno del tema de la utopía gravitaron sutilezas psíquicas, políticas y activistas, en inusitados procesos de producción y recepción de obras artísticas. Piezas de arte que resisten la barbarie o que se pretenden revolucionarias han marcado la historia del arte moderno. Entre tanto, en la contemporaneidad, nunca fue tan necesaria esta relación. Impulsada por los estudios postcoloniales, por los debates en torno al biopoder, por el feminismo y movimientos LGBT, por el racismo, así como por la investigación material del lenguaje artístico, se hace cada vez más presente una nueva red discursiva, posibilitando una producción artística dirigida a otras subjetividades y comunidades. Nada más pertinente que una propuesta como esta en el tumultuoso Brasil de hoy.

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