El Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam exhibió la muestra personal de Alejandro Campins (Manzanillo, Cuba) Miedo a la muerte es miedo a la verdad, conformada por la serie Letargo, uno de los conjuntos más contundentes que haya producido hasta hoy. A través de las pinturas y fotografías que la integran, el artista nos convida a reflexionar sobre las nociones de pérdida y transformación aparejadas a la muerte, a partir de esas extrañas construcciones que tensionan el paisaje de muchos países: los búnkeres. Es posible que la curiosidad que suelen suscitar se incremente al saber que existen en alto número y variedad en varias zonas del planeta, realidad que el artista supo cuando se propuso conocerlos personalmente, y le hizo preguntarse la razón de su existencia, así como intentar modificar su sino a través de su representación.

Los búnkeres fueron construidos por naciones inmersas en conflictos bélicos con una finalidad defensiva y, a criterio del artista, expresan al mismo tiempo el temor a la pérdida. A nivel personal, de familia y hasta de país, se van creando sistemas de defensa y protección por miedo no solo a la pérdida sino al cambio. Según Campins, el cambio constante, la impermanencia, es lo que nos da miedo. Constantemente nos construimos sistemas mentales y físicos de protección al cambio en todos los órdenes. En periodos de la historia ensombrecidos por las amenazas bélicas, el afán de dominio u otras causas, muchos búnkeres fueron construidos, y su presencia ominosa nos hace preguntarnos si las razones que los originaron llegarán a su fin algún día o no, y si será posible la convivencia. Pero no siempre quedan claras la función e identidad de estos recintos fortificados. De ahí que al búnker se lo asocie con poderes ocultos, a veces anónimos, donde hay mucha tensión. Sin dudas, constituyen sitios con gran carga emocional que hablan por sí solos. Para Campins son un pretexto para hablar de los grandes temas que rigen la vida y que no han perdido actualidad.
Con vistas a realzar su entidad de residuo bélico, de fantasma del pasado, pero sobre todo dar la sensación de que estuvieran hibernando, Campins les imprime a algunos búnkeres una apariencia un tanto borrosa, y a otros, por el contrario, nítida y engañosamente apacible, pero desde una centralidad y/o unas dimensiones que resulten amenazantes. Un complemento a tales efectos lo encuentra en los tonos neutros, la gama de los amarillos ocres y los azules, paleta con que no solo busca dar los sentidos arriba citados sino poner en práctica las fórmulas de los Grandes Maestros, y con ello, dotar a sus íconos y al propio ejercicio de la pintura del aura conveniente.
Los títulos de algunas obras responden a las formas que le sugieren los búnkeres “reales”, Gruta, Hipnotizador, y otros, a la experiencia que tuvo en el lugar, como son los casos de Rebaño, Carruaje II, Pleamar, por citar algunos. En ninguno caso las fichas de identificación reportan dato alguno del referente (ni el país ni el momento de su construcción), para evitar que se convierta en una exposición didáctica. Pero ello no quiere decir que el artista lo ignore. Como parte de su investigación, Campins recorrió buena parte de los búnkeres que edificó España durante la Guerra Civil, los del denominado “Muro Atlántico” –conformado por los de los países cuyas costas las bañan las aguas de ese océano–, y los del mar del Norte, ambos construidos por lo alemanes para protegerse de la invasión inglesa y norteamericana a fines de los 30 e inicios de los 40 del siglo XX, los erigidos en Italia y Suiza por lo años de la Segunda Guerra Mundial, y los que construyeron Estados Unidos y Cuba durante la Guerra Fría. Todos los búnkeres que se aprecian en esta exposición los visitó; en sala aparte se muestran sus registros fotográficos.
La decisión de eliminar las referencias y llevar la semblanza del búnker casi hasta la abstracción, y con ello reforzar su anonimato, tiene, entre otros, el propósito de darle protagonismo al espacio, elemento que ha devenido centro de su obra y personaje en sí mismo como parte de la evolución que ha experimentado su discurso personal. Las muestras personales que ha realizado en importantes instituciones y galerías de Francia, Suiza, Italia, Estados Unidos, España, México y Cuba hacen ostensible que es en el espacio y sus componentes donde mejor constata la impermanencia, el cambio constante, la transformación, lo perecedero, y al mismo tiempo, lo perenne y duradero; por eso dota sus representaciones de un carácter atemporal. El artista se acerca al paisaje por la carga que tiene como escenario, por su teatralidad, por ser capaz por sí mismo de contarnos historias, de conmovernos, tenga o no la huella del hombre, si bien prefiere los lugares deshabitados.
Campins busca hacer llamados de atención desde el paisaje; le interesa potenciar su fuerza narrativa con todo lo positivo o negativo que pueda haber en él. Entiende que puede transformar el destino nefasto de los búnkeres al pintarlos, transformar su poder oculto y destructivo al elevarlos a la categoría de arte. Y a través de sus representaciones hacernos pensar, pues ellos, como toda su pintura, constituyen metáforas de los problemas trascendentales de la existencia que percibe en los paisajes.
MARGARITA SÁNCHEZ PRIETO
